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Borges y política, los temas en el stand argentino en París
María Kodama, Damián Tavarovsky y Alan Pauls en el homenaje a Borges en el Salon du Livre de Paris.
Bertrand Morisset, comisario general del Salon du Livre, ha recibido las mismas críticas que en su momento se le hicieron a la Feria del Libro argentina: tildar al acontecimiento parisiense como «la más grande librería temporal de Francia». Él mismo ha reproducido, para desmentirla, esta misma frase en el programa de prensa, y se remite a los hechos: 2500 autores, 3800 sesiones de dedicatorias de libros, más de cuatrocientas conferencias y mesas redondas. Y añade también en lo puramente numérico: 40.000 m2 de exposición, 500 stands, 1200 editores, 100.000 títulos en venta, un estimativo de 10 millones de euros en concepto de compra de libros y transacciones comerciales, 1200 periodistas del mundo entero, 60 medios de comunicación asociados.
Sin embargo, más allá de estos datos, la «interna» que enfrenta Morisset no tiene tanto que ver con lo cultural (cada uno de los tópicos centrales de esta feria, como se detalló en un envío anterior, viene siendo fielmente cubierto), sino con la política editorial francesa y la lucha entre las grandes cadenas y los pequeños y medianos editores. El Salon du Livre se inició en el Grand Palais, y era un acontecimiento puramente propagandístico para esas grandes cadenas, que lo solventaban en su mayor parte.
Al trasladarse al predio de exposiciones de la Porte de Versailles, el Salon no ganó sólo en extensión sino que tuvieron finalmente su entrada esos pequeños y medianos editores, cuya presencia se obtuvo en muchos casos a través de tarifas subsidiadas en materia de costos (desde reducción tarifaria en el stand hasta otros varios). Las grandes cadenas, sin embargo, no encontraron atractivo ese nuevo ámbito, y fueron reduciendo lentamente sus espacios. Morisset, que había sido el primer comisario del Salon, había quedado fuera durante los años de la transición, y sólo hace muy poco fue restituido en su puesto.
La falta de definición sobre esa política para el Salon estuvo inclusive en hacer naufragar este año su realización, aunque los pequeños y medianos editores se plantaron fuerte: hicieron saber a la alcaldía que, en caso de no realizarse el Salon, ellos se instalarían con puestos improvisados en el perímetro del Centro de Exposiciones, algo que el gobierno de la ciudad no podía permitirse. El Salon, finalmente, se hizo, manteniendo en su mayor parte esa promoción subsidiada para las pequeñas casas editoriales, y a la vez con poca visibilidad para las marcas fuertes, como Hachette, que este año tiene una participación casi insignificante.
Buenos Aires
El stand «Café Buenos Aires», a través del cual el ministerio de cultura del gobierno porteño lanza aquí el «Buenos Aires, capital mundial del libro 2011», gozó de una intensa cantidad de visitantes y oyentes durante sus actividades del fin de semana. El interés, además, quedó demostrado porque a diferencia de otros espacios, acá no cabe otra posibilidad que escuchar las ponencias de pie, y a veces con apretujamientos, ya que sólo los más tempraneros logran ubicación en las «mesitas» propiamente dichas del stand, decorado como un cafetín de Buenos Aires (a pesar de que sólo se consigue mate cocido y no café).
El viernes se realizó el homenaje a Tomás Eloy Martínez, donde hablaron de él su hijo y presidente de la fundación TEM, Ezequiel Martínez, y el chileno Gustavo Guerrero, editor de la sección latinoamericana de la famosa casa francesa Gallimard, que edita en francés las obras del autor fallecido (Guerrero es sucesor del mismo cargo que ocupó, durante años, el barroco escritor cubano Severo Sarduy). El sábado, uno de los actos con mayor afluencia de público fue el encuentro de Quino con niños de escuelas francesas, y ayer comenzó con un homenaje a Borges, en el que estuvieron María Kodama y los escritores Alan Pauls y Damián Tavarovksy. A destacar una de las frases de Pauls: «Cualquiera puede escribir como Borges, y esa es justamente la imposibilidad de hacerlo. El imitador quedaría inmediatamente al descubierto. Borges enseñó a leer, no a escribir, cosa que no ocurre con la mayor parte del resto de los autores, como Cortázar por ejemplo».
A continuación, un encuentro de nuevas narrativas reunió a Martín Kohan, Andrés Neuman, Hernán Ronsino y Oliverio Coelho. El tema, en este caso, fue la relación entre literatura y política. Una interesante marca generacional es la diferencia que estos autores hicieron explícita con la de generaciones precedentes. Si la literatura, sostuvieron Neuman y Kohen, intenta solamente reflejar el discurso político, deja de ser literatura. O, dicho de otra forma, si una tesis ya está demostrada antes de escribir un libro, de nada sirve escribirlo.
* Enviado Especial


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