Novelista, cuentista, periodista, crítico y traductor, Schóó vivió, en verdad, siempre entre dos épocas: esa acronía fue un rasgo de su estilo y personalidad. Si bien acompañó con sus artículos, con fervor, la movida sesentista, el Instituto Di Tella de Jorge Romero Brest, las revoluciones estéticas y éticas de la época (la desenfadada Nacha Guevara para quien escribió algunas canciones, el Eduardo Bergara Leumann de "La Botica del Ángel", la Marta Minujin de la "Menesunda" y los incipientes Les Luthiers se contaron entre sus mejores amigos), a la vez se resistía a abandonar las formas clásicas y hasta el pudor de otras épocas. Schóó fue un caballero a la antigua usanza, defensor de la privacidad y las buenas formas, y simultáneamente el rebelde que no dudó en enfrentar, no sin coraje, la censura que imponía el gobierno militar de Onganía. Aunque se cuidaba de que no se advirtiera de manera pública, fue un desencantado, un escéptico.
Estilísticamente, manejó un español impecable en sus notas y reseñas. Estaba convencido de que detrás de toda estética había una moral, y que el lenguaje era su materia. Hasta sus últimos días mantuvo una costumbre por completo anacrónica: escribía a mano, y no de cualquier forma sino con una grafía particular, de letras alargadas y mayúsculas muy grandes: la misma grafía de Enrique Larreta que heredó, voluntariamente, Manuel Mujica Lainez ("Manucho" fue otro de sus grandes amigos), y la misma que adoptó él mismo.
Literatura
Su obra literaria fue escrita de esa forma. "Función de gala", su novela debut que publicó en 1975 en Editorial Sudamericana, cuatro años más tarde "El baile de los guerreros" (una historia de época sobre el rosismo y el antirrosismo que, durante un tiempo, Sergio Renán intentó llevar al cine para terminar renunciando a hacerlo por falta de presupuesto), y finalmente su libro de cuentos "Coche negro, caballos blancos" y "El placer desbocado". En 2001 dio a conocer "Cuadernos de la sombra", primera parte de su autobiografía que no se continuó pese a lo prometido.
Nacido en una familia de sangre irlandesa y gallega (lo divertía especialmente la deformación del "Shaw" original en ese Schóó con doble tilde, y le molestaba que alguien no se los respetara al escribir su nombre), sus inicios en el periodismo ocurrieron en La Gaceta de Tucumán. En 1957 ingresó en la sección cine de "La Nación" junto a Tomás Eloy Martínez, que era su jefe. Durante cuatro años, entre ambos modificaron sustancialmente la forma de escribir artículos y reseñas, hasta que llegó 1961 y se estrenó "Ben Hur". La crítica fue virulenta, y, a pedido de las entonces mucho más poderosas distribuidoras de cine norteamericanas eso les costó el puesto: en verdad, no fueron despedidos sino desplazados a secciones como Clasificados, y no mucho después presentaron la renuncia. Generosamente, en su propia necrológica de Tomás Eloy publicada en "La Nación" (diario al que regresó en los años 90), Schóó pasó por alto el desenlace de aquel episodio.
Como no es infrecuente que ocurra, esa salida inesperada terminó representando la consagración de ambos: Jacobo Timerman, en 1962, fundó "Primera Plana", y ambos se convirtieron de manera veloz en periodistas estrellas. En 1967, simultáneamente a la aparición de "Cien años de soledad", Schóó publicó en esa revista la primera entrevista que se le hacía en la Argentina al Premio Nobel Colombiano, de por sí una pieza literaria.
Su carrera periodística continuó junto con Timerman desde las páginas del suplemento de Espectáculos de "La Opinión", a cuyo equipo llevó, casi en su totalidad, a "Convicción" (entre 1978 y 1982). En 1982 se hizo cargo de la misma sección en el primer "Tiempo Argentino" hasta que, dos años más tarde, cuando regresó Timerman con "La Razón" matutina, volvió a convocarlo, aunque el experimento de ese diario, en nuevo formato y apuntando a un público diferente, fue un fracaso. Luego, tras un corto paso por el Cultural de "El Cronista", Schóó, ya retirado, se convirtió en columnista de "La Nación", pero ya desde su casa y sin el fárrago diario de las redacciones.
Traductor, entre otros libros, de las "Cartas a Milena" de Franz Kafka en Ediciones de la Flor, y de "El lento paso del amor" de Héctor Bianciotti, en sus versiones españolas también se gozaba y reconocía su pluma. A fines de los 70, colaboró con Mujica Lainez en el guión de "MIsteriosa Buenos Aires", recordado film en episodios que rodaron Alberto Fisherman, Ricardo Wulicher y Oscar Barney Finn, con quien también colaboró en algunas adaptaciones televisivas.
En 1996, con el gobierno de Fernando De la Rúa, ocupó por poco menos de dos años la dirección del entonces Teatro Municipal San Martín, mientras el histórico Kive Staiff se ocupaba del Teatro Colón. Schóó tuvo algunos aciertos en esa función, pero si había algo incompatible con su personalidad eran los cargos públicos.
Fue académico de la Academia Nacional de Periodismo Argentino, miembro honorario de la Asociación de Cronistas y de la Asociación de Cronistas del Espectáculo, y recibió el título de Caballero de la Orden y de las Artes y las Letras del Ministerio de Cultura francés y Oficial de la Orden del Mérito de la República Italiana. Y en 2011 fue nombrado Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura porteña (en cuya placa volvieron a escribir equivocadamente su nombre: "Shoo". "Tendré que resignarme", bromeaba más tarde. A lo que ahora hay que resignarse es a pasar por las mesas de la librería Clásica y Moderna de su gran amiga, Natu Poblet, y ya no verlo tomar su té acompañado por un libro.
| Marcelo Zapata |


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