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“Cómico 5”: un humor básico pero muy eficaz
El elenco masculino de «Cómico 5», guiado a fuerza de testosterona y un humor directo, simple, y en el fondo ingenuo.
Pasaron casi 10 años de la primera edición de «Cómico» y el carisma de sus intérpretes sigue convocando adeptos. La trayectoria de este equipo de humoristas (algunos se destacan en radio y televisión, otros en teatro, cine e incluso comedia musical) ha contribuido a que este espectáculo de stand up siga atrayendo, en cada temporada, a un público numeroso (hombres jóvenes en su mayoría).
El show de este año cuenta con una estructura más cercana a la comedia y parte de un guión bien simple: el viaje en auto de cuatro actores que acuden al encuentro de un productor. Esta excusa argumental genera una mayor interacción entre los actores sin dejar de lado los monólogos, en los que cada intérprete reflexiona de cara al público sobre temas tan universales como el sexo, el matrimonio, los mandatos paternos o las nuevas pautas de amistad y comunicación que las redes sociales han impuesto a través de Facebook y Twitter.
Las mejores escenas remedan a una road movie signada por el delirio, algunos pequeños inserts de comedia musical (punto fuerte de Dan Breitman) y una serie de ocurrencias que desafían las leyes de la física y de la mecánica. El aluvión de chistes arranca ya en el programa de mano, un mapa de ruta intervenido con citas topográficas que son pura irreverencia (entre nombres mapuches o araucanos aparece el cerro «Acameclavé Atuhermana» y el «Pico Circuncidado»).
El universo masculino incluye mucho chicaneo, chistes sexuales y complicidades que de tan básicas sería un eufemismo tildarlas de infantiles (por ejemplo, cuando arman una «coreografía» de aguas danzantes mientras orinan en un descampado). La platea femenina reconoce y festeja estos exabruptos alimentados por la testosterona. Aunque se quejen de que los hombres no las entienden, ellas disfrutan al corroborar lo simple y previsible que les resulta la psicología masculina. El equipo de «Cómico» sostiene que «una de las claves del humor es buscar el camino más torpe para ir de un punto a otro». Eso es precisamente lo que hacen, aunque también se dan tiempo para hablar de la muerte y de Dios. Sólo dejaron de lado la política.
La acción pone el foco en las diferencias: desde la desprotección de Breitman narrando sus supuestas peripecias de niño «amanerado» hasta la feroz rebeldía de Sebastián Wainraich, en contra de sus propios prejuicios «clase media». El elegante escepticismo de Martín Rocco contrasta de maravillas con los ataques de furia de Menahem. Brillante la escena en la que sus compañeros le boicotean una anécdota con preguntas ridículas, lapsus de amnesia y comentarios de una literalidad irritante. Mientras ellos se pelean, sufren por la convivencia o generan distintas alianzas, el público pasa un momento divertido y sale con la mente despejada.


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