No sólo de vino viven las bodegas: la firma Dante Robino -famosa hace algunas décadas por sus caldos Nebiolo y Gamba di Pernice- comenzó a importar «delicatessen» europeas, que van desde pastas italianas hasta turrones españoles.
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«Nuestro padre compró la bodega en 1982 a los herederos de Dante Robino, que la había fundado en 1920. Desde entonces, comenzó una dura tarea de recomponerla, y hoy estamos inmersos en dos proyectos: la modernización de la bodega, en lo que invertimos casi u$s 3 millones, y la línea de alimentos importados, que nos sirve como complemento y nos permite aprovechar los mismos canales de venta que nuestros vinos».
Exportación
Lo explica Fernanda Squassini, hija de Antonio, que pasó de doctor en Economía a bodeguero sin abandonar su primer amor. Ahora ya sumó a sus cuatro hijos a la conducción de la empresa, uno de ellos, Fernanda. La ejecutiva revela un dato sorprendente: sus vinos espumantes Suá se exportan a lugares tan extraños como las repúblicas africanas de Nigeria y Burundi. Allí, cuenta, «prefieren el 'ananá fizz'», tras aclarar que son apenas dos de los 45 países a los que exportan.
La reforma de la bodega apunta a incrementar su presencia en el segmento de los vinos «premium» y de alta gama (hoy son más fuertes en los de precio medio y medio-alto). El año pasado, en esta línea, su primer «premium» (un malbec) ganó la medalla de oro en la exposición de Bruselas.
Turismo
«También vamos a apuntar al turismo enológico, un rubro que nunca encaramos, y no descartamos -tal como hicieron otros colegas- levantar un restorán para completar la experiencia de la visita a los viñedos», dice Squassini. En una primera etapa, harán un área de degustación y venta, en la que, además de los vinos, ofrecerán los productos que importan.
La bodega puede procesar ocho millones de kilos de molienda por año, y tiene una capacidad de vasija de 9 millones de litros. Dice la empresaria que esas cifras son más que suficientes para la actual producción de la empresa: «Los cambios no pasarán por ampliar esa capacidad, sino por convertirla en una bodega de alta gama», explicó.
En lo que hace a la importación de pastas, chocolates, turrones, aceites, acetos y otras delicias europeas, Squassini admite que no siempre es sencillo vencer las barreras que imponen las licencias no automáticas. «Pero tenemos la ventaja de que somos exportadores, y eso nos permite compensar lo que traemos de afuera a los ojos del Gobierno», dice.
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