La pareja integrada por la violinista rumana Clara Cernat y el pianista francés Thierry Huillet dio cátedra de virtuosismo y musicalidad ante una platea totalmente subyugada.
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Clara Cernat (violín) y Thierry Huillet (piano). Obras de Beethoven, Ravel, Saint-Saens, Massenet, T. Huillet y Liszt. (Teatro Coliseo).
El Mozarteum Argentino convocó para una nueva fecha de su ciclo 2009 a la pareja artística de excepcional brillo conformada por la violinista rumana Clara Cernat y el pianista francés Thierry Huillet. La carrera internacional de este formidable dúo de cámara da una pauta del amplio espacio ocupado por ambos en el panorama europeo de festivales, grabaciones y actuaciones en importantes centros musicales de los Estados Unidos. Ambos, asimismo, realizan una trascendente tarea pedagógica individual.
El programa preparado para los dos conciertos del Mozarteum tuvo dos partes bien diferenciadas. La primera se integró con dos hermosas Sonatas para violín y piano de Beethoven y Ravel, donde el equilibrio entre los dos instrumentos se da de manera sólida e interactiva. Una versión rigurosa a tono con la composición beethoveniana se escuchó en primer término, donde las características amables se contrastaron con el vigor que el compositor maduraría en su obra, años más tarde. Magnífico fue también el abordaje de la Sonata de Ravel. El «blues» que ocupa el segundo lugar y el «Perpetuum mobile» que cierra la sonata asombraron por la perfección técnica de ambos músicos en una composición plena de recursos para virtuosos, que la pareja resolvió con un prodigio de «swing», colorido y elegancia.
La segunda parte fue más convencional. Pero ¿a quién no le gusta escuchar este tipo de música tocada dos por magníficos intérpretes? Entonces, los fuegos de artificio y las acrobacias estuvieron a la orden del día. «La danza Macabra» (Saint-Saens), «Meditación de Thais» (Massenet), «Sacromonte» (del mismo Thierry Huillet, con el piano imitando el sonido de la guitarra española) y la «Rapsodia Húngara N° 12» (Liszt) cautivaron a la platea. Dos bises: las conocidas «Czardas» de Monti y una «Balade» de un autor rumano poco conocido, según la misma Cernat, pero de gran belleza, redondearon un concierto donde el virtuosismo del violín se unió a las destrezas del piano, ambos claros, bien fraseados, de contundente sonoridad, y todo sumado convenientemente al «glamour» natural de la pareja de intérpretes.
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