4 de marzo 2010 - 00:00

Alicia en el país de Tim Burton (no el de Carroll)

Tim Burton convierte a la niña soñadora de Lewis Carroll en  una adolescente feminista y guerrera, y la rodea de un marco de imaginería atrapante y visualmente atractivo.
Tim Burton convierte a la niña soñadora de Lewis Carroll en una adolescente feminista y guerrera, y la rodea de un marco de imaginería atrapante y visualmente atractivo.
Los mandatarios de la Disney son gente grande, así que ellos sabrán lo que hacen. Pero, aunque tengan los derechos cinematográficos del título, no deberían haber anunciado una nueva versión de «Alicia en el país de las maravillas», sino, más sinceramente, una cosa llamada «Tim Burtons Alice», decididamente ajena a Lewis Carroll y sus niñitas soñadoras. Visual y técnicamente atractiva, si, pero otra cosa.

En esta variante Burton, escrita por Linda Woolverton (eficaz amanuense de la Disney, coguionista de «El rey león» y «La bella y la bestia», que aquí se corta sola), Alicia no es la nena de 7 años y 6 meses que cruza el espejo, sino la adolescente flaca tipo modelo que, frente a un pedido de matrimonio por conveniencia, huye, cae atraída por un conejo, encuentra dos reinos en conflicto, se convierte en una guerrera capaz de matar un monstruo, lo mata, en una aventura adocenada, y vuelve dispuesta a hacer negocios con el suegro, manteniendo la soltería. Doña Woolverton debe ser una feminista moderna, seguramente también es grande y sabe lo que escribe, incluyendo eso tan simbólico de hacer que la heroína le corte el largo cuello al monstruo que quiere mancillarla, pero la suya es la «Woolvertons Alice». Pobre Carroll, suerte que se murió hace rato.

Bueno, vayamos a la de Tim Burton, que del libro debe haber visto solo las figuritas. Ahí nos salvamos un poco. Su imaginería sigue siendo atrapante, y también su concepto de la vida como una amalgama de pesadillas, ensoñaciones y recuerdos presentes al mismo nivel que la realidad. Excepto el prólogo y el epílogo, tan anodinos que parecen de otro, el grueso del film es una sucesión de extrañezas tan singulares como la fugaz visión de una batalla celeste entre un hipogrifo y un caballito de madera tipo hamaca, el cruce de un foso pisando las caras de los decapitados (otra vez, pobre Carroll), las actitudes de la Reina Blanca, que parece fumada y poco confiable, el jabberwocky, vulgo galimatazo, erizando las plumas de la cabeza como un borogobio, el relieve 3D estilo libro de cuentos, grandes planos de paisajes semioníricos, el famoso gato melifluo, las caracterizaciones de Johnny Depp y Bonham Carter, etc., etc., que justifican el precio de la entrada.

Acaso también alienten a la lectura del texto original, que tiene sus propios tesoros, inabarcables y enternecedores. Dicho sea de paso, no hay ternura en la versión Burton. Hay, en cambio, algunos «homenajes» al dibujo Disney de 1951, por ejemplo el modo en que la liebre sirve el té, o la graciosa forma en que los soldados naipes corren a prestar servicio. Muy buenos, los sapos de la corte, hechos en animación digital, y el tema épico para orquesta y coro de Danny Elfman que se escucha en los créditos finales (hay que tener paciencia, porque se oye recién después de la fastidiosa canción de cierre).

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