Hace algo más de un año, la banca de inversión global empezó a mostrar, con más fuerza, los síntomas evidentes de que había un problema mayúsculo en sus carteras. Hace un año, más o menos, la Reserva Federal comenzó a aplicar la receta habitual ante turbulencias financieras, baja de tasas e inyección de liquidez. Pero como se comentara en ese momento desde estas páginas la enfermedad era otra.
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En efecto, empezábamos a asistir a la «crisis de la ignorancia de riesgos». Me explico. El gran tema del mercado de capitales de los últimos años fue la « innovación financiera». Un conjunto de instrumentos diseñados para canalizar, en palabras del actual presidente de la Reserva Federal, «la superabundancia de liquidez» global. Exceso de fondos prestables derivado del espectacular crecimiento de economías con alto ahorro (China e India, principalmente). O de países «forzados» a ahorrar, para ajustar sus problemas de deuda (el mundo emergente latinoamericano y Rusia, entre otros). Países que, en el marco del llamado Bretton Woods II, lo que hacían era «reciclar» esos fondos hacia los Estados Unidos, acumulando reservas en dólares en sus bancos centrales, depositándolas en EE.UU., y comprando bonos del Tesoro, y otros activos semioficiales denominados en dólares.
Para transformar esa liquidez en crédito, nació un conjunto de instrumentos «estructurados» que tenían la virtud de permitir convertira los bancos comerciales en «supermercados» que colocaban crédito, fondeados por sus proveedores. Estos instrumentos, además, prometían «atomizar» y distribuir el riesgo, entre muchos actores. De manera tal que, al final del día, nadie sabía muy bien qué riesgo tenía y por qué monto. Asimismo, muchos bancos comerciales y bancos de inversión, al ver las extraordinarias ganancias «libres de riesgo» de estos instrumentos, al igual que los supermercados, empezaron a « fabricar créditos con marca propia» dentro y fuera de sus balances. El virus de la atomización del riesgo se esparció de esta manera por todo el sistema financiero global. Nadie sabía cuánto riesgo tenía, pero a nadie le importaba. Y no le importaba, porque todos suponían que el mercado seguía para arriba y que el riesgo era muy bajo o nulo. Si el virus era «benigno» no hacía falta un análisis de sangre, para saber si se portaba mucho o poco de ese virus.
Perversidad
Además, con incentivos perversos en el mercado de capitales, a los que se les ocurría ser conservadores y «vacunarse» contra un virus, aparentemente, benigno, el mercado y los inversores los castigaban. «Dame rendimientos, no me hables de riesgos.» Y los reguladores tampoco entendían muy bien qué tenían que regular.
Cuando el mercado empezó a estornudar, a engriparse y a detectar que los riesgos subían y que el virus podía mutar a «maligno», fue demasiado tarde. Todos están infectados y nadie sabe en qué medida lo está. Lo que era la «gran innovación financiera» de atomización de riesgo, se convirtió en un arma letal de distribución de un veneno. ¡Ni Bin Laden lo hubiera hecho mejor!
Ante la ignorancia respecto de cuán enfermo está cada uno y qué contraparte tiene cada operación « estructurada», lo que se ha consolidado es una corrida de inversores.
Las corridas de inversores implican la venta masiva de activos y el desarme de posiciones. Pero una venta masiva de activos genera baja de precios y destrucción de valor. Si los precios bajan hay que desarmar las posiciones más rápido y el círculo vicioso se acelera. ¿Qué receta se puede aplicar? La capitalización privada no sirve, porque, por ahora, sin saber el tamaño del riesgo y el problema, es poner plata para perderla.
El virus, entonces, sigue actuando y no hay vacunas para todos. El Tesoro, la Fed y el resto de los bancos centrales decidieron aplicar la receta «argentina», discrecionalidad y caso por caso. Algunos son salvados directamente, por su supuesto efecto contagio sobre el resto. Otros son « invitados» a ser salvados por los percibidos por el mercado como menos enfermos o con más defensas ante la enfermedad. A otros se los deja morir. Y, en el medio, se inyecta liquidez y se abren más ventanillas de redescuentos, aceptando en garantía «lo que haya», para evitar que las entidades en problemas sigan liquidando activos, bajando más los precios y profundizando la crisis.
Por ahora, no hay otros mecanismos disponibles y menos aún a meses de la elección norteamericana.
Como en las plagas de la Edad Media, habrá que esperar que el virus se vaya agotando solo, y que se salven los que se puedan salvar. Afortunadamente «los supermercados» (los grandes bancos comerciales) sólo sufrirán por sus « marcas propias» y tendrán menos «productos en las góndolas», pero aparecen como los menos afectados. Eso significa menos crédito, pero no una debacle. Menos actividad económica, pero no necesariamente una depresión. Habrá que esperar.
¿Cambiará este escenario la actitud de largo plazo de los inversores? Lo dudo. En un par de años, la codicia le volverá a ganar a la memoria, y otros genios de las finanzas nos contarán que han descubierto nuevos instrumentos a prueba de riesgos. Una vez más.
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