21 de febrero 2012 - 00:00

Casi centenaria, murió ayer Lydia Lamaison

Lydia Lamaison continuaba activa hasta hace muy poco, en su función de vicepresidente de la Casa del Teatro.
Lydia Lamaison continuaba activa hasta hace muy poco, en su función de vicepresidente de la Casa del Teatro.
Lydia Lamaison esperaba llegar a los cien, lúcida y activa, pero a sólo tres de cumplirlos se fue ayer, por la madrugada, en un cuadro de progresivo deterioro de su salud. De hecho, hasta hace pocas semanas seguía trabajando como vicepresidente de la Casa del Teatro, cuidando a los viejos artistas, casi todos menos viejos que ella. También hasta hace poco seguía actuando. En 2006, ya con 92 años, se quebró el húmero en plena temporada. Los médicos le ordenaron reposo, y ella decidió cumplirlo a su manera, haciendo poner un sofá en el escenario para representar su parte sentada.

Leonina, nacida Lidia Guastavino Lamaison el 5 de agosto de 1914 en Mendoza, creció en Buenos Aires disfrutando de libros y espectáculos artísticos. A los 17, recibida de maestra normal nacional, se lanzó a la música como concertista de guitarra, y al teatro independiente en la agrupación «Juan B. Justo». A los 24 pasó al teatro profesional, en la compañía de Blanca Podestá. Desde siempre, combinó obras clásicas, populares, music hall, algún unipersonal y hasta estrenó, junto al cómico Osvaldo Pacheco, una obra para niños: «Doña Disparate y Bambuco», de María Elena Walsh.

De su extensa labor teatral, los memoriosos destacan excelentes caracterizaciones en piezas de Dürrenmatt, Casona, Pirandello, Chejov, Priestley, Gogol, Ricardo Rojas (el difícil «Ollantay»), Shakespeare, George Bernard Shaw, Eichelbaum, Federico Mertens, Miguel Mihura y Jean Anouilh («El armiño» que hizo en 2010 en el teatro Regina), entre otros.

En cine debutó en 1939 con un papelito en «Alas de mi patria», de Carlos Borcosque. Se la reconoce fácilmente: delgadita, frente despejada, y expresión dominante y decidida, dispuesta a soplarle el candidato a otra chica. Le siguieron «La hora de las sorpresas», de Daniel Tinayre, y «Una novia en apuros», de John Reinhardt, comedia protagonizada por una rubia preciosa, Alicia Barrié. Ahí también aparecía Eva Duarte, actriz en ascenso. Y ahí se interrumpió su carrera cinematográfica. La retomó recién en 1959, ya de 45 años, convocada por Torre Nilsson, para quien hizo «La caída», «Fin de fiesta» y «Un guapo del 900» (fue doña Natividad con Alfredo Alcón en cine y con Miguel Bebán y García Satur en teatro, y a los tres les pegó sonoras bofetadas. El libro lo exigía).

De la veintena de títulos posteriores, junto a Soffici, René Mugica, Antín, Luis Sandrini, Fernando Ayala, Mario David, Puenzo, Galettini, etc., se destaca el último: «Mentiras piadosas», del debutante Diego Sabanés, en 2008.

Pero la televisión fue su pantalla más querida. En 1952, cuando todo recién empezaba, ella fue una de las primeras actrices que se arriesgaron a trabajar en ese nuevo medio, haciendo representaciones en vivo porque todavía no había grabaciones. Sin embargo, pronto entró en una lista negra por su amistad con algunos antiperonistas, y quedó prohibida. La revancha empezó años después, con la popularidad que le fueron dando las primeras ediciones de «Alta comedia» y la telenovela «Muchacha italiana viene a casarse», donde era la abuela de la protagonista Alejandra Da Passano. Desde entonces casi siempre hizo de madre o de abuela, siempre la misma, solo que con hijos y nietos cada vez más grandes.

Para ella escribieron Alberto Migré, Ibáñez Serrador y su mítico padre Narciso Ibáñez Menta, Alma Bressan, Celia Alcántara (su personaje de doña Mercedes en «Rosa de lejos»), Marcia Cerretani («Las 24 horas»), Nelly Fernández Tiscornia («Situación límite»), y otros respetables autores de la pantalla chica.

En la memoria colectiva están ya sus momentos junto a Andrea del Boca, Luisa Kuliok, Romina Yan, y sobre todo Natalia Oreiro en «Muñeca brava», haciendo de vieja mala (le encantaba hacer de mala) o de viejita cómplice, o de ambas al mismo tiempo, según quién fuera su interlocutor.

Se divertía mucho en las largas jornadas de grabaciones. «Yo no trabajo, yo actúo», explicaba, mitad en chiste y mitad en serio, y agregaba: «Hay dos cosas que nunca sentí: soledad ni aburrimiento». Siempre estaba activa.

P.S.

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