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China muerde el polvo: la recesión es brutal
Arrastre
En un contexto de congelamiento global, un guarismo del 6,8% luce sobresaliente. Pero lo único que abulta la cifra es el arrastre de la medición (por no mencionar una contabilidad generosa). Con información precisa sobre la variación del producto bruto a partir de setiembre, no sorprendería que el auge hubiera cesado por completo. No hay tal detalle, pero sí evidencia indirecta. Como siempre, la alarma más sonora la enciende la producción de electricidad. Cuesta compatibilizar su caída a plomo con un escenario de expansión: tras crecer a un 10% por varios años, se hundió un 6%. La marcha de la producción industrial y la construcción y las noticias de cierres masivos de empresas y pérdidas de empleos (que trastocan hasta los flujos migratorios internos) anticipan que el primer trimestre será aun peor. Considerar que la economía china se esté contrayendo, por primera vez en 26 años, no es descabellado.
Quien examine las estadísticas de exportaciones asiáticas notará el carácter brutal de la recesión. El desguace del comercio mundial asusta. Las ventas externas de Japón, por caso, se redujeron el 35% en diciembre. Para un continente cuyo desarrollo acelerado se nutrió de la estrategia de crecer hacia afuera el impacto es pleno. Y China no sólo participa del enfoque sino que después de su ingreso tardío a la OMC dio un salto mayúsculo que lo involucró aun más en la telaraña de los intercambios. Que ahora el comercio internacional se vaya a pique
podría parecer la causa primordial del frenazo de su actividad. Y un augurio ominoso. Que en una de sus primeras manifestaciones, la Administración Obama -a través de Tim Geithner- le reproche la «manipulación» de su moneda, asemeja un intento de ganarles de mano a las autoridades de Pekín; la voluntad de impedirles que hundan el yuan para salir del atolladero. Todo ello es verosímil, pero no se ajusta a la realidad.
La crisis castigó de lleno a las exportaciones chinas (cayeron el 2,8% interanual en diciembre). Empero, las importaciones se redujeron mucho más (-21.3%). El excedente de la balanza explotó el 50% en alza en el último trimestre. Entiéndase bien: la recesión internacional es un durísimo golpe para las actividades de exportación. Quienes visitaron, por ejemplo, el delta del río Pearl proporcionan testimonios desoladores del proceso de ajuste en curso. Pero, aun así, el sector externo emerge con una contribución positiva a la tasa de crecimiento del producto bruto. Cortesía, como se apuntó, de la poda furiosa de las importaciones. Una visión unificada de Asia juega aquí una mala pasada. Es que el cimbronazo sacude a los países vecinos que ataron sus ventas a la locomotora de Pekín y ahora ven cómo sus vagones son los primeros que se sueltan. Además siendo China, como se publicitó hasta el hartazgo, el motor del boom de la demanda por materias primas es natural que si sus necesidades flaquean y las cotizaciones desfallecen, resulte el principal beneficiario del shock en los términos de intercambio. No sólo merman las cantidades adquiridas, también los precios pagados.
Es un fenómeno de cuño propio, la crisis inmobiliaria, lo que gatilló el enfriamiento de la actividad. La construcción mordió la banquina y no logra recuperarse. Los presagios no son buenos. El precio promedio de la vivienda urbana cayó en diciembre por primera vez desde que se hacen relevamientos. Industrias vinculadas como el acero y el cemento se cuentan entre las más afectadas. El frenesí de las autoridades monetarias en levantar restricciones al crédito apunta a revivir a la construcción. Y en el paquete fiscal de estímulo el eje es el gasto en infraestructura (desde la reconstrucción tras los terremotos del año pasado hasta la extensión del sistema ferroviario de pasajeros).
¿Apelará China a promover sus exportaciones vía política cambiaria y otros incentivos conflictivos como teme Obama? China no cambiará su libreto, pero no puede aspirar al éxito mientras el mundo no recupere la vertical. Si la urgencia por generar empleos
-se crearon once millones en 2008- es lo que presiona las decisiones, la solución exige el rebalanceo de objetivos: fortalecer el gasto interno. Dado el auge de las recetas keynesianas, vale acotar que ningún país está hoy mejor pertrechado para salir del brete: una economía de comando central, con grandes superávits, pequeña deuda pública, abundancia de reservas, cuenta de capital inconvertible y banca estatal. Un consumo privado paupérrimo en relación con la renta personal es fácil de aumentar si el Gobierno extiende la cobertura de la seguridad social y fogonea las políticas de asistencia. Por eso mismo, si hay que elegir candidato a encabezar la recuperación, ninguno más potable.


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