“Bodas” anodinas con buenas voces

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"Las bodas de Fígaro", ópera en cuatro actos. Música: W. A. Mozart. Libreto: L. Da Ponte. Coro y Orq. Estable del Teatro Colón. Puesta en escena. A. Antoniozzi y D. Livermore. Dir. musical: R. Paternostro (Teatro Colón, 13 de agosto).

Una de las óperas más populares de Wolf-gang Amadeus Mozart, "Las bodas de Fígaro" (con libreto de Lorenzo Da Ponte basado en la pieza homónima de P. C. de Beaumarchais), tuvo su regreso al Colón en una producción que pasará por la historia del Teatro sin pena ni gloria, o mejor dicho con más pena que gloria, al menos por el saldo que dejó su función debut.

Tanto aquí como en las otras dos óperas que integran la trilogía de la dupla ("Don Giovanni" y "Così fan tutte") Mozart y Da Ponte lograron un milagro creativo: el de exceder los límites de lo cómico y dar a ciertas situaciones una profundidad inédita. Y es evidente que toda versión de cualquiera de estas obras debe hallar el modo de evidenciar ambos elementos.

Aunque lo cómico está trabajado con dinamismo y algunos gags divierten a algunos espectadores, el problema principal de la puesta firmada por Alfonso Antoniozzi y Davide Livermore no es en absoluto la traslación espacio-temporal que propone, sino precisamente el no haber encontrado y puesto de manifiesto la profundidad mencionada. Nada aquí da lugar a la emoción y la humanidad latentes en el libreto y sobre todo en la magnífica partitura.

La escenografía representa una sala grandiosa que mantiene inmutable su extraña estructura, y que sólo varía su aspecto (y el ámbito al que representa) por imágenes proyectadas sobre ella, a modo de tapizados o cielorrasos. En determinadas instancias los muros dan lugar a imágenes que ilustran las situaciones con una puerilidad asombrosa: cuerpos femeninos en "Non so più cosa son", nubes que pasan en "Canzonetta sull'aria", cuadros de parejas de los que las figuras masculinas desaparecen al comenzar el "Porgi amor" y un largo y tedioso etcétera.

Otro recurso del que los directores hacen uso y abuso es la introducción de figurantes para realizar acciones durante ciertas arias, lo que les resta la poca intimidad que de por sí les permitía el decorado. El desconcierto creció con la situación que involucró al telón principal al comienzo del cuarto acto: tras alzarse, la hoja del lado Viamonte volvió a caer bruscamente y así permaneció un largo rato, obligando a repetir la introducción del aria de Barbarina.

Correcto en líneas generales, el elenco internacional tampoco resultó deslumbrante. Erwin Schrott, la estrella de la producción, exhibió un caudal importante y gran convicción actoral, aunque se advirtió en su canto una leve tendencia al desfase rítmico que lo deslució. La otra gran ovación fue para Serena Malfi, un Cherubino impecable en lo musical y actuado con gracia y picardía. Julia Novikova (Susanna) no decepcionó en lo vocal pero a su actuación le faltó el salero imprescindible en este personaje. Como el Conde, Mathias Hausmann aportó solvencia y aplomo. Maija Kovalevska exhibió caudal, línea y musicalidad adecuados pero tampoco encontró el tono de la Condesa, a la que encarnó con superficialidad. Los locales Luis Gaeta (Bartolo), Oriana Favaro (Barbarina), Sergio Spina (Basilio), Guadalupe Barrientos (Marcellina), Gabriel Centeno (Curzio) y Emiliano Bulacios (Antonio) jerarquizaron la versión, y el Coro Estable fue eficaz en sus breves intervenciones.

Tras su titánico trabajo al frente del "Colón-Ring", Roberto Paternostro regresó con menor fortuna, ya que su desempeño fue profesional pero intrascendente y no contribuyó a sacudir el aburrimiento reinante. Al margen de las susodichas ovaciones, el público otorgó diplomáticos aplausos a los cantantes, al coro y a Paternostro, y un entusiasta abucheo a los responsables de la puesta en escena.

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