Alberto Fernández llenó de confites negatorios el nuevo ajuste que activará el eventual acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). En realidad, esa tarea ya fue realizada en varias áreas desde el 10 de diciembre de 2019 e impactó, sobre todo, en el rumbo político del Frente de Todos. De allí la resignación que primó en un Congreso cada vez más conflictivo, y lleno de incertidumbre en la previa, durante y después del mensaje con el que Alberto Fernández abrió, este martes 1 de marzo, el 140 período de sesiones ordinarias.
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Alberto ante recinto dividido (sin Máximo) intentó relanzar hoja de ruta aunque con dudas
Cristina de Kirchner negó la solicitud de la oposición para pedir un minuto de silencio por la guerra de rusos contra Ucrania. Minutos más tarde ordenó dicha acción. Interrogantes e incertidumbre legislativa avanzan a paso firme.
Máximo Kirchner, flamante renunciante del comando oficialista en la Cámara baja se ausentó, en medio de la fuerte puja por el entendimiento con el FMI. Su madre y presidenta del Senado, Cristina de Kirchner, comandó la Asamblea Legislativa y volvió a imponer el estilo “El Congreso soy yo” cuando le impidió al jefe radical en Diputados, Mario Negri, solicitar un minuto de silencio por la guerra impulsada por Rusia en Ucrania. Eso fue antes de que ingresara Alberto Fernández. A los pocos minutos, la titular de la Cámara alta le ordenó al mandatario: “Dale, ahora pedí el minuto de silencio”.
A partir de allí se supo que, en el mejor de los casos, el objetivo que le quedaba al Frente de Todos era generar la partida del macrismo del recinto. Lo logró en parte, cuando el jefe de Estado dejó clara la necesidad de recordar la querella criminal por la deuda con el FMI. “Este acuerdo tampoco releva al Poder Judicial de avanzar en esa investigación. Los argentinos y las argentinas tienen el derecho de saber cómo ocurrieron los hechos y quienes fueron los responsables de tanto desatino”, dijo, y generó la salida de diputados como Fernando Iglesias -“¿cuánta deuda generaron ustedes?”, preguntó-, Waldo Wolf, María Eugenia Vidal y otros del PRO, y las cámaras oficiales apuntaron a las butacas vacías. Radicales -“no tenés los votos”, le espetó Alfredo Cornejo- y “lilitos” quedaron en sus bancas.
Para dicha trifulca discursiva aportó un camión de arena la ahora senadora cristinista Juliana Di Tullio. Pero los legisladores kirchneristas estaban sin señales de sus jefes en Diputados y el Senado, Germán Martínez y José Mayans, respectivamente, y tenían hasta que mirarse para saber si aplaudir o no. Otros tanto no lo hicieron en varias ocasiones, como los que responden al piquetero papal Juan Grabois.
El primero en llegar al recinto, antes que se iniciara la Asamblea Legislativa, fue el diputado radical Fabio Quetglas. En uno de los palcos del primer piso del recinto de la Cámara baja también se lo veía al secretario de Comercio Interior, Roberto Feletti. Estuvo solo mucho tiempo. En otro palco aparecieron la jefa de la Inteligencia, Cristina Caamaño, y las camporistas Fernanda Raverta (ANSeS) y Luana Volnovich (PAMI). Más tarde se llenaron los siguientes con la titular de la AFIP, Mercedes Marcó del Pont; referentes de organizaciones de Derechos Humanos que militan para el kirchnerismo; los sindicalistas de la CGT Héctor Daer y Pablo Moyano; y el empresario y líder del BICE, Ignacio de Mendiguren, entre otros. En los del segundo piso, en tanto, se mostraron Luis D’Elía y funcionarios de segundo nivel del Gobierno.
Dentro del recinto, el estricto protocolo para acceder a los diferentes espacios del Congreso no impidió que la intendenta de Quilmes, la camporista Mayra Mendoza, saludara a excompañeros de bancada junto a la “número” dos real del Senado, la secretaria administrativa María Luz Alonso. Días atrás, se bloqueó la posibilidad de ingreso a los acreditados a la comisión de la Cámara alta en la que expuso el ministro de Ambiente, Juan Cabandié, sobre la megacrisis por incendios en Corrientes. Diez años atrás, el exvicepresidente Amado Boudou intentó algo similar.
El collage en las bancas estuvo dividido entre Juntos por el Cambio -carteles con la bandera de Ucrania y Corrientes- y la izquierda, con el “NO al pacto con el FMI”. No todo fue pelea entre oficialismo y la oposición, como los efusivos saludos de la senadora radical y vicepresidenta de la Cámara alta, Carolina Losada, con Mayans, o el también UCR Luis Naidenoff con la camporista Anabel Fernández Sagasti. Más alejados se juntaban los diputados del interbloque federal Florencio Randazzo y Graciela Camaño con los peronistas con témpera PRO Emilio Monzó y Sebastián García de Luca.
La flota massista se levantó en grupo para saludar y sacarse una foto con el ministro de Transporte, Alexis Guerrera, mientras el resto del Gabinete se acomodaba. También lo hacían, al lado del estrado donde habló el Presidente, los integrantes de la Corte Suprema, con posturas gélidas ante las constantes críticas a la Justicia, aunque el senador kirchnerista Guillermo Snopek se acercó para un generoso saludo. Del otro lado se sentaron los gobernadores Axel Kicillof (Buenos Aires), el jujeño Gerardo Morales (el más peronista de los radicales), Ricardo Quintela (La Rioja), Rául Jalil (Catamarca), Alberto Rodríguez Saá (San Luis), Sergio Zilioto (La Pampa) y la vice bonaerense, Verónica Magario.
El diputado Ricardo López Murphy fue uno de los pocos en seguir el discurso y realizar distintos tipos de anotaciones, mientras intendentes como Fernando Espinoza disfrutaban un café en el palco del primer piso. Algunos bostezos comenzaron a ganar lugar desde el inicio del discurso del primer mandatario. Después se dio el portazo de los macristas. Alberto Fernández siguió con sus palabras. Se olvidó, a lo último de su disertación, de dar por abiertas las sesiones ordinarias. Lo aplaudieron entre 60 y 70 veces, ya con mezcla por momentos de compromiso y tibieza. El Presidente habló casi una hora y cuarenta minutos. Y se fue como entró: sin decir cuándo enviará el acuerdo con el FMI.



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