Norma Aleandro compone una madre-monstruo de antología, mientras Mercedes Morán es una convincente hija mayor; a excepción de Andrea Pietra se luce todo el elenco femenino y, entre los actores, se destaca Antonio Ugo.
«Agosto. Condado Osage» de Tracy Letts. Adap.: M. Morán. Dir.: C.Tolcachir. Int.: N.Aleandro, M.Morán, L.Capello y elenco. Esc.: R.Diviú. Vest.: G.Pietranera. Luces: O.Possemato. (Teatro Lola Membrives.)
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Graves conflictos familiares, secretos y frustraciones que envenenan la vida de un matrimonio para luego recaer sobre sus descendientes como una maldición, más un enfoque de los vínculos humanos desesperanzado y pesimista, han hecho que esta multipremiada pieza del dramaturgo estadounidense Tracy Letts haya sido comparada con «Largo viaje del día hacia lo noche» de Eugene O'Neill y con otros grandes clásicos de su país. Es cierto también que algunos críticos han advertido que por su formato y procedimientos dramáticos, «Agosto. Condado Osage» repite el modelo de las miniseries norteamericanas.
El aliento trágico se ha perdido y en su lugar descuella un cinismo punzante que tiene la virtud de insuflarle humor a las situaciones más dolorosas y violentas. Aún cuando la palabra sea un arma destructiva (sobre todo en manos de Violeta, la madre-monstruo que con o sin psicofármacos avanza sobre sus hijas como el ejército de Atila), siempre queda espacio para algún chiste ácido, una anécdota divertida o un comentario ingenioso. Los diálogos, en general, apuntan a destruir al interlocutor; pero, el gran truco del autor es haber diseminado en lapsos regulares una catarata de atropellos, sorpresas, excesos, traiciones y verdades traumáticas que aseguran el interés del público durante las poco más de tres horas (con intervalo incluido) que dura la función.
Sucede de todo: huida del padre, abuso de drogas, adulterio, racismo, pedofilia, y hasta un amor que -como en las telenovelas- se descubre incestuoso. La única que se salva, por sus valores éticos y espíritu solidario, es la empleada india. En cambio, los diez miembros de la familia Weston se hieren y acusan recíprocamente del fracaso de sus vidas resistiéndose a admitir sus propios errores.
Es una obra pensada para el lucimiento de sus actores y Norma Aleandro domina el escenario en cada una de sus apariciones. Su personaje es una malvada de antología a la que el público adora de inmediato. Lo que vuelve innecesario el subrayado cómico que aporta la actriz en algunas escenas. Mercedes Morán como Bárbara, la hija mayor que rivaliza en liderazgo con su madre, se maneja muy cómoda en este rol. La escena en que ambas se agreden físicamente hasta caer al suelo es formidable. También aquella en que Bárbara seduce (y asusta) a un ex compañero de secundario y actual comisario del pueblo. A Andrea Pietra (la hija del medio) se la ve muy tensa en toda la obra, sin adentrarse en la desidia y pachorra provinciana de su personaje. Brillante Eugenia Guerty como la desastrada hija menor, al igual que Julieta Zylberberg que da vida a una típica adolescente de 14 años cuyos exabruptos hacen reír a toda la platea.
Juan Manuel Tenuta como el conflictuado pater familias a quien ya no le alcanza el alcohol para sobrellevar sus culpas, desilusiones y fracasos, se muestra demasiado tierno e inocente en el abordaje de su papel, como si ignorase el lado oscuro de este personaje. Por su parte, Lucrecia Capello domina con precisión y notable ambigüedad a Mati, la hermana de Violeta, una malvada de segunda línea que sobre el final muestra su fragilidad. Antonio Ugo (su sufrido esposo) se conduce como un excelente partenaire. El resto del elenco acompaña con elogiable empeño.
La adaptación de «Agosto» estuvo a cargo de Mercedes Morán y exhibe un registro de lenguaje bien porteño lo que entre otras cosas acentúa la comicidad de los insultos. En cambio, el contexto socio-cultural de estos personajes termina resultando un híbrido en la presente versión (¿viven fuera o dentro de los Estados Unidos?).
La escenografía reproduce el mismo diseño que la puesta original (una típica casa de madera con todos sus ambientes a la vista). En cambio el vestuario sigue otro criterio, en lugar de caracterizar a una familia pueblerina y en pleno naufragio parece apuntar a que las actrices luzcan en general bellas y elegantes.
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