19 de mayo 2010 - 00:00

“Con la historia de Botana podría hacerse una miniserie”

Héctor Olivera durante el rodaje de «El mural», con Bruno Bichir y Carla Peterson.
Héctor Olivera durante el rodaje de «El mural», con Bruno Bichir y Carla Peterson.
En vísperas de estrenar «El mural», sobre la creación de la hoy famosa obra de Siqueiros en el sótano de la quinta de Natalio Botana, y las pasiones que hubo allí, el veterano director Héctor Olivera dialogó con este diario en su departamento de un 24° piso con vista al río. «En verano subo a leer en la terraza y sólo se ve la punta de un edificio. Me siento como en el campo», dice.

Periodista: A propósito, ¿dónde queda la mansión que se ve en su película?

Héctor Olivera: Es de unos vecinos del campito de mi mujer, Dolores Bengolea (sobrina nieta de Victoria Ocampo). Por primera vez un equipo de rodaje pudo filmar ahí dentro, pero el contrato tiene una cláusula de confidencialidad. No debo decir dónde queda. Tampoco se usa para turismo. Igual, algunos ya reconocieron su fachada.

P.: Esa casona, la cantidad de autos viejos relucientes, los vestuarios, la recreación del diario «Crítica», el elenco, hablan de un presupuesto generoso.

H.O.: ¿Pero está bien empleado, no? De otro modo, ¿cómo podríamos competir con, por ejemplo, una película inglesa primorosamente ambientada que den en la sala de al lado? Cuando formamos Aries, mi socio Fernando Ayala tomó de emblema una frase de René Clair: «Lo mejor posible, para el mejor número posible de espectadores». Detesto terriblemente el cine-estafa, como llamo al que se hace con subsidios para camarillas, para grupos conventuales. Yo me formé cuando el cine argentino era un espectáculo.

P.: Empezó de muy joven.

H.O.: A los 15 años, siendo cadete militar, visité Estudios Baires y me encontré en la Viena de Schubert reconstruida para una película. Eso definió mi vocación. Desde los 17 me formé viendo trabajar a Amadori, Soffici, Arancibia, Schlieper, y ese trabajo en estudios me queda.

P.: Antes alcanzó a percibir el aire de los años 30.

H.O.: «El mural» transcurre en 1933, yo tomé uso de razón recién a fines de los 30. Pero aún era la París de América. Años después, en Baires, algunos empleados escuchábamos las historias que nos contaban Eduardo Bedoya, ex subdirector de «Crítica», y Poroto Botana (Helvio en la película), de quien yo era un poco su attaché. Con cada historia se podría hacer una miniserie.

P.: Es cierto, son unos personajes interesantísimos.

H.O.: Natalio Botana, que peleó en una guerra a los 17 y fundó «Crítica» a los 25, de gran poder periodístico (un millón de ejemplares por día), económico, político, él formaba la opinión pública. Su esposa Salvadora Medina Onrubia, millonaria anarquista, consiguió de Yrigoyen la libertad de Simón Radowitzky, el asesino del coronel Ramón Falcón, y después el diario destruyó a Yrigoyen. El poeta Pablo Neruda, que era pobrísimo, vino por una colecta de sus amigos, vivía de prestado en el Edificio Omega, y recién acá se sintió bien y se dedicó a la vida erótica, no sólo con su mujer holandesa. Entonces no era tan de izquierda. En cambio Borges, director del suplemento cultural, era de izquierda (no lo pusimos para no tirar tantos nombres, defecto de algunas películas de época). Y David Alfaro Siqueiros, por supuesto, verborrágico, pasional, que años después quiso matar a Trotsky. Estuve en la casa de Trotsky, se ven las huellas de los tiros. Creo que en «El mural» Siqueiros y Salvadora se transforman en queribles, a pesar de sus defectos.

P.: A mí me tira Blanca Luz Brum, mujer de Siqueiros y amante de Botana y Neruda. ¿Es cierto que años después ayudó a Patricio Kelly a escapar de la cárcel vestido de monja?

H.O.: Ella contaba tantas cosas. Incluso que fue amante de Perón y que Evita la odiaba. En 1946 la oyeron decir, frente al auto de la pareja presidencial, «yo tendría que estar ahí». Quién sabe. Todo es «quizás» en la vida de esta gente. Unos dicen que le dio un hijo a Siqueiros, pero la mayor biógrafa del pintor me dijo que él era estéril, lo que me permitió agregar una situación dramática, para que el público se pregunte cuál de ellos tendría razón en sus reproches. Lo cierto es que era hermosa, de una belleza muy moderna, y que en círculos literarios uruguayos la llamaban «el colchón de América». Después en Chile la llamaron «el colchón del regimiento Buin». Carla Peterson hace una excelente actuación. El elenco es muy bueno, por suerte. Al mexicano Bruno Bichir, apenas lo vi me dije «Siqueiros es ese». De Luis Machin, al final de rodaje exclamé «Ha nacido el Anthony Hopkins argentino». Ana Celentano, un trabajo formidable, no de telenovela, para una mujer que quiere competir con el marido por el amor de los hijos. Así cada uno. Y Emilio Basaldúa, director de arte con una sensibilidad especial para esa época, que vino a Aries en 1975 recomendado por María Luisa Bemberg. Y Graciela Galán, vestuarista de María Luisa, que hizo una carrera formidable en Europa, Félix Monti en fotografía, etc. Bueno, con todos ellos hemos logrado una película «como las de antes».

P.: ¿Le quedó algo afuera?

H.O.: Nunca debo hablar de lo que no está. Pero en esta historia también figuraba García Lorca. Los españoles no estaban en condiciones de incorporarse, yo no podía pasar allá un mes haciendo casting en busca de ese tipo de «andaluz profesional», como lo definió Borges, de modo que quedó afuera. Yo amaba especialmente tres escenas: su conferencia en Amigos del Arte, donde tocó el piano, cantó, recitó, y el público moría de gozo, el reestreno de «Bodas de sangre» en el Avenida con Lola Membrives, donde recibió la mayor y más cálida ovación de su vida (pobre, no le duró mucho la vida), y el momento en que llenó una habitación del Hotel Castelar con regalos para su madre y, por primera vez, pudo mandarle dinero a su padre, devolverle algo de lo que el padre le había ido dando. Y hablo de dinero. Entonces el peso moneda nacional era muy fuerte. Eso también lo he vivido.

Entrevista de Paraná Sendrós

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