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Alejandra Radano: collage de arte y tributo a los ’20
Alejandra Radano, en su caracterización para «La inhumana», que sigue la estética del film homónimo de Marcel L’Herbier de principios de los años 20.
«La inhumana fluye como la banda sonora de un film. Es un collage sintético. Sintético por artificial y por condensar materiales muy eclécticos, provenientes de la plástica, la arquitectura, la música y la danza», explica Radano. Su repertorio musical incluye temas del rock francés (Les Rita Mitsouko); del italiano Vinicio Caposella, de la alemana Nina Hagen y del rocker catalán ultra minimalista, Pascal Comelade, entre otros. En el intermedio se exhibirá una obra coreográfica de Pablo Rotemberg, titulada «Joan Crawford», a cargo de Soledad Mangia y J. Ezequiel Corbalán. Dialogamos con ella:
Periodista: Tratándose de un collage, supongo que habrá tomado distintas fuentes de inspiración...
Alejandra Radano: La más directa tiene que ver con la película «Linhumaine» (1924) del director francés Marcel LHerbier.
P.: Un melodrama de ciencia-ficción.
A.R.: El argumento es lo de menos. LHerbier lo tomó como una excusa para mostrar y defender las distintas manifestaciones artísticas de aquellos años. Él la definió como una «miscelánea de arte moderno» y en ella colaboraron artistas de todas las disciplinas, como el pintor Fernand Léger (autor de la película sin argumento «Ballet mécanique»). Esta síntesis de todas las artes fue mi punto de partida para crear un espectáculo que tiene mucho de propuesta plástica y que refleja mi visión del teatro musical en este presente atravesado por todas las influencias que adquirí, recibí y que fui a buscar en mi continuo ir y venir entre Europa y Buenos Aires.
P.: ¿Qué otras influencias participan de este collage?
A.R.: La obra del arquitecto siciliano Francisco Salamone, que llegó a la Argentina a los 10 años y construyó, en distintos pueblos de la provincia de Buenos Aires, obras que emulan la grandiosidad de la «Metrópolis» de Fritz Lang. Hice el camino de Salamone junto al fotógrafo Eduardo Torres y vi construcciones extraordinarias, sobre todo en Azul y en Laprida. Impresiona verlas medio perdidas en la soledad de la pampa. Me gustaría poder hacer algo más para recuperar la obra de Salamone que, como todo en la Argentina, está muy descuidada. Pero estas obras-íconos viven gracias a su fuerte estructura. Son como las Le Corbusier, viven porque su hormigón está bien sostenido. A Salamone nunca le hubieran podido demoler un gimnasio como el que hace poco cayó en Villa Urquiza.
P.: El afiche del espectáculo muestra un retrato suyo en clave futurista. ¿Es otra de sus influencias?
A.R.: Si yo tuviera que contener este espectáculo en una época, lo ubicaría sin duda en el futurismo, tanto desde lo visual como desde lo conceptual. Tuve la oportunidad de hacer una temporada en Genova y ahí pude recabar mucha información sobre el futurismo y sobre la obra de Marinetti, su fundador. Hace más de seis años que estoy trabajando en este espectáculo y una de las personas que más me impulsaron a hacerlo fue Alfredo Arias.
P.: Hablando de Arias. Creo que «Tatuaje» es un gran trabajo de madurez. También resulta muy buena su interpretación del cantante Miguel de Molina, el eterno exiliado.
A.R.: Estamos muy felices con la repercusión que tuvo en Buenos Aires. También me resultó fascinante ver cómo reacciona cada público. La lectura del público francés fue muy distinta de la del público argentino. Pero en particular, me llamó muchísimo la atención lo que ocurre al final, cuando el protagonista cuenta que fue a un programa de televisión y que no le entraban los zapatos. Que se tiñó el pelo y que la gente le decía: «Vos tendrías que haber cobrado un cachet en dólares por tu presentación». Y entonces agrega que a la semana recibió una bicicleta fija que no usó jamás, entre otros artículos inútiles. Es un momento muy terrible, pero acá la gente se ríe muchísimo. En cambio, en Francia, el silencio era glacial. A mí no me molestan las risas, ni juzgo al público...
P.: Tal vez se rían por el chiste que hace Arias en relación a la conductora más carismática de la argentina, capaz de creer en dinosaurios vivos.
A.R.: No creo que sólo sea por eso. Acá hay una tendencia a reírse de situaciones patéticas, de puro nervio ante la desgracia. Al fin y al cabo uno también va al teatro para exorcisar, como en los velorios. Uno aprovecha para llorar sus penas y lo mismo sucede con el teatro. Vamos a eso, a emocionarnos, a hacer catarsis. A mí me conmueve mucho verlo a Alfredo actuando en su patria (vive en Francia desde los años 70). Él termina la función temblando y llorando de emoción.
Entrevista de Patricia Espinosa


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