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Colón: deslumbraron Barenboim, Bashkirova y solistas de la WEDO
Para un concierto destinado a público joven, Daniel Barenboim eligió las «Cinco piezas» de Schöenberg/Webern para tocar a cuatro manos con su esposa Elena Bashkirova y luego se unió a solistas de su orquesta para el «Quinteto» de Schumann.
Al día siguiente de haber dejado sin aliento al público con versiones reveladoras de las sinfonías número 3 y 4 de Beethoven dentro de la integral que ofrece con la West-Eastern Divan Orchestra, Daniel Barenboim se tomó un «respiro» con un concierto destinado al público joven, pero que disfrutaron entusiastas de todas las edades. En esta ocasión el escenario fue compartido con solistas de su orquesta y con su esposa Elena Bashkirova. Que se trataba de un auditorio menos habituado a la etiqueta de los conciertos de música académica quedó claro con las auténticas ovaciones que se escucharon entre un movimiento y otro en varias oportunidades.
El «Septeto» (o «Septimino») en Mi bemol mayor opus 20 de Beethoven para clarinete, corno, fagot, violín, viola, cello y contrabajo abrió el programa. Se trata de una obra juvenil que el compositor pensó también para ser interpretada sólo por cuerdas y de la que él mismo realizó o supervisó adaptaciones para otras formaciones, pese a que en su madurez no la consideró una de sus partituras más logradas. El ensamble brindó una versión llena de alegría, con particular lucimiento de la clarinetista Shirley Brill, quien ejecutó su parte con notable delicadeza y sensibilidad, y la cellista Linor Katz. Por su parte Guy Braunstein, uno de los dos concertinos de la orquesta, es un gran músico cuya rudeza gestual y sonora desluce un tanto su ejecución.
De ser un artista convencional, Daniel Barenboim hubiera elegido un repertorio completamente «apto para todo público», pero nada más alejado de su idiosincrasia. Seleccionó entonces para tocar con Bashkirova (música que había deslumbrado hace dos años en su presentación en el Coliseo para el Mozarteum) las «Cinco piezas para orquesta» opus 16 de Arnold Schönberg, en la versión para dos pianos de su discípulo y amigo Anton Webern. Codo a codo, como si fueran una unidad y en perfecta sintonía, los intérpretes cumplieron el desafío que implica no sólo la mera ejecución de esta obra de tremenda complejidad sino de recrear en el teclado los colores orquestales. Fue un punto tan alto del programa, un momento de tal profundidad, que se trató casi de otro concierto, inolvidable y perfecto.
Cerró el programa el «Quinteto» opus 44 de Schumann, donde Barenboim se integró a las cuatro cuerdas elegidas para otra obra favorita en el repertorio de la música de cámara. Aunque por la disposición en el escenario no todos tenían contacto visual con él, el pianista no dejó de guiar con su energía al conjunto y brilló en la parte de piano, secundado con destreza por unos jóvenes que, conforme a los objetivos planteados por los fundadores de la WEDO, Barenboim y Said, pese a provenir de culturas diferentes encuentran en la música un objetivo común y el mejor medio de comunicación y de comprensión posible.


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