15 de abril 2009 - 00:00

“Bambolenat”: la forma no es lo único

El espectáculo plástico y audiovisual «Bambolenat» termina resultando más original que entretenido.
El espectáculo plástico y audiovisual «Bambolenat» termina resultando más original que entretenido.
«Bambolenat». De Cía. Sombras de Arena. Actuación: Matías Haberfeld y Daniel Tur. Dibujos en arena: Alejandro Bustos. Títeres de sombra: Natalia Gregorio. Música: Germán Cantero, Gabriel Landolfi. Ciudad Cultural Konex, sábados a las 18.

Más original que entretenido resulta el nuevo espectáculo donde se destaca la labor del artista plástico y dibujante sobre arena, Alejandro Bustos, quien con la ayuda de Alejandro Naviliat y Federico Laborde, ha desarrollado una técnica interesante: la proyección en pantalla de dibujos hechos con arena sobre vidrio, que Bustos crea y derrumba en vivo, todo combinado con música y actuación.

Pero como ocurre en cualquier género, con sólo la novedad en el aspecto técnico no alcanza. La debilidad no radica en el cuento solamente sino también en el modo en que la historia avanza, donde las imágenes terminan resultando familiares por reiterativas. Y dura tan sólo 55 minutos que parecen mucho más.

La sombra del actor Matías Haberfeld se introduce en los paisajes de arena proyectados para dar vida al hombre que avanza, atraviesa un momento de trance, forma parte de un ritual, camina desiertos, días de agobiante calor, frescas noches de luna llena y finalmente llega al árbol bajo el cual toca la flauta. Y conoce el amor.

Si bien los recursos del espectáculo son infinitos y la experimentación absoluta, la experiencia no resulta del todo gratificante ni enriquecedora. Bustos es un excelente artista plástico pero el espectáculo carece de dinámica narrativa. No llega a emocionar, ni a divertir pese a los pocos momentos de dulzura.

La técnica tiene todo para ser más explotada, desde el color (sólo se valen del amarillo, negro y por momentos azules cuando podrían ampliar y recurrir a toda la paleta para generar efectos múltiples) hasta el modo de contar historias, pues no puede negarse que vale como intento noble de presentar algo diferente.

La música de estilo oriental, creada con instrumentos poco convencionales (de la India y Australia) termina siendo tan desapacible que cae en lo deprimente, cuando lo que acompaña es la historia de un hombre en la búsqueda, hasta que puede sentir la explosión del amor.

Completan el espectáculo un monje sufi (rama del islam) que se pasea por la sala y escenario con un libro en mano, del que surge la leyenda que se cuenta, y Natalia Gregorio, a cargo de los títeres de sombra. Una muestra más de tanto arte experimental que hay en Buenos Aires y con ese criterio puede verse. Pero no por experimental resulta edificante, al menos no para el espectador.

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