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Bochorno inédito para una monarquía valorada
Después de semanas ocupando los titulares de la prensa española, según se iban filtrando a los medios detalles de sus actividades presuntamente ilícitas al frente del Instituto Nóos, un organismo sin fines de lucro desde el que supuestamente desvió fondos públicos y privados para apoderarse de ellos, el anuncio de su imputación en el caso llegó ayer. No tomó a muchos por sorpresa.
La imputación de Urdangarin podría ser un paso previo para su procesamiento como acusado. Sobre ello tendrá que decidir el juez en el futuro, después de tomarle declaración como imputado.
Cuando en 1997 se casó con la hija del medio de los reyes Juan Carlos y Sofía, a la que había conocido poco más de un año antes durante los Juegos Olímpicos de Atlanta, Urdangarin, hoy de 43 años, era el joven que muchos padres hubieran deseado para sus hijas.
Procedía de lo que se suele llamar «buena familia»: de padre banquero y madre belga aristócrata, se educó en buenos colegios. De ojos azules y 1,96 metro de estatura, jugaba desde los 18 años en el Barcelona y formaba parte de la selección española en un momento dorado para el handball del país.
El rey Juan Carlos tuvo desde muy pronto un cariño especial por él, mayor -dicen círculos próximos a la Casa Real- que el que tenía por su primer yerno, Jaime de Marichalar, que se había casado en 1995 con la infanta Elena (la pareja se divorció en 2010).
En 2000, Urdangarin se convirtió en el primer miembro de la familia real española en conseguir una medalla olímpica. Fue en los Juegos Olímpicos de Sídney, donde la selección española de handball
se hizo con el bronce. Poco después, a los 32 años, se retiró del deporte.
Es a partir de ahí cuando empezó la nueva vida de Urdangarin. Instalado con la infanta Cristina en Barcelona, hizo un máster en una de las escuelas de negocios más importantes del país.
A partir de 2001 trabaja como directivo en empresas intermediarias en el mundo del deporte. En 2004 fue elegido vicepresidente primero del COE, un paso criticado por algunos medios españoles porque Urdangarin compartía ese puesto «con sus negocios de marketing deportivo».
Tras su etapa en el COE y junto a Diego Torres, un profesor suyo en la escuela de negocios en la que hizo su máster, Urdangarin se embarcó en el nacimiento de la empresa Nóos Consultoría Estratégica y el Instituto Nóos, un organismo sin fines de lucro que promueve la investigación sobre la gestión de actividades de responsabilidad social, patrocinio y mecenazgo. Y allí, como presidente del Instituto Nóos, con sede en Barcelona, el duque de Palma habría desviado en los años 2005 y 2006 hacia varias empresas en las que tenía intereses propios fondos públicos destinados a la organización de foros sobre deporte y turismo. Su socio, Diego Torres, fue imputado hace ya un tiempo.
En 2006, Urdangarin abandonó Nóos y fue nombrado consejero de Telefónica Internacional en Barcelona. En 2009, la empresa lo ascendió al cargo de consejero y presidente de la Comisión de Asuntos Públicos de Telefónica Latinoamérica y Estados Unidos y lo mandó a Washington, donde se mudó con la infanta Cristina y sus cuatro hijos.
El pasado 12 de diciembre, en medio del escándalo diario en los titulares de prensa, el rey Juan Carlos decidió apartar a Urdangarin de los actos oficiales de la Casa Real. Su comportamiento «no parece ejemplar», argumentó el jefe de la Casa Real, Rafael Spottorno. El día 24 llegó el tradicional mensaje de Navidad del monarca. «La Justicia es igual para todos», dijo el Rey. «Las conductas censurables deben ser sancionadas», aseguró. Toda España lo entendió como una alusión directa a su yerno. Urdangarin cayó en desgracia. En breve tendrá que regresar a España desde Washington para presentarse ante el juez, el 6 de febrero, en calidad de imputado.
Agencia DPA


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