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Anticrisis: ya no hay gemelos (reservas, sí)
Si bien la situación es compleja, lo cierto es que hoy no esperamos una crisis financiera como la de 2008, especialmente porque los bancos en EE.UU. y en el Reino Unido han limpiado en gran medida sus balances y asumido la mayor parte de las pérdidas relacionadas con el sector inmobiliario. En la zona del euro no queda tan claro que los bancos hayan hecho lo mismo, y a pesar de que existen posibilidades de alguna sorpresa negativa, también es cierto que los bancos centrales del mundo han aprendido que no se puede dejar caer al sistema de pagos ni frenar el crédito, con lo cual seguramente habrá intervención en caso de ser necesario.
De cualquier manera, el mundo enfrenta importantes amenazas a ambas orillas del Atlántico norte, aunque la naturaleza de ellas es muy diferente. El principal problema que enfrenta EE.UU. es el riesgo de una recesión ante la cual tiene pocas posibilidades de responder con políticas macroeconómicas expansivas. La munición gruesa ya se utilizó para combatir la crisis financiera de 2008 y queda poco margen de acción tanto en lo que hace a la política fiscal como a la monetaria.
Por el lado fiscal, EE.UU. mantiene déficits del orden del 10% del PBI, lo que explica que el stock de deuda pública ya representa casi un 100% del PBI. Ciertamente no hay espacio para mantener estos déficits fiscales, especialmente porque Obama sigue jaqueado, por un lado por el ala fundamentalista del partido republicano, el Tea Party, que quiere presupuestos balanceados lo antes posible y se niega a aumentar los impuestos; y, por el otro, por las agencias de calificación crediticia que miran con preocupación el aumento de la deuda pública.
Las mayores fichas están puestas en Ben Bernanke, de la Reserva Federal, quien tampoco tiene mucho margen de acción. Las tasas de interés ya están en cero y ha expandido la base monetaria un 250% a través de las expansiones cuantitativas QE1 y QE2. Estas expansiones en la cantidad de dinero no han logrado estimular a la economía, principalmente porque los bancos no han aumentado el crédito. Seguramente algo más la Fed hará, pero no parece que la política monetaria pueda por sí sola revertir la situación.
Sin la posibilidad de implementar políticas expansivas, la suerte de la economía norteamericana dependerá de que se recupere el sector inmobiliario (que pareciera estar en el último año de la recesión) y que el reciente repunte del crédito bancario le dé impulso a la demanda.
Al otro lado del océano las cosas no lucen mejor, o tal vez un poco peor. Europa está pagando un precio muy alto por construir una unión monetaria que no tiene una política fiscal común y en la que cada país se tenga que hacer cargo de regular y recapitalizar a sus bancos. Si Irlanda hubiera sido un estado de EE.UU., el Gobierno federal se hubiera hecho cargo de sus bancos, y el país (Estado) hoy no estaría en problemas.
El principal problema de Europa es que tiene sólo una moneda, pero dos realidades. Los países de la Europa periférica, especialmente Grecia, tienen problemas fiscales, de deuda y necesitan un euro débil para recuperar la competitividad y bajar el desempleo. Los programas de ajuste fiscal y de baja de costos internos no están dando resultados, especialmente porque no ayudan al crecimiento y enfrentan un aumento en la tasa de desempleo. La tragedia griega tiene un final anunciado, y la duda es si el default será acompañado o no por la creación de una cuasi moneda.
Alemania, por otro lado, es un país que está creciendo, que tiene un sector exportador dinámico y que podría tolerar un euro incluso más fuerte. Paradójicamente, la preocupación de Alemania es el recalentamiento de la economía y la inflación, lo que ha llevado a que el Banco Central Europeo (BCE) haya subido las tasas de interés.
En la medida en que la crisis se circunscriba a Grecia, Irlanda y Portugal (que juntos sólo representan el 6% del área del euro), parecería que los montos a financiar son manejables. El problema serio aparecería si la crisis de deuda se expande a Italia y España (que representan respectivamente un 12% y un 17%), con lo cual se pondría en riesgo la solvencia de la eurozona. La suba del riesgo crediticio en estos dos países la semana pasada causó estupor en los mercados y sólo se frenó gracias a la intervención del BCE. Pero el problema no terminó.
Europa enfrenta conflictos en la estructura de la unión monetaria que complican cualquier solución para los países periféricos, y la política de aumento de las tasas de interés que ha seguido el BCE debilita a los países de la periferia. Esto implica que a menos que haya importantes cambios en la política económica, la crisis de Europa no habría terminado ni tocado fondo.
¿Cómo impacta esta nueva realidad en la Argentina? Básicamente hay dos canales de transmisión, el financiero y el comercial. En cuanto al primero parecería que a menos que la crisis se profundice, los efectos deberían ser limitados. Seguramente habrá menos financiamiento y por ende menos entrada de dólares, con lo cual puede haber presiones sobre el tipo de cambio y las tasas de interés. Pero en principio serían ajustes relativamente menores.
Por el lado del comercio internacional, seguramente habrá una menor demanda externa y una baja (no demasiado grande) en el precio de la soja. A pesar de que ni Europa ni EE.UU. son nuestros principales mercados de exportación, sin duda que por el tamaño que tienen, algo nos va a afectar. El efecto debería ser menor actividad económica y menores ingresos para las economías regionales, que esta vez va a ser difícil compensar con mayor gasto público, debido a que la Argentina tiene déficit fiscal y no hay acceso al financiamiento.
Si bien la Argentina ya no tiene los superávits gemelos que ayudaron a superar la crisis financiera internacional de 2008, el país todavía cuenta con un buen nivel de reservas y con bajas necesidades de financiamiento. De cualquier manera, habrá que seguir muy de cerca la evolución del precio de la soja, del real en Brasil y de la salida de capitales en la Argentina. Por ahora no hay razones para salir corriendo a comprar dólares, euros o francos suizos.


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