11 de diciembre 2012 - 00:00

Art Basel 2012: “Paren Miami que me quiero bajar”

Una escultura de Duane Hanson ejemplificó el estado de muchos contempladores después de tanto para ver.
Una escultura de Duane Hanson ejemplificó el estado de muchos contempladores después de tanto para ver.
Miami - Rio tiene el carnaval, Miami tiene Art Basel. Ciudad púber adicta a lo circense a la que este carnaval con ribetes artísticos y sobredosis de frivolidad le va como anillo al dedo. Una semana donde la sensación predominante -extraña, placentera, agobiante, indefinible- fue «Paren el mundo me quiero bajar».

Desde hace once años el circo llega al pueblo, se instala, marea y se va, dejando la agridulce sensación de una fiesta en la que todos los que llegaron se perdieron algo. Aun más durante esta edición 2012, donde la desmesura fue absoluta protagonista reflejada en mas de veinte ferias de arte satélites que orbitaron el huracán ArtBasel, nave madre del bien y del mal, núcleo y ojo de ominosa calma.

Quienes repiten que las artes visuales aquí se dividen en AB y DB (antes y después de la feria suiza) olvidan el boom de los noventa con galerías locales en plenitud y la pionera ArtMiami que se mudó a diciembre para acomodarse al $igno Basel y convertirse en competidora nada desdeñable. Entonces el arte latinoamericano tomaba impulso por estos lares, después los americanos miraron hacia este extraño sur, luego los europeos. mañana serán los asiáticos. En poco tiempo, Miami se convirtió en ombligo catalizador, ideal cruce de caminos para huir del invierno boreal añadiéndole exclusivo barniz a esta nueva legión de Springbreakers.

La saturación de antemano quedó justificada. Peor que otros años, fue aun más difícil ver lo que había para ver. Las distancias sumadas al tránsito imposible y al deficiente sistema de transporte público parecieron colapsar la infraestructura ante las hordas excitadas por la feria de vanidades donde todo vale, dos minutos de fama incluidos. Cuando se abrieron las puertas primó un demoníaco sistema de castas para llegar cuanto antes a lo que fuera. Apenas entró la prensa (este año sufrió falta de tacto y ni catálogo recibió) mientras pujaba la elite de bi-millonarios - los maggots del vitriólico Tom Wolfe - abalanzándose sobre las presas incluso antes que los VIPs y coleccionistas más tranquilos y avezados. Siguieron los invitados al vernissage y finalmente, una multitud que desbordó el Convention Center (y la contigua Design Miami y el Bass Museum) de Miami Beach para cinco días de voraz supermercado disfrazado de museo donde se vio y compró lo que se pudo.

En este vía libre para el narcisismo rampante con egos encontrados, robustecidos o aplastados entre desayunos, almuerzos y fiestas incoherentes, fue imprescindible hallar los oasis necesarios, razón de ser del hecho artístico. Y afortunadamente los hubo; la pintura estuvo más presente que en otras ediciones por sobre la fotografía e instalaciones. Nuevos materiales, mas video y digitalización más la fuerte presencia de galerías venezolanas, brasileñas e italianas sumándose al aluvión de alemanas, británicas y norteamericanas. Un sublime rincón Calder compitió en serenidad con Rothko, Klee, Nolde, Matisse, Feininger, Soutine, Albers, Nevelson, Miró, Chillida y un pequeño Magritte atípico que valió la pena el viaje. Magníficos Gerhard Richter, Kiefer, Ernst, Freud, Bacon, Judd, Léger tampoco quedaron atrás. Las galerías Mary Anne Martin, Jorge Mara, Benzacar y Sur (un literal museo Berni, Torres Garcia, y Gurvich) hicieron desear por más impronta latinoamericana en la madre de todas las ferias.

Quien logró cruzar el puente hacia Miami vio como el otrora olvidado barrio Wynwood florecía con carpas gigantes donde se asentaban las ferias satélites capitaneadas por una excesivamente crecida ArtMiami. A Wynwood y su vecino Design-District, repletos de galerías, murales con graffitis y un zoológico fellinesco más informal que aquellos que sólo se dedican a Baseling, se sumó la apertura al público de las colecciones Rubell, Margulies, Sackner, De la Cruz, la portuguesa Berardo en Gary Nader y en MOCA, bien al norte, una impactante muestra de Bill Viola.

ArtMiami y sus eclécticas hermanas (que en este 2012 fuera de cauce incluyó una feria de joyería, una africana y la madrileña JustMad, lejos del circuito) como Pulse, Scope y la flamante, espaciosa Miami Project, también apostaron fuerte con una mayor representación latinoamericana. Se destacó la figuración y los geométricos, consagrados como Soto, Paternosto, Cruz Diez, Kentridge, Matta, Evangelista y los hermanos Starn. Imposible no mencionar la luz de Garry Fabian Miller, la conjunción este-oeste de Xiao Guo Hui, los blancos de Ugo Nöder, los alucinantes tramados de Emil Lukas o Sam Messenger y el decadente erotismo de Christian Schoeler.

De Kusama y Torres Llorca a Hockney y Botero, consagrados y emergentes, otra vez originalidad y efecto rivalizaron con el arte que evoluciona, decanta y permanece amén de modas y tendencias. Y en todo sentido, éste último fue el ganador.

Más allá de la alarmante desmesura que favorecería una contracción lógica (lejos de suceder

viendo los planes del 2013), la próxima ArtBasel verá también la ansiada inauguración del PAMM (Pérez Art Museum Miami) que se espera consolide un polo local e internacional independiente del glamour de ferias pasajeras.

Desbalance evocador del Koyaanisqatsi de Philip Glass, soberbia y codicia, perfume de fin de mundo, a río revuelto ganancia de pescadores. como se llame, todo aplica en esta danza de la fortuna hasta que el brillo prestado se desvanece y Miami vuelve a su condición de cenicienta después del baile. Quizás el príncipe le llegue pronto, mejor que se apure porque el mar implacable, y ya no tan imperceptiblemente, sigue subiendo.

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