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Celebración del siglo XXI con estética de Billiken
El país se paralizó por 96 horas. La avenida 9 de Julio dio para todo. Desde gauchos hasta próceres con estética de clase especial de la escuela primaria.
Cosas raras, además; por ejemplo, el desfile militar como los de antes, del sábado a la mañana, con agitación de banderitas («¡a la bandera, la bandera, la bandera, la bandera!», los vendedores ambulantes) y ojos nublados a su paso.
Ese día, cuando el tiempo se portó mejor que ayer, salvo algunas gotitas que aportaban su grano de arena a la mise en scène mítica de los días de Mayo de hace 200 años, las calles estuvieron siempre atestadas de gente, aun lejos de la 9 de Julio. Porque si muchos salieron de la ciudad por el fin de semana más largo de lo habitual, muchos otros vinieron de las provincias para acá. A pasear, a festejar y a comprar, para solaz de los comerciantes patrios.
Por la avenida Corrientes, convertida en peatonal para la ocasión, regueros de familias (toda la familia) caminando hacia el Obelisco o viniendo de ahí eran interceptados todo el tiempo por actores de las obras infantiles que repartían los volantes de siempre, esta vez entre más público potencial. Parecía un pequeño carnaval de damas antiguas, clowns, osos y otros animales.
Un esfuerzo inútil, ya que la atracción de esa tarde era el desfile federal, una curiosa, colorida, anacrónica mescolanza, en muchos casos con estética Billiken, cuyos rasgos principales apenas se alcanzaban a vislumbrar entre los cientos de cabezas que evidentemente estaban ahí desde mucho antes que uno. Por la altura que tenían, era fácil ver cosas como los Andes de papel maché de una carroza mendocina con un jovencísimo Libertador que sonreía a diestra y siniestra para satisfacer gritos así: «¡Eh! Mirá acá, San Martín, para la foto!». O los dinosaurios gigantes que precedían la delegación de Chubut. «¡Jurassic Park!», chilló una niñita a caballito sobre la espalda del padre, mientras, de cuatro patas sobre el pavimento, un reportero gráfico (ojalá supiéramos de qué medio) luchaba por hacer entrar en la misma foto uno de esos dinosaurios, vivos, y la imagen de una prodigiosamente lozana Susana Giménez sonriendo desde un enorme cartel en las alturas de Bernardo de Irigoyen. Entre el jubiloso público, también se escuchaban cosas como: «Che, ¿y esos con la bandera gay?» (una mujer a alguien cuando pasaba la delegación de Misiones). «Es la bandera de los pueblos originarios, señora», contestó ese alguien u otro que la escuchó.
En medio de todo eso, el paso de la columna de veteranos de Malvinas osciló entre el silencio compungido y un largo aplauso. La misma mujer anónima sintetizó con la frase «Pobrecitos, mirá, ahora son unos señores con panza», la disolución en la memoria de muchos de los presentes de la imagen de aquellos adolescentes aterrorizados, muy parecidos a los que tan bien describió Kurt Vonnegut en «Matadero cinco o La cruzada de los niños».
Y una última imagen. A diferencia de los suspiros o los aplausos que les arrancaban a los adultos muchas de esas otras figuritas como salidas de los viejos libros de lectura, subido sobre los hombros del padre que le iba explicando la historia de lo que iba pasando mientras filmaba con los brazos estirados por encima de la cabeza, un chico de cinco o seis años muy siglo XXI miraba para otro lado con abstraído aburrimiento. Entonces, el padre le mostró lo que había filmado (los gauchos de Güemes). «¡Uh¡ ¿Y eso?», suspiró el chico mirando la pantallita extasiado. «La comparsa que acaba de pasar y que te estaba explicando», el padre. Y el chico: «¡Buenísimo!».


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