Buarque, cada vez mejor novelista

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Chico Buarque, «Leche derramada» (Barcelona, Salamandra, 2011, 187 págs.)

«No es culpa mía si los hechos me vienen a la memoria fuera del orden en que se produjeron, es como si algunos me llegaran en barco, y otros en avión», explica Eulalio Montenegro dAssumpcâo, que ya centenario, ya muriéndose en un hospital público, ya alucinando, tratará de recomponer la historia legendaria de su familia y de las riquezas que ha visto desvanecerse. Así como surge inesperadamente ese tatarabuelo que llegó de Portugal con la corte de Pedro IV, aparece del mismo modo su padre, puesto como senador de la República del Brasil (que a pesar de haber muerto joven supo introducir a Eulalio en los placeres del sexo y de las drogas).

Ese Eulalio Montenegro que fuera heredero de una poderosa estirpe de próceres, de hacendados rurales, que llegaron a dar nombre a algunas calles, le impusieron una perspectiva aristocrática de la realidad que él no supo sostener y menos aún los que fueron sus descendientes. Eulalio habla y habla y habla, como si fuera una versión tropical de Krapp, aquel personaje de Beckett, que buscaba sin parar en cintas de grabaciones lo que había querido ser, lo que había soñado ser. Eulalio es una versión tropical, brasileña, es decir barroca, parlanchina, sensual, sexual, humorística, divertida por momentos, repleta de referencias sociales, culturales y políticas. Y de fondo tan crítica y duramente sentimental como una canción de Chico Buarque. Eulalio le habla a su octogenaria hija Eulalia, a las enfermeras, a los médicos, a la imborrable Matilde, su esposa muerta hace 80 años, a otros que también ya son fantasmas, y a su nieto que viene con una chica punk, y que como corresponde a su familia anda metido en asuntos turbios. Eulalio le habla todos y a quien sea.

Decadencia

Por momentos sus palabras recuerdan algunas de «La casa» de Manuel Mujica Láinez, al mostrar la decadencia de un patriciado que eligió ser ociosa oligarquía y que, junto a «Macoco» Alzaga Unzué, teniendo la vaca atada se iba a derramar leche tirando manteca al techo por Europa. Eulalio busca recuperar lo perdido, y es tanto que necesita revisarlo una y otra vez. No busca descubrir las causas de la decadencia familiar y propia sino saber que ha vivido, que ha gozado, que ha amado y que quiere tener un poco más de eso.

A quienes piensan con el poeta Yeats que las personas buscan en su vida encontrar ese momento de epifanía en que pueden reconocer su rostro, su identidad, no les suele caer bien gente como Francisco «Chico» Buarque de Hollanda, descendiente de una familia aristocrática, intelectual, con un padre destacado historiador y sociólogo, que es un extraordinario cantautor, poeta y músico (es fácil recordar «O qué será», «Construcción», «Calice», entre muchos de sus temas), pero además dramaturgo, ensayista, guionista cinematográfico y un novelista que cuando publicó «Estorbo», su primer libro, se pensó que estaba jugando a la literatura, y ahora ya lleva publicadas tres («Budapest» y esta «Leche derramada»), superándose en cada una, lo que ha hecho que le otorgaran en todos los casos el Jabutí, el mayor premio literario del Brasil, caso único en la historia de ese lauro.                  

M.S.

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