16 de abril 2013 - 00:00

Chuck Berry en el Luna: un señor muy viejo con unas alas enormes

Chuck Berry, leyenda viviente a los 86 años, olvida las letras, pifia las notas de sus solos de guitarra, equivoca los tonos y lo retan sus hijos en escena, pero el público vive todo como una fiesta.
Chuck Berry, leyenda viviente a los 86 años, olvida las letras, pifia las notas de sus solos de guitarra, equivoca los tonos y lo retan sus hijos en escena, pero el público vive todo como una fiesta.
Como todo auténtico rocker, o incluso más que casi todos los demás, Chuck Berry siempre hizo líos de todo calibre, desde cantar temas con contundente contenido erótico, molestando particularmente a los censores de la década del 50, como otros asuntos menos divertidos que le generaron serios problemas con la ley. Pero lo que demuestra su auténtica idiosincracia rockera es un hecho que el público argentino pudo atestiguar anteanoche en el Luna Park: a los 86 años, sigue haciendo más lío que nunca.

Berry es que un artista que sale de gira internacional sabiendo perfectamente -dado que lo experimenta hace casi dos años- que en sus shows no va a recordar las letras de sus canciones, ni los tonos, ni el tempo de su música, y que ni si quiera va a poder acertarle a las notas de sus solos de guitarra más famosos.

Él sabe de ese lío, sabe que arroja por la borda su prestigio como profesional del negocio de la música, además de arriesgar su salud, exponiéndose a demandas legales por posibles performances interrumpidas a los pocos minutos de empezar. Sabe que se coloca en una posición muy incómoda y triste con respecto a su intimidad, sin dejar de mencionar que, al dar un concierto en esas condiciones, podría volver en su contra a sus fans mas incondicionales. Pero, justamente este último punto es el que tal vez lleve a este Chuck Berry octagenario a realizar semejante apuesta.

El desafio consiste en comprobar que, en su carácter de máxima leyenda viviente de la primera ola del rock and roll de los años '50, el público que paga una entrada para un concierto podría conformarse con solo verlo haciendo mas lío que música.

Esta tesis se probó cierta. En el Luna Park, el público se mostró muy comprensivo, casi nada hostil, y básicamente feliz de haber visto en este frustrante pero también tierno y divertido ocaso al legendario Chuck Berry, convertido en una especie de Mr. Magoo rocanrrolero esforzándose por mantenerse al menos una hora en el escenario mientras sus dos hijos, que son parte de la banda, lo retan, tratan de contenerlo y varias veces dan por finalizado el show.

Claro que Papá Chuck que en lo profesional se luce como showman- no quiere dejar de ofrecerse a su público, al que le pide vasrias veces disculpas ("la guitarra funciona bien, el problema soy yo") mientras observa genuinamente extasiado la multitud que llena a tope el Luna Park para verlo, que lo admira al punto de hacerle el aguante a "este tipo tan viejo que no se acuerda de sus propias canciones".

Lo cierto es que, cuando a las 21.30 Berry salió a escena con su camisa roja y su gorra de capitán del barco para ponerse a tocar inmediatamente la inconfundible intro de "Roll over Beethoven" (que luego grabaron Los Beatles), el Luna explotó de felicidad y sobre todo de admiración por po este verdadero prócer rockero. Sn embargo, ya en ese primer tema nadie pudo dejar de notar los gigantescos pifies que de vez en cuando le arrancaba a su Gibson, y que casi parecían hechos ex profeso.

A lo largo de los siguientes cincuenta minutos, el único tema tocado de manera correcta y completo, sin finales abruptos, fue el superclásico "No Particular Place To Go", que tuvo como único detalle raro a Berry exigiéndole varias veces a la gente que cantara el estribillo, algo no tan fácil para un público hispanoparlante que ni amagó en cumplir con el pedido. Ya en medio de los siguientes hits, "Carol" y "School Days", Berry habia presentado a su hija, Ingrid Darlin Berry-Clay (que con su afilada armónica llenó varios vacíos de la guitarra de su padre), y tambien a su hijo guitarrista Charles Edward Berry Jr.

La mayoría de las veces los dedos de Berry se movían entre las seis cuerdas con la mayor agilidad, sólo que lo hacían en las notas equivocadas, lo que daba el efecto de una banda de rock and roll clásico, salvo por una guitarra líder dedicada al experimental progresivo.

Pronto Chuck también empezó a a quedarse en blanco con las letras, y luego a interrumpir un tema por la mtad al recordar la intro de guitarra de otro de sus clásicos. Un nuevo gag que empezó a repetirse era el intento de Berry de afinar su guitarra, lo que provocaba la ira de su hija, que lo retaba diciéndole que no toque nada porque así sólo iba a empeorar las cosas. El publico se portaba muy bien, y sólo de vez en cuando se escuchó alguna queja.

Pero el caos fue profundizándose más. Por ejemplo, dos intentos de tocar bien "Reelin and Rocking", el segundo un poco menos deforme que el primero, y también varios de los hijos por sacar a su padre del escenario y terminar el show, aunque para alegría de la audiencia Chuck siempre se las arreglaba para volver, situación que culminó con un último esfuerzo colectivo para terminar la extraña noche con un "Johnny B. Goode" en el que el "Go Johnny Go!", coreado por todos los presentes a modo casi catártico, cubria toda desafinacion posible.

Nadie vio nunca algo así. Obviamente tuvo un punto culminante de tristeza cuando quedó claro que así estaban las cosas, pero también alegría cuando habia apariciones esporádicas del Berry que la gente había ido a ver. La experiencia, tomada como imprevisible hapenning extramusical, fue única. Si la pensáramos como uno de esos films dramáticos que suelen ganar el Oscar, la publicidad diría algo así como "Te hará reír, te hará llorar, te hará rockear!". E incluso el viejo Chuck te mostrará su "paso del pato" un par de veces.

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