13 de agosto 2010 - 00:00

CARRIÓ: UN PORTAZO Y OTRA VEZ AISLADA

CARRIÓ: UN PORTAZO Y OTRA VEZ AISLADA
«Estoy desarmando la cama para volverla a armar porque así terminamos de nuevo con Moreau en la ANSES». Con esta frase, pronunciada con la alegría de sus mejores momentos, se despidió ayer Elisa Carrió hacia un encierro en las sierras de Córdoba, y también de los malos del radicalismo cobista, con quienes -dijo- una alianza electoral opositora puede repetir ese desastre de la Alianza en 1999. En una extensa carta, cargada de frases hirientes, tomó más distancia que nunca de la entente UCR-Coalición Cívica, que presume de haber vencido en el orden nacional al kirchnerismo en las elecciones del 28 de junio. Avisó que, con lo que ve que hace hoy la conducción de la UCR, esa liga se dirige a un fracaso que puede incluir una victoria electoral, pero la imposibilidad de gobernar. Adelantó que en 20 días su fuerza decidirá si se separa formalmente de la Alianza Cívica y Social, tiempo que espera les sirva de reflexión a sus socios.

Sus adversarios en la UCR se adelantaron a festejar la carta con la simplificación de que fue una ruptura formal. Lo hizo Julio Cobos, algo parecido dijo entender Ernesto Sanz - desairado porque no recibió esa carta reservada a cuatro amigos, Gerardo (Morales), Ricardo (Gil Lavedra), «Ricardito» (Alfonsín) y Mario (Negri). Hermeneuta calificado del mensaje, Gil Lavedra terció con la palabra «pausa». La rabia entre sus adversarios radicales la replicaron voceros del Gobierno que celebran cada disidencia en la oposición como una muestra de la incapacidad de ser una alternativa de poder, inmovilizados por esta Carrió a la que querrían lejos de su destino.

En su fervor la creen débil y delirante; ella se cree, en cambio, fuerte y clarividente. Hoy hay para elegir, pero deberán pensar quienes se ríen con la frase de Pichetto de que es «Demoliciones SA» (anoche reclamaba desde Niza por Twitter Jorge Asís ser el autor de esa astracanada) que con el mismo método de ponerse sola ante el mundo, Carrió salió segunda en las elecciones a presidente en 2007 (4,4 millones de votos contra los 8,6 millones que sacó Cristina de Kirchner; salió primera, además, en Capital federal), controló la estrategia legislativa que volteó la 125 y armó la mayoría opositora en Diputados después del 20 de diciembre que le ha impedido al oficialismo hacer avanzar sus iniciativas, salvo la designación de Mercedes Marcó del Pont.

Carrió se despidió hasta nuevo aviso -trata de recuperar su salud en la Posada de Qenti -con el optimismo de sus mejores momentos, cuando se pelea con todos por una consigna que los demás no entienden-. Ocurrió lo mismo el año pasado cuando el gobierno embarcó a toda la oposición -salvo ella- en el frustrado diálogo para la reforma política, capítulo que todos han querido olvidar pero que ella demostró que tenía razón. Esa vez se fue a los Estados Unidos, cantó en un teatro de Broadway los temas de «Mamma mía» y se bañó en las aguas esmeralda de la Florida mientras la oposición se distraía tomando café con Florencio Randazzo.

Tiene razón el kirchnerismo cuando festeja estas peripecias en la oposición, a la que ve distraída en una pelea de nombres que exhibe este desenfreno internista. No es porque en el kirchnerismo no haya internas igualmente rabiosas, pero ha desarrollado un método eficaz de solaparlas y resolverlas entre cuatro paredes. También cuando el cobismo le toma la palabra a Carrió y traduce esta carta de advertencia y pausa como una despedida final. Esos dos sectores querrían verla aislada y fuera de cualquier armado de poder.

También dice tener razón esta Carrió que, recuérdese, no es tanto una figura de la política como un fenómeno cultural que va más allá de lo partidario y que cada tanto se traduce en toneladas de votos que después se dispersan. Pero el objetivo de Carrió es el poder basado sobre su fuerte convicción en muy pocas ideas y la poderosa identificación que ha logrado en el público moderado de las grandes ciudades de la Argentina, que es donde se deciden las elecciones. Eso la ha convertido en el gozne de los debates más importantes de los últimos 15 años, rol que arriesga cada tanto con estos portazos resonantes de los que siempre vuelve con más poder.

Para entender lo que hace hay que poder entender lo que dice, algo que a veces queda oculto en un follaje retórico y airado cuya estridencia no deja ver el rumbo. ¿Qué ve y qué quiere Carrió? Aquí un avistaje de urgencia:

· Carrió hace esta carta después de un desayuno con algunos dirigentes radicales (se relata en nota de pág. 13) en el cual sintetizó la percepción de que su alianza con la UCR sólo es posible si la conducción actual de Ernesto Sanz logra desplazar al cobismo en el armado de la estrategia electoral del año que viene que se discutirá en la Convención Nacional de diciembre próximo.

· Carrió cree que Julio Cobos está en un entendimiento con Eduardo Duhalde para un frente electoral o, en todo caso, para la integración de un cogobierno radical peronista en 2011. Vicarios de ese entendimiento son, cree, Enrique Nosiglia, Jesús Rodríguez, Rodolfo Terragno, Federico Storani, Leopoldo Moreau. Si ese grupo impone su estrategia a la UCR ella, dice, no tiene nada que hacer. «Si yo fuera con ellos, los denunciaría el primer día. Yo a la corrupción no vuelvo», dramatiza en frase resbaladiza porque, que se sepa, ella en la corrupción no estuvo nunca.

· Si la UCR se deshace de ese cobismo que -es la hipótesis lilista- es cautivo del duhaldismo, ella está dispuesta a ir a una interna para precandidatos entre los radicales buenos de adentro y de afuera para ir a las primarias de agosto de 2011 con un frente que no repita las contradicciones de 1999 y que en todo caso proponga 10 puntos a cumplir en un eventual gobierno al que se sumen otras fuerzas opositoras.

· Carrió se dice optimista si los nombres de algunos radicales buenos no despejan su estrategia. A Ricardo Alfonsín dice quererlo pero descree de su capacidad estratégica. Le reprocha que adhiriese a las palabras de Hermes Binner sobre que el gobierno debe administrar las retenciones. Con eso, dice, destruye el trabajo de captura del voto radical en Santa Fe particularmente en sectores del campo. «Yo trabajo por los votos, no por mis posiciones personales». «Ricardito», se queja, no tiene estrategia y se mueve por todos lados sin pensar en las consecuencias. A Sanz lo cree cautivo de un proyecto de candidatura a presidente con el apoyo de la UIA y de grupos como Techint que tiene que explicarle a quienes hoy son sus socios.

· Esta mirada de Carrió se alimenta de una interpretación que tiene sobre lo que ocurrirá en el Peronismo Federal, grupo al que cree herido por un cisma entre quienes actúan en nombre de Duhalde y el sector Carlos Reutemann y Felipe Solá que, al final, entienden que para tener futuro tienen que escapar al síndrome perdedor del ex presidente. Ha escuchado de boca de algunos «federales» la hipótesis de que este sector del peronismo puede ser clave para una derrota de Kirchner, pero que no está en condiciones de ser una alternativa de poder en 2011. En todo caso, una buena elección de los «federales» del 15% en las generales del año que viene servirá para cerrar el capítulo kirchnerista pero entregándole el poder a otros, es decir, al armado que puede hacer el no peronismo con alguna pata que ayude. Algo de esto comparte Cobos cuando justifica el ensayo que significó su alianza del año pasado en Mendoza con Solá o cuando se muestra junto a Francisco de Narváez, hasta ahora el mejor challenger en Buenos Aires para disputarle a Daniel Scioli.

· La hipótesis termina de desnudar el objetivo último de Carrió con esta carta cuyos efectos le producen la misma alegría ante los ataques que cuando la atizaban de todos lados por denunciar la falacia del diálogo político: quiere disputarle a Cobos una candidatura presidencial pero no desde un ARI o Coalición aislada, sino sumando a los radicales buenos y al sector del peronismo que cree fatalmente que se separará de los federales buscando sumarse a una chance ganadora. Algo que no se parece nada a una demolición.