Al Asad, en el poder desde hace quince años y sobreviviente de las revueltas que desalojaron a varios jefes de Estado árabes, se presenta como el único capaz de frenar el avance de este grupo yihadista que ha conquistado amplios territorios de Siria e Irak.
Ayer, en la Asamblea General de la ONU, el ruso Vladímir Putin pidió que el Consejo de Seguridad apruebe una resolución que brinde mandato a una acción militar contra el EI. Además, Rusia quiere que Bagdad esté incluida en esta acción contra los yihadistas. Por su parte, su par estadounidense, Barack Obama, denunció el apoyo de Rusia e Irán al "tirano" Al Asad, pero bajo el pretexto de que "la alternativa podría ser peor", Washington, así como Berlín, Londres y París, no piden su partida inmediata del poder (ver pág. 16).
"Creo que la victoria temporal y pírrica del régimen de Al Asad se deriva de la buena y vieja realpolitik cínica", estimó Karim Bitar, director de Investigación en el Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicos de París.
"Los rusos y los iraníes están mucho más implicados que los países occidentales. Se movilizan, inflexibles e intransigentes, mientras que los opositores al régimen de Al Asad no tienen una estrategia clara y pagan un alto precio por sus métodos errados", añadió.
Tomado por sorpresa en marzo de 2011 por una revuelta pacífica durante la llamada "primavera árabe", Al Asad respondió reprimiéndola brutalmente. Tras la militarización del levantamiento, se presentó como un escudo frente a los "terroristas islamistas". La guerra siria ha dejado más de 240.000 muertos, millones de refugiados y un país en ruinas.
Y cuando aparecen los yihadistas del EI, toman la mitad de Siria y cometen un sinnúmero de atrocidades, asegura que es el último recurso contra la "barbarie".
Aún más si se toma en cuenta que los bombardeos de la coalición liderada por Estados Unidos no han logrado neutralizar el grupo extremista.
Como su padre Hafez, que dirigió Siria con mano de hierro desde 1970 hasta 2000, Al Asad ha sabido jugar con el tiempo.
"El régimen de Al Asad se beneficia del triunfo de la 'contrarrevolución' a nivel regional y del hecho de que la mayoría de los países occidentales piensan erróneamente que el nacionalismo autoritario en el mundo árabe es el único baluarte contra la islamismo radical", ponderó Bitar.
En el terreno, Al Asad ha perdido en cuatro años y medio los dos tercios del país frente al EI y a los rebeldes islamistas y del Frente al Nusra, brazo sirio de Al Qaeda. Sin embargo, el territorio que sigue bajo su control es estratégico, ya que abarca la capital, Damasco, Homs y Hama en el centro, el litoral y una parte de Alepo, regiones donde vive un 50% de la población que aún reside en Siria.
Pero la principal ventaja de Al Asad es que puede contar con aliados incondicionales, Rusia e Irán, frente a las tergiversaciones y a la pusilanimidad de sus adversarios, que antes reclamaban su renuncia inmediata e incondicional.
Para Muriel Asseburg, investigador en el Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad, Al Asad sigue en el poder porque "sus opositores están demasiado divididos y reacios a involucrarse directamente o a apoyar a los rebeldes sirios".
El investigador Yezid Sayigh, del Centro Carnegie para Oriente Medio, cree también que la longevidad de Al Asad no proviene de su fuerza sino de la debilidad de sus adversarios.
"El principal problema es que las potencias occidentales no han querido y todavía no quieren involucrarse en Siria y no saben qué hacer con el EI," estimó.
"Los rusos actuaron de forma inteligente, cambiaron el equilibrio de fuerzas para darle tiempo a Al Asad y pusieron a los estadounidenses a la defensiva sin que haya un cambio real sobre el terreno".
| Agencia AFP |


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