25 de septiembre 2012 - 00:00

Arkin: ‘‘En una época fuimos muy libres’’

Alan Arkin
Alan Arkin
San Sebastián (Enviado especial) - El veterano Alan Arkin merece un premio a la trayectoria. No se lo dan, porque las funciones con entrega de premios se cotizan hasta 95 euros. Es lo que pagarán el sábado quienes quieran ver de cerca a Dustin Hoffman. En cambio, ¿a este Arkin quién lo conoce? Bueno, es el que en 1966 hizo debutar en teatro a Dustin Hoffman.

Actor y director de teatro y cine, escritor de ciencia ficción y cuentos infantiles, compositor, cantante folklórico, etc., el hombre viene apareciendo en películas, mayormente comedias, desde 1957, con títulos como «¡Ahí vienen los rusos!», «Sola en la oscuridad», «El corazón es un cazador solitario», «Trampa 22», «No disparen, soy dentista», «El mago de Lublin», «Eros» y otras que lo candidatearon varias veces al Oscar. Lo ganó recién en 2006, con su personaje del abuelo coleccionista de revistas porno de «Little Miss Sunshine». Podrían nominarlo de nuevo, por el funcionario clave que hace en «Argo», el thriller político de Ben Affleck que ambos vinieron a presentar a San Sebastián.

«Arkin desarrolla con John Goodman la parte de comedia satírica en medio del drama. Una escena semejante puede desencajar con el resto, pero ellos son actores tan creíbles que calzan sus chistes sin afectar el realismo de la situación», ha declarado Affleck, abogando por el Oscar. Al viejo eso lo tiene sin cuidado. «Nunca se me ocurrió que un día ganaría. Lo digo de verdad, el único momento de disfrute es la nominación, cuando te ponen en una misma lista con gente que generalmente admirás. Y si ganás pasa algo feo: durante varios días te agarra la vanidad, te sentís superior a tus colegas. A mí me pasó».

No se le puede discutir. Su pose habitual es la de un judío gruñón del Brooklyn donde se crió. «Si me dice que soy un judío típico, me enojo. ¿Qué es eso de típico? Conozco locos, tontos, genios, amables, valientes, prudentes, hay de todo en todas partes, pero cuando alguien me dice la palabra típico apago mi cerebro», se exacerba. ¿Está enojado de veras? Ahí salta el chiste: «¿Por qué? ¿Le parezco paranoico? Tengo ese aire paranoico en las películas. ¿Sabe por qué? Oh, Dios, ¡el director me está mirando!»

¿Pero qué decir cuando él mismo dirige una película? «Eso fue en otro tiempo, a comienzos de los 70. En todo Estados Unidos, en el propio Hollywood, había una especie de libertad loca, un sentimiento salvaje de abandono que hoy no podría repetirse. No sé de dónde salió ese espíritu, cualquiera podía hacer lo suyo, cualquiera podía dirigir. ¡Yo mismo pude dirigir una sátira con el respaldo de un sello fuerte! ¡Me dieron carta blanca!»

Aquello se llamó «Pequeños asesinatos», 1971, con Elliot Gould, Vincent Gardenia, Donald Sutherland, sobre textos del corrosivo historietista Jules Feiffer. Después hizo otras películas, que hoy pocos recuerdan. Lo ubican mejor por sus apariciones en «Plaza Sesamo», «Los Muppets» y «Chicago Hope». O por un tema que compuso con Harry Belafonte en 1956: el calipso jamaiquino «The Banana Boat Song», que todavía le debe rendir dividendos. Pero tampoco hay premio a la trayectoria para compositores de calipsos jamaiquinos.

P.S.

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