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Brasil, en vilo: Lula se juega la libertad y su futuro político
• UN TRIBUNAL DE ALZADA DECIDIRÁ EL MIÉRCOLES SI CONFIRMA UNA CONDENA POR CORRUPCIÓN Y LE QUITA EL DERECHO A SER CANDIDATO
El fallo tendrá fuertes implicancias, ya que puede sacar de carrera al postulante presidencial con mayor intención de voto. El país se arriesga a profundizar su crisis institucional.
Días decisivos. Lula da Silva promete dar pelea incluso si la Justicia lo vuelve a condenar e inhabilita su candidatura: ¿podrá hacerlo?
Constituye toda una ironía que la suerte de Lula dependa de un gesto de su propio Gobierno, como fue la promulgación en junio de 2010, seis meses antes de abandonar el poder, de la Ley Complementaria 135/10, conocida como la de "ficha limpia". Esta establece en el artículo 2, inciso L, que serán inelegibles "quienes sean condenados a la suspensión de los derechos políticos, en decisión tramitada en juzgado o emitida por un órgano judicial colegiado, por acto doloso de improbidad administrativa que suponga lesión al patrimonio público y enriquecimiento ilícito (...)".
Al hablar de "órgano judicial colegiado", la norma permite quitarle los derechos políticos a un ciudadano cuando recibe un fallo en contra en segunda instancia, como sería en este caso. El problema es que todos los sistemas jurídicos que ofrecen garantías suficientes permiten dos revisiones de un fallo y que, desde esa perspectiva, la ley de "ficha limpia" podría vulnerar el principio de presunción de inocencia y la Constitución de Brasil. Así, debería ser vista como la típica sobreactuación de un sistema político corrupto, que promete transparencia a través de normas de aplicación discutible.
Junto con la presunción de inocencia, esa ley pone en cuestión un principio básico de la democracia: la soberanía popular.
El debate constitucional divide a los juristas, y una eventual condena en segunda instancia le dejaría a Lula la posibilidad de apelar ante la justicia electoral, algo de lo que existen antecedentes. Brasil entraría en ese caso en una carrera frenética hacia el 15 de agosto, fecha prevista para la inscripción de las candidaturas. Ahora bien, ¿le quedaría en tal escenario margen político para insistir con una postulación presidencial a un hombre sentenciado por corrupción ya no una sino dos veces?
Como sea, la participación o no de Lula en el proceso electoral conlleva diferencias relevantes.
Con él adentro, la crisis política e institucional contaría con la relativa vía de escape que ofrece una alternativa que, a pesar del elevado rechazo que genera, disfruta todavía de un importante anclaje popular. ¿Pero qué Lula volvería a la Presidencia? ¿El moderado de sus dos mandatos anteriores, que supo conciliar mercado y avances sociales en una coyuntura internacional inédita por lo favorable, o uno radicalizado, sospechoso otra vez para el mercado financiero y la comunidad empresarial, escaldado por la destrucción de su imagen y resentido con el poder judicial y la prensa? Por lo pronto, ya anunció que impulsará una ley de medios y un referendo sobre las impopulares reformas laboral y de techo del gasto, las ofrendas con las que Michel Temer sacrificó en el altar del empresariado la tenue expectativa que había rodeado su llegada al Planalto.
Sin él en la puja, en cambio, el PT machacará con la idea de que la elección será "un fraude", prédica que se sumaría al mal olor que dejó el "impeachment" y que, en alguna medida, puede hipotecar inicialmente parte de la legitimidad del futuro mandatario.
Pero, más importante, ¿quién podría ser el elegido? Uno que hoy resulta imposible identificar, dada la legión de enanos políticos que siguen a Lula y a Bolsonaro en los sondeos, entre quienes se cuentan, con intenciones de voto que no superan el dígito, la ecologista Marina Silva, el gobernador conservador de San Pablo Geraldo Alckmin, el expresidente del Supremo Tribunal Federal Joaquim Barbosa, el socialdemócrata Ciro Gomes y el ministro de Hacienda Henrique Meirelles, entre otros.
Quien se destaque dentro de esa lista o algún nombre que sorprenda solo será el efecto de una construcción mediática o de relaciones públicas, bases endebles para gobernar al líder de América Latina y novena economía mundial. En Bolsonaro, hombre más brutales que Donald Trump y que aspira a convertirse en la conjunción de liberalismo económico y mano dura política y social, es mejor no pensar. ¿Para qué martirizarse prematuramente?
Un Lula apartado del proceso electoral podría, con todo, apostar a realizarle una transfusión de carisma a otro candidato, algo que le salió bien en el inicio con Dilma pero que, sabemos, no terminó del mejor modo. Sería un motivo más de incertidumbre.
De a poco, a caso demasiado lentamente, se irá sabiendo si Brasil avanza hacia la resolución de su crisis institucional o si se adentra en una nueva fase, más profunda y preocupante.

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