Este libro es "una reliquia de una época en que las palabras aún tenían su debido peso y la gente todavía iba a la poesía en busca de la experiencia de habitar una voz que no es la propia, de ver el mundo nuevamente a través de los ojos de un extraño". Esto sostiene con nostalgia y mordacidad el Premio Nobel de Literatura J.M. Coetzee en el prólogo de esta extraordinaria antología donde selecciona y comenta a 51 poetas que son "el resultado de una vida de lecturas" y "han tenido influencia sobre mi obra y sobre mi vida". No se trata de una selección representativa de los más grandes poetas que ha leído, ni una de esas obvias, recurso de editores para decorar estanterías del tipo "los más grandes poetas" o "los mejores poemas del mundo". Admite que descarta más de lo que integra. Explica que no suma ni "La tierra baldía" de T.S. Eliot ni "Aullido" de Allen Ginsberg, porque fueron hechizantes en su juventud pero hoy los siente distantes. No busca contundentes números redondos: 50 son 50, pero 51 poetas es otra cosa, es poner puntos suspensivos, revelar que hay otros, que se puede proseguir. Y siguiendo en esa conducta hace una elección declaradamente arbitraria. No solo evita el orden cronológico sino que selecciona textos fuera del canon, los menos consagrados, los menos habituales. A veces da apenas un fragmento o le son suficientes unos versos para capturar ese crucial destello iluminador que lo hizo enamorarse de una inesperada sucesión de palabras.
En su novela "Desgracia", Coetzee escribe que "la poesía te habla y te llega primero a la vista o no te llega nunca. Hay un destello de revelación y un reflejo de respuesta, es como un rayo, es como enamorarse". Sí, su antología es magníficamente arbitraria, y es en lo arbitrario donde se instala lo personal, lo íntimo, esas voces que hacen eco en la propia voz, que invitan a habitarlas desde el deslumbramiento, son encuentros con la trascendencia, con la belleza, con el sí mismo que integra al mundo. Es el encuentro del extraño que deja de serlo al dejarse llevar por sus palabras.
Coetzee recuerda cómo la mente infantil comienza a configurarse gracias a la música y la poesía, "a partir de los ritmos del habla de la madre, del parloteo sin sentido de las canciones y las rimas infantiles". Esos hitos "configuran nuestra sensibilidad; y tomados en su conjunto, constituyen el sustrato más arcaico de la cultura dentro de la cual nacemos". Coetzee se ve como alguien del pasado que observa que "las viejas rimas han perdido su atracción; que la poesía ya no juega un gran papel en la educación" y que "no es por nada que la época en que vivimos se llama la era de la información, una era en la que el lenguaje, usado como un mero vehículo para transformar información, se vuelve pálido e incorpóreo".
Para dar cuerpo y color a la vida, el magistral escritor invita a redescubrir la profundidad del lenguaje, de dejarse arrastrar a un más allá de las palabras. Muchos de los poemas elegidos tienen un carácter narrativo, en algunos casos vuelven a contar de un modo nuevo una vieja historia, o transmiten "la nostalgia de una época en que había muchos dioses". Coetzee no sólo ofrece poemas de Neruda, Baudelaire, García Lorca, Rimbaud, Ovidio, Marcial, Seferis, Rilke, Brecht, Celan, Shakespeare, Pound, Szymborsk, canciones tribales del norte de Australia, entre otros, sino que enseña a leerlos con breves comentarios. Así por caso el poema "Ajedrez" de Borges lo lleva a pensar en el momento en que su autor "era incapaz de encontrar un lugar en el tablero de la política argentina y de manera más general, incapaz de darle una orientación a su vida".
Para la publicación de su "Biblioteca personal", Coetzee eligió obras narrativas de 11 autores clásicos de la literatura universal, y una antología de 51 poetas, ésta que comentamos, que trae los textos en su idioma original junto a una cuidada versión al español, realizada por un conjunto de prestigiosos traductores. Frente al lenguaje pálido e incorpóreo de nuestro tiempo, Coetzee ofrece una guía para la construcción de una sensibilidad, un álbum para reconocer la poética del mundo.
| Máximo Soto |



Dejá tu comentario