Álvarez Bravo: la mirada incisiva

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El Malba exhibe un auténtico tesoro: las mejores fotografías de Manuel Álvarez Bravo, el autor de «La buena fama durmiendo», la inolvidable imagen que le encargó André Breton a fines de la década del 30 para la portada del catálogo de una exhibición surrealista. También llegó de México la escalofriante cabeza del «Obrero asesinado», desangrándose en la calle, acaso la foto más conocida y la que revela la preocupación social que compartía el artista con la militante comunista que fue su amiga, Tina Modotti. Pero al drama se contrapone la dulzura de una jovencita soñadora recostada en un balcón, o a la energía esencial de «Qué chiquito es el mundo», una mujer y un hombre que se cruzan en un escenario que parece un set cinematográfico.
Luego están las fotografías que tomó de la naturaleza, que lo acercan al estilo del estadounidense Edward Webston, artista al que conoció sin perder nunca su identidad mexicana. Álvarez Bravo supo eludir la obviedad y el pintoresquismo, y un buen ejemplo es «La mano que da», que hasta hoy resulta inspiradora para los artistas. Se trata de una mano con los huesos a la vista, mirada con rayos X mientras ofrenda una flor, la misma que el artista brasileño Vic Muniz reitera en varias de sus pinturas y que reproduce el argentino Gustavo Romano en uno de sus videos. Otro ejemplo es «La buena fama durmiendo», que el argentino Marcos López retomó con idéntica ironía para homenajearla, en gran formato y en colores. En una muestra donde cada foto merece una reflexión, hay una imagen tomada a unos papeles doblados que semejan la ópera de Sydney y que demuestra como ninguna el gran dominio de la espacialidad.
El mexicano que Sergei Eisentein llamó «el maestro de los ojos», vivió 100 años y murió en este siglo. Sus imágenes urbanas, como una vidriera con reflejos, llevan a evocar las fotos de Horacio Cóppola, que este año cumplirá 109 años. Ambos sorprenden en el presente, al traer del pasado imágenes tan cargadas de actualidad.

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