5 de agosto 2009 - 00:00

Bancos no están aún a salvo de esquirlas

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
No hay rastros de pánico. La crisis de la banca ya no genera escozor. Ni recicla inestabilidad como sucedió hasta marzo. Una docena de instituciones pueden colapsar en un par de semanas -en los EE.UU., ya se liquidaron 69 en lo que va de 2009-, pero se trata de entidades pequeñas sin mayor trascendencia fuera de sus comunidades locales. No son sistémicas. No cuentan. La recuperación vibrante de las Bolsas -a mediados de marzo- comenzó de la mano de la recomposición de los negocios de la banca. Quedará, para la anécdota, la carta señera de Vikram Pandit a su personal de Citigroup puntualizando las primeras señales de una mejoría en los ingresos. Desde entonces, mucha agua corrió bajo el puente. Balances, cambios de reglas contables, las pruebas de estrés y su correlato crucial: el renovado acceso a las infusiones de capital privado en gran escala.

El fantasma de la nacionalización inexorable se hizo a un lado (aunque un jugador de envergadura -como el propio Citigroup- haya quedado parcialmente atrapado). Si hubiera que mencionar una bisagra de la historia, es difícil no citar a AIG, el gigante de los seguros con pies de barro. Ese agujero negro por antonomasia, por sí solo, devoró, de setiembre a marzo, fuera de toda agenda, 180 mil millones de dólares de asistencia oficial. Saciar ese apetito, al que no se le podía decir que no, instaló un mojón decisivo. En las antípodas de esa obligada postración, el secretario del Tesoro, Tim Geithner, pudo decir, esta semana, que no hará falta volcar más recursos públicos a la banca. Todo lo contrario: espera acelerar el recupero de los fondos prestados por el controvertido plan TARP. ¿Cae, pues, un telón de fondo definitivo sobre las desventuras de los grandes bancos? Son los propios banqueros, los insiders que conocen la cocina de los negocios, los que lucen menos convencidos.

De los mínimos de marzo, las acciones treparon un 50% en Wall Street. Si se toman los papeles de bancos -los más castigados por la debacle previa-, la suba fue casi tres veces mayor: 139%. Pero mientras el rally general escala con osadía nuevas alturas, la cumbre de las acciones bancarias data de mayo. La euforia se acrecienta en las Bolsas, pero resbala sin penetrar el lomo de las acciones de los bancos. No se contagia. No faltan recomendaciones puntuales -como la de la severa Meredith Whitney sobre Goldman Sachs- o, incluso en bloque, como las de JP Morgan sobre un lote de nueve instituciones (que incluye a nombres como Citigroup o Wells Fargo). Para quienes perdieron el tren de la suba, se alega, es una posibilidad de montarse en el furgón de cola. Pero no encuentran todavía eco suficiente (aunque ayudaron los recientes balances de HSBC y Barclays). En contraposición, las ventas de papeles por parte de los insiders, de su propia posición, es una constante tenaz.

Hay balances y balances. Tras la flexibilización de las reglas contables, se sabe, la comparación no es homogénea. Y, por supuesto, también está la realidad. Desde mediados de julio, pueden consultarse los estados contables del segundo trimestre y, con esfuerzo, ganar una aproximación a la realidad que confrontan los bancos. Hay, desde ya, una paleta de situaciones diversas. Evaluar a fondo la situación del sistema, como verificar la solidez de una cadena, exige no dejarse encandilar por el brillo de lo rutilante. Hay que probar los eslabones más débiles.

Las buenas noticias, primero. Las condiciones de liquidez -cortesía de los desvelos de la Fed- son muy buenas. Los depósitos crecen con generosidad (9% interanual a junio último). Con tasas pasivas que rozan el suelo, el margen financiero es monumental. A la par, las comisiones brotan por doquier como hongos. La resurrección de los mercados de capitales aportó lo suyo. No sólo mayores ingresos por transacciones; también revalorizó el colateral -implícito o no- de buena parte de la cartera de préstamos. Y facilita la realización de activos. O la colocación de nueva deuda sin garantías públicas.

La liquidez no es drama. La rentabilidad de los nuevos negocios es muy alta. Pero aun así, el crédito al sector privado no crece. A pesar de la inyección de nuevo capital y del aumento sustancial del valor patrimonial de los bancos a precios de mercado. Está claro que la espina de los malos créditos pasados perturba, y mucho. Es una infección todavía creciente. Nadie puede pretender una cicatrización instantánea. Esta una arcilla muy diferente de las maleables cotizaciones de la Bolsa. Así, la calidad de las carteras de consumo y vivienda se deterioró aún más en el segundo trimestre. Sin embargo, dentro de los cánones de lo que podía esperarse.

El componente que rompió el molde fue la exposición al mercado inmobiliario comercial. Ya fuera por crédito hipotecario o inversión directa. Hasta el balance estelar de Goldman Sachs sangró con profusión por esta herida. Y pocos pueden seguirle los pasos y valuar el renglón a la mitad de su costo histórico. Según compila Deutsche Bank, a fines de marzo la cartera irregular alcanzaba el 2% del total (el banco esperaba que ascendiera al 3,5% al culminar 2009). Junio trajo otra realidad: un salto del 120% y una tasa del 4,1%. Desde diciembre, los atrasos aumentaron cuatro veces y media. El nuevo pronóstico apunta para fin de año una irregularidad preocupante: entre un 6% y un 7%. No es común que un presidente de banco anuncie el remezón de una crisis bancaria. Pero, a la luz de estos números, Josef Ackerman, el titular de Deutsche Bank, lo manifestó la semana pasada. No será, por supuesto, el primer pronóstico errado en su carrera. Pero habrá que remar con ahínco -los próximos meses- para sortear el escollo.

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