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Bradbury fue implacable juez de lo social a través de la fantasía
Ray Bradbury: en su visita a la Feria del Libro, dijo: «Ya no es necesario quemar los libros para destruir la cultura, sino que basta con dirigir a la gente para que no los lea y eso es lo que está ocurriendo».
Así lo planteó al menos en una de sus novelas más notorias, «Fahrenheit 451», cuya fama fue mucho más amplia gracias a la versión cinematográfica que en los años 60 realizó Francois Truffaut, con Oskar Werner y Julie Christie, donde trazó una ominosa visión de un futuro despótico, entregado al anestesiante entretenimiento audiovisual banal (como estrategia de los poderosos), en el que los libros son condenados a la hoguera, y la memoria de la humanidad sólo sobrevive en la memoria, ágrafa, de unos pocos resistentes. «Ya no es necesario quemar los libros para destruir la cultura, sino que basta con dirigir a la gente para que no los lea y eso es lo que está ocurriendo», dijo hace poco más de una década, concepto que repitió durante su visita a la Feria del Libro de Buenos Aires en 1997. Poco después, se molestó enormemente por el hecho de que Michael Moore, en su film «Fahrenheit 9/11», se apropiara de la idea del título: «Michael Moore es un maldito saco de basura. Eso es lo que pienso de él. Me ha robado el título y ha cambiado las cifras sin haberme pedido permiso jamás», dijo resueltamente.
Nacido el 20 de agosto de 1920 en Waukegan, Illinois, después de diez meses y no nueve en el vientre de su madre -a lo cual él atribuía su memoria excepcional- Raymond Douglas Bradbury descubrió la literatura a los siete años con Edgar Allan Poe. Hijo de un padre ingeniero y una madre de ascendencia sueca, el joven Bradbury tenía 14 años cuando la familia se mudó a Los Angeles.
EE.UU., Bradbury fue un ávido lector desde chico, y siempre se jactó de no usar computadoras. Consideraba que Internet solo servía para el comercio y que en la vida actual había «demasiadas máquinas». Sin embargo, fue un hombre de personalidad afable, comunicativa, por completo opuesta a la del intelectual grave y pesimista. Decía que era descendiente de una de las brujas de Salem y que, a los diez años, había sido ayudante en una función del famoso mago Blackstone.
Admirador de Edgar Rice Burroughs (creador de «Tarzán) y de Julio Verne, se definía como «un narrador de cuentos con propósitos morales» (como los de «El país de octubre») y prefería la consideración de su género como fantástico antes que de ciencia ficción.
«No escribo ciencia ficción. La ciencia ficción es una descripción de lo real. La fantasía es una descripción de lo irreal», dijo una vez para aclarar que entre sus obras sólo «Fahrenheit 451» podía inscribirse en el primer género y que «Crónicas marcianas», otro de sus grandes libros, estaba en el segundo como «los mitos griegos». En esas «Crónicas marcianas», Bradbury contó la colonización del legendario planeta por la humanidad y la decadencia de esa civilización. Esperaba que el hombre iba a ser capaz de asentarse en Marte algún día, para «dejar atrás los problemas de la Tierra y comenzar de nuevo».
Desde los 12 años enviaba sus historias a las revistas. Su primer relato publicado fue «Pendulum», escrito en 1941, en colaboración con Henry Hasse. No pudo ir a la universidad por problemas económicos, pero era visitante asiduo de la biblioteca de su ciudad. En 1950 publicó «Crónicas marcianas», a las que siguieron «El hombre ilustrado» (otro deslumbrante relato, llevado al cine con Rod Steiger en el protagónico), «Fahrenheit 451», «El vino del estío», «La feria de las tinieblas», «Las doradas manzanas del sol», «Remedio para melancólicos», «Las maquinarias de la alegría», «Out of Space» (adaptada al cine por él mismo), «Cuentos del futuro», «Cuentos espaciales» y «Memoria de crímenes», entre otros títulos.
Escribió también numerosas obras teatrales y guiones para cine y TV, incluido el de la película de John Huston «Moby Dick» (1956), sobre la novela de Herman Melville.
Preguntado una vez sobre su proceso creativo, respondió que «la escritura se parece a un núcleo de pasión recubierto con una capa de inteligencia», que «sólo debe servir para asegurar que no cometemos grandes errores. En la vida como en la escritura, se debe actuar por pasión: la gente ve que uno es honesto y perdona mucho», agregó.
Inclinado a dejar escapar «boutades», hace dos años, en una entrevista con «Los Angeles Times», opinó que Estados Unidos debería hacer una revolución para acabar con el excesivo poder del gobierno. También insistía enque su país debería volver a la Luna: «Debemos ir a la Luna e instalar una base, lanzar un cohete a Marte, y luego ir a Marte y colonizarlo».
Además de una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, el escritor tiene un asteroide que lleva su nombre: «9766 Bradbury».
«Para muchos estadounidenses, la noticia de la muerte de Ray Bradbury inmediatamente trajo imágenes de su obra, impresa en nuestras mentes, a menudo desde una edad temprana. Su don para contar historias ha remodelado nuestra cultura y ha ampliado nuestro mundo», dijo ayer el presidente Barack Obama, en un comunicado. «No hay duda de que Ray seguirá inspirando a muchas generaciones más con su escritura, y nuestros pensamientos y oraciones están con su familia y amigos», añadió Obama.


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