20 de abril 2009 - 00:00

Burman: el arte del conflicto y de evitar personajes psicólogos

Daniel Burman se estrena como dramaturgo y director teatral.
Daniel Burman se estrena como dramaturgo y director teatral.
El cineasta Daniel Burman tiene una particular predilección por los temas de familia y los personajes masculinos que se resisten a madurar, y ha demostrado a través de sus tres últimos films («El abrazo partido», «Derecho de familia» y «El nido vacío») que es posible hablar de estas cuestiones sin ponerse solemne o incluir a un psicoanalista en el elenco.
Fiel a este criterio, Burman escribió «Las llaves de abajo», obra con la que debuta como dramaturgo y director teatral. El estreno está previsto para el jueves en la Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3131) con un elenco integrado por Damián Dreizik (coautor de la pieza), Adriana Aizenberg, Elvira Onetto y Chela Cardalda. Dialogamos con él:
Periodista: ¿Qué lo decidió a hacer teatro?
Daniel Burman: Hace tiempo que tenía ganas de montar una historia en un escenario real y después se me ocurrió una idea que me pareció potente para hacer en vivo, no para una película. Fue un proceso intenso, placentero y lúdico porque con Damián Dreizik, al que admiro mucho como actor, compartimos un código común.
P.: ¿La gente que conoce sus películas se va a encontrar con el mismo Burman?
D.B.: Yo me reconocí en esta obra. Supongo que a la gente le va a pasar lo mismo. En ningún momento sentí lo teatral como un impedimento. Todo lo contrario, siento que fue un trabajo de mayor profundidad. El teatro obliga a contar una historia con menos elementos que en el cine, por eso permite trabajar con más detalle.
P.: Un hijo cuarentón discutiendo con una madre de «personalidad múltiple» ¿Vuelve «El abrazo partido» en versión delirante?
D.B.: Parece delirante pero sus contenidos no lo son. La madre es como un monstruo tricéfalo, pero puede que esta monstruosidad o este aspecto siniestro sea una construcción del hijo antes que una realidad de la madre. La obra habla de las relaciones de poder en nuestros vínculos afectivos. Pese a que admiro al psicoanálisis, porque es una herramienta fundamental para entender la vida, quise poner en evidencia esto que hacemos los hijos varones, tantas veces, de usar nuestro Edipo y nuestros supuestos traumas de infancia para escondernos de nuestro presente.
P.: La manía de echarle la culpa de todo a los padres.
D.B.: Sí. La obra es, en cierta manera, una revisión del mito edípico que suele ser usado como un refugio contra los conflictos del aquí y ahora. El pasado es mucho menos complicado que el presente porque uno lo tiene ahí a mano y en algún punto lo manipula como quiere.
P.: En «El nido vacío» el protagonista le cuenta sus problemas a un neurólogo como si fuera su psicoanalista.
D.B.: Pero no lo es. A mí me interesa la psicología porque es una herramienta cuando escribo una obra, pero no es algo que, por ahora, me interese explicitar.
P.: ¿Nunca incluyó un psicoanalista en sus ficciones?
D.B.: No. Del psicoanálisis se hace uso en la intimidad, pero no es para utilizar en el cine.
P.: ¿Es una madre judía la protagonista de esta obra?
D.B.: Yo no le pregunto a las madres su religión. Me refiero a que la obra no tiene un condimento especialmente hebreo. Es parte de la mitología, pero en realidad la madre judía no es muy diferente a las otras madres.
P.: La cultura judía está muy presente en sus películas. ¿No lo considera un dato muy relevante?
D.B.: Tiene mucha relevancia en mi vida, pero en mi obra es algo que está incorporado de una manera natural. Para mí no existe el «conflicto judío» en el hecho de ser judío. No es algo que me perturbe, ni necesito de la obra para expiarlo. Es parte de mi personalidad: soy hombre, soy argentino, soy judío, son algunos de los elementos que me integran y que están presentes en lo que hago. Y punto. No es más que eso.
P.: Estamos al tanto de su actitud integradora, que hizo bien explícita en «El abrazo partido» ¿Lo sorprendió que el Vaticano lo premiara por el contenido humanístico de su obra?
D.B.: El más sorprendido fue el obispo Richard Williamson. Sí, a mí también me sorprendió, fue una emoción muy grande. Tengo el premio en mi oficina.
P.: Sus personajes manejan un humor solapado. Son capaces de decir los disparates más grandes sin perder la compostura. ¿Eso también es parte de su personalidad?
D.B.: Bueno, a mí me divierten mucho las personas que cuando se ponen mayores, van perdiendo el filtro social y dicen las barbaridades que todos querríamos decir. Creo que se les gasta el lóbulo frontal. Pero, a veces, esto no tiene que ver con la edad. Yo tengo 35 años y ya lo tengo bastante gastado.
P.: ¿Cuándo vuelve a filmar?
D.B.: Recién arranqué con el guión. Estoy escribiendo una película bastante compleja y debido a la situación mundial creo que va a llevar a un tiempo armarla. Supongo que empezaré a filmar en marzo o abril del año que viene.
P.: Ahora está en posición de elegir actores importantes.
D.B.: Más o menos... Hay que poder pagarlos.
P.: A propósito, en el making off de «El nido vacío» alguien hace un chiste en relación al elevado cachet de Cecilia Roth.
D.B.: Sí, fui yo. Ella pasa delante de la cámara saludando y cuando aparece su mano sola, en primer plano, yo digo: «¡Con lo que cuesta Cecilia Roth!». Pero, está bien que los actores hagan valer su trabajo, porque en definitiva el público no va al cine por el nombre del director sino por los actores que hacen que una película sea verosímil. En teatro, ni hablar. Todo depende de ellos.
Entrevista de Patricia Espinosa

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