21 de junio 2010 - 00:00

Cambio de roles: exportará inflación

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Nadie regala nada. Por qué exigirle entonces a China concesiones que nadie más otorga. No es China el único terco exportador de capitales en un mundo donde hoy los ahorros y la dotación de recursos sobran, y escasea el gasto. Pero sólo el inefable Paul Krugman imagina sanciones contra los demás, como Alemania. ¿Cómo se explica la doble moral europea que considera los excesos de gasto mediterráneos como un vicio a corregir y pondera la frugalidad germana como virtud y, a la par, condena esa misma austeridad cuando se trata de Pekín? De hecho, pese a una crisis acuciante, ninguna voz se levanta para rectificar los desbalances en el seno de la Unión Europea (más allá de una tímida sugerencia francesa acallada de mal modo, meses atrás, por el Gobierno de Angela Merkel bajo pretexto de querer «nivelar hacia abajo»). En contraste singular, no hay tópico más remanido de política económica internacional que apuntar la responsabilidad de Pekín -como si fuera exclusiva- en subsanar el problema de los desequilibrios globales.

Como sea, lo que con tanta insistencia pidieron EE.UU. y Europa, les fue concedido. China cumplió su palabra. La flexibilidad del yuan renminbí regresa, como se prometió, una vez que la crisis internacional drenó a un cauce de normalidad. En rigor, bien se sabe, la crisis europea reabrió un nuevo foco de tensión que alteró la calma pero, por su correlato cambiario, tiene que haber contribuido a acelerar la decisión de abandonar la paridad fija del renminbí (con el dólar). El zafarrancho griego hundió al euro y, por carácter transitivo, apreció a la moneda china en la misma magnitud con que resbaló frente al dólar. Una apreciación vertical, fuera de programa y muy rápida que -se intuye- las autoridades chinas no aprecian. La flexibilidad cambiaria presta, pues, dos servicios paralelos. Mientras satisface el recado formal del G-7, libera de ataduras que pueden volver a incomodar si el euro no se estabiliza y retoma una senda de declinación persistente en los próximos años.

China realizó un gesto valioso. Descomprime la escena internacional. Recuerda que, más allá de las fricciones y discrepancias propias de tiempos de estrechez, prevalece la razonabilidad. Reafirma un marco de convivencia que dista en mucho del antagonismo letal de los años treinta. Con inteligencia, China le dio aire al Gobierno de Barack Obama -le permite al presidente y a su secretario del Tesoro, Tim Geithner, anotarse una victoria pública de peso frente a la presión tenaz de la oposición y de otros sectores intransigentes-. China, un vez más, confirma que no sacará los pies del plato. Y, si bien defiende su interés nacional como lo hace cualquiera, tampoco le rehuye el cuerpo a su acrecentada responsabilidad en el concierto mundial. Por último, al facilitar el éxito del diálogo pacífico, le cierra el camino al tosco expediente de las amenazas y las represalias, siempre peligroso, pero más aún en un mundo fragilizado.

Aunque no hacen falta malabarismos cambiarios para que fluya el crecimiento mundial y se limen los desequilibrios de las cuentas externas, la flexibilidad de los tipos de cambio nominales, no hay dudas, es un excelente lubricante. Y si China acepta la valorización nominal del renminbí será más fácil lograr que los demás países de Asia toleren las de sus respectivas monedas. El atasco del G-7 y la dinámica arrolladora de las economías emergentes alientan el reacomodamiento. Europa precisa un euro más débil, EE.UU. también necesita un dólar más débil. La manera de lograrlo es a través del revalúo de las monedas emergentes (como lo hicieron las divisas «emergentes» de antaño, el yen y el marco alemán, después de su exitosa recuperación en la posguerra).

China eligió los tiempos de su decisión. Y será ella la que determine, en concreto, los alcances de la flexibilización. El adiós a la paridad fija no supone abandonar un régimen celosamente administrado (ni el recurso a los controles de capitales). El mensaje oficial dice tajante: no existe razón para esperar una apreciación del renminbí a gran escala. El superávit de la cuenta corriente china se redujo notablemente, del 11% del PBI en 2007 al 9,8% un año más tarde. Pese al anclaje del tipo de cambio, la merma se profundizó en 2009: cayó al 5,8%. El ajuste de las cuentas externas chinas es un proceso que ya comenzó hace tiempo.

La referencia a una canasta de monedas, y no exclusivamente al dólar, abre la posibilidad de un camino de ida y vuelta de las cotizaciones. Si el euro se desbarrancase, el yuan renminbí podría apreciarse frente al dólar. Pero, en un marco de estabilidad, cabe esperar que sea el yuan el que progresivamente gane valor (en la fase anterior de flexibilidad, se apreció el 21% entre julio 2005 y julio 2008). Con una inflación minorista interna que superó el umbral aceptable del 3% en mayo (por apenas una décima, pero que acumula presiones más acentuadas -el 7,1%- en la etapa mayorista) una moneda más firme servirá también para inhibir en forma temprana lo que las autoridades ven como una peligrosa tendencia. Así China cambiaría de rol: en el margen, dicho de manera imprecisa, ahora «importaría deflación» y «exportaría inflación» al resto del mundo. Lo que, en las condiciones actuales, no constituye materia de conflicto.

Si el hábito es que las tasas chinas de crecimiento son altas, habrá que acostumbrarse a que las tasas de apreciación de su moneda sean bajas. Aunque EE.UU. proteste. Será más trascendente, a decir verdad, que China acierte con el repliegue ordenado de sus políticas de estímulo y en el manejo de sus efervescencias. Ya se sabe que, pese a todo, los dolores de cabeza por los desbalances globales se acentuarán. No por China sino por la crisis europea. ¿Quién soportará el ajuste externo de los países mediterráneos que están en el ojo de la tormenta? Los países europeos con superávit no se dan por aludidos (ni Alemania ni Holanda ni los extracomunitarios como Noruega y Suiza). EE.UU., aunque lo financien, no querrá cargar con la factura. China ya olfatea quién será el chivo expiatorio y es por eso, que abrió el paraguas.