Sorprendió la cantidad de personas en silla de ruedas o con algún impedimento físico que tuvo que hacer la fila (de más de tres horas) para entrar al velatorio, como todos. Cuando se preguntó a un efectivo por qué no se les daba precedencia, expli-có: «Les daríamos prioridad, pero si fuera así, tendríamos que dejar pasar a la mitad de la gente primero».
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Entre las personalidades que se acercaron a despedir al ex presidente estuvo el titular de la Comisión Episcopal para Pastoral Social, monseñor Jorge Casaretto, quien ofreció una oración y bendijo el cuerpo de Alfonsín, visiblemente emocionado. El religioso es un reconocido admirador de la capacidad que el ex presidente tuvo para reinstaurar la democracia y fortalecer la necesidad de un diálo-go profundo y sincero entre la Iglesia y el poder polí-tico.
En un momento de distensión, se escuchó un fuerte aplauso que provenía del Salón Azul. Todos los que estaban en las salas de los costados se agolparon para ver qué pasaba o quién había llegado. No era nada en especial; alguien había empezado a aplaudir, y todos se plegaron al impulso.
Había militantes radicales de ayer y de hoy (además de los más conocidos en el panorama actual y la mayoría de los funcionarios de Gobierno), como el ex senador José María García Arecha.
En los pocos segundos que las personas tenían frente al féretro, después de la larga espera, cada uno buscó la manera de despedirse de manera personal del líder radical. Señales de la cruz, el brazo en alto con el puño, un lanzamiento de besos, pero, sobre todo, la señal con las manos cruzadas por la que era tan conocido y las ganas de gritar atragantadas.
Silvio Larroca, con sus 84 años, se subió al micro dispuesto para que trasladara a las personas de Chascomús que querían despedirse del ex presidente y subió sin ayuda las escalinatas del Congreso para despedirse de Alfonsín. Radical hasta la médula, contó que su mamá ya usaba la «boina blanca» desde 1890 y que el líder radical, a quien conoció además de ser un «hombre honesto, un político de raza y el mejor presidente que tuvimos», fue «un buen amigo».
Más allá de las sistemáticas olas de aplausos espontáneas, dos momentos marcaron la espera por el regreso de los conocidos cánticos de la juventud radical: la llegada de una columna de Chascomús al grito de «los muchachos de Alfonsín» y un grupo de estudiante de La Plata, que comenzaron a cantar y saltar (mientras una de ellas preguntaba «esto sale mañana en AM, ¿no?», un programa matutino de Telefé).
Además del personal que estaba dedicado a ubicar las cientos de coronas enviadas por políticos, instituciones y agrupaciones, había una persona dedicada exclusivamente a situar los arreglos florales con un atuendo insoslayable: estaba vestido con un pantalón y una remera negra, guantes blancos y un moño de lentejuelas al cuello, con los colores de la bandera argentina.
Un hombre que asistió con toda su familia al velorio (su esposa y sus tres hijos, el más chico, un bebé de menos de un año) comentó al salir: «Vine a mostrarles a mis hijos que esto es la democracia.
Más gente debería haber venido con sus familias, para recordar que se pue-de ser honesto y ser presidente. Cuando hay que votar, ¿dónde está toda esta gente?».
El luto dio lugar a provechosos negocios del momento: además de las clásicas banderas argentinas y claveles rojos y blancos, el boom comercial del día fue un prendedor con la cara de Alfonsín, a sólo $ 2.
Dejá tu comentario