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Auge y ocaso de una “religión” nacional
Juan José Ibarretxe
El imaginario nacionalista vasco, que con tanta eficacia interpretó el PNV en los últimos 30 años -anclado en un sólido entramado económico, social e institucional-, tiene condimentos que lo acercan a lo religioso. Por empezar, un idioma tan insondable como el arameo. Se suma una especie de ayatolá que murió a principios de siglo XX, Sabino Arana, cuyo legado es un credo para esta formación democristiana. Una historia épica -la resistencia a las invasiones a la península, el bombardeo de Gernica, la crueldad del franquismo- refuerza la identidad como pueblo perseguido. No faltan mitos -como que los vascos tienen tipo de sangre RH negativo- ni rituales campestres.
Eslabón perdido
Si bien no es una religión, el nacionalismo vasco tiene sus obispos. La Iglesia española encuentra en Euskal Herria su eslabón perdido. Ni el Vaticano se atreve a cuestionar de lleno a un obispado que ampara con sus rezos demandas nacionalistas y que en las recientes elecciones cuestionó que se impidiera participar a los partidos que no condenan el terrorismo. No sólo ello: José María Setién, obispo emérito de San Sebastián (segunda ciudad del País Vasco), se atrevió a juntar fondos en las parroquias a su cargo para que los familiares de los presos de la organización ETA pudieran ir a visitarlos a las cárceles. No por nada ETA, que se desprendió a fines de los 60 del PNV, no atentó nunca contra objetivos católicos.
El nacionalismo tiene obispos y también recursos económicos. Las relaciones del PNV con la poderosa Confebask (Confederación Empresarial Vasca) son excelentes. En rigor, el entramado social nacionalista atraviesa el centro de Bilbao, los balnearios exclusivos sobre el Cantábrico y poblados casi aldeanos en Navarra o Gipúzkoa.
El devenir de ETA puso al PNV en el foco de su acción en los años 80. Eran tiempos en que los democristianos se valieron del apoyo del PSOE de Felipe González para gobernar Euskadi. Como todos los partidos regionalistas españoles, el PNV hizo equilibrio (negoció beneficios) entre socialistas y conservadores (PP). Hasta apoyó en 1997 en el Parlamento a quien luego sería su enemigo más odiado: José María Aznar.
Ello enseguida marcaría un punto de inflexión y abriría las puertas a un período que ahora encuentra un desenlace. Ibarretxe volcó a su Gobierno desde 1998 a pactos con la izquierda marxista y mimó a los separatistas radicales, sin dejar de condenar nunca la vía terrorista. Azorados, el PP y el PSOE ensayaron el frente españolista, lo que los llevó a un fracaso electoral estrepitoso, que resultó luego compensado por una ofensiva judicial quirúrgica contra la izquierda violenta.
Error de cálculo
Ibarretxe, en un error de cálculo, apostó a más. Agitó un posible referendo para hacer de Euskadi un estado libre asociado de España; una virtual independencia.
El hombre de José Luis Rodríguez Zapatero en Euskadi, Patxi López, desanduvo el camino antinacionalista que no sólo acorralaba a los violentos, sino también a elegantes amas de casa que van muy arregladas a las misas de Setién y Uriarte. Tomando demandas vascas no rupturistas, López rompió el techo del PSOE, al tiempo que un desgastado Ibarretxe quedó arrojando golpes al aire cuando su principal contrincante dejó de acusarlo de ser cómplice de ETA.


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