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Comicidad, personajes y candor provincianos
Marta Bianchi juega con gracia experta el papel de condesa rusa en una galería de personajes reconocibles en lugares donde la gente conserva el humor socarrón y tranquilo de «Campo Cerezo».
Como en su primera película, «¿Quién está matando a los gorriones?», donde, dicho sea de paso, debutó Daniel Aráoz, pero ahora en colores, Patricia Martín García sigue haciendo un humor inocente, ambientado en el campo, mejor dicho en las afueras de alguna localidad chiquita. Una Trulalá, digamos, a juzgar por la figura del comisario. Que representa un país de Trulalá, que la autora pinta con bonhomía, sonriendo frente a defectos humanos que otros cineastas mostrarían indignados. Ella en cambio prefiere desplazar la cámara hacia la punta de los árboles que se mecen en la tarde soleada, o hacia el gallinero, o los rincones hogareños a los que nadie saca fotos, pero están en la memoria general, y mirar luego a los humanos defectuosos como simples tontos que son.
Así, por ejemplo, la nieta haragana, malencarada, prepotente, que la abuela siempre trabajadora atiende con paciencia mientras se toma algún traguito de una petaquita que lleva en el delantal. Esa abuela es más viva que la nieta, ya lo veremos. Algo similar pasa con otros pícaros, o en algún caso entre ellos se arreglan, y algún día se sacarán los ojos, o el rimmel, vaya uno a saber. Los personajes son bien reconocibles en provincia. Al comisario panzón que especula con armar un servicio privado de seguridad, la abuela que parece salida de la tapa de una caja de alfajores, y la nieta que ha salido de la cárcel y busca el botín que le habría dejado su socio y amante (casado con otra, claro), se suman un fulano que quiere vivir de arriba, un veterinario idealista en campaña de recolección de firmas en plena pampa por la defensa de un animal selvático, algún oportunista que inventó el negocio de los baños energizantes a base de mate cocido, un vidente viajero, un modisto petulante caído allí por obligación, y, por sobre esos y otros especímenes, una condesa rusa que llegó ahí por propia decisión. Viene con un negocio raro, absurdo para esa zona, pero ella tiene sus razones, que no son agropecuarias, ni siquiera pecuniarias.
Marta Bianchi juega ese personaje con gracia experta, haciéndolo tan ridículo como querible, y hasta creíble. ¿Quién no ha visto acaso en medio del campo una condesa rusa venida de Paris? Lo mismo Ana María Castel como la abuela, y el inefable, y dentro de poco ya inabarcable Roly Serrano con uniforme XL. El estilo de ellos choca con el de la parte joven del elenco, tributario de la exaltación televisiva. Y todos chocan a veces con algún límite en materia de ritmo o de elección narrativa, pero son choquecitos suaves, inocuos (por ejemplo, como la directora reconoce que no tiene aptitudes ni presupuesto para el cine de acción, una escena de tiros y patadas la resuelve como se hacía antes, registrando sólo la reacción naturalmente miedosa de quien está fuera del alcance de los tiros y patadas, y no piensa ni acercarse).
Felizmente exhibida en Lincoln, Laprida, donde se filmó, y otros lugares donde el público conserva ese estilo de humor socarrón y tranquilo, «Campo Cerezo» afronta ahora el juicio benéfico de los jubilados que van al Gaumont y los domingos de mañana ven los viejos programas cómicos por el canal de los recuerdos. Se requiere ese tipo de mirada sana y candorosa, junto con la entrada a mitad de precio que ahí se paga.
P.S.


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