Pese a las trampas y convenciones más propias del efectista Danny Boyle que de la codirectora india Loveleen Tandam, "Slumdog Millionaire" tiene fuerza y logra interesar.
Lo primero que llama la atención en esta película es la cara del protagonista: parece Riquelme flaco. La misma mirada tristona incluso en la alegría, el gesto de la boca, la particular expresión de alguien con tantos golpes que no se la cree, que a veces le son indiferentes el triunfo y al fracaso, y los trata lo mismo, como a dos impostores, tal como recomendaba Rudyard Kipling, en traducción de Bartolomé Mitre. Lo segundo que llama la atención, es la serie inagotable de trampas, descuidos, y convenciones que tiene la película. Suerte que también tiene fuerza, y dice varias cosas interesantes.
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De hecho, es una obra efectista, por un lado adscripta al subgénero «qué mal viven los pobres», sobre todo los pobres de la India vistos por los angloamericanos, y por otro al subgénero «film para quienes ven televisión» y encima aceptan engaños tales como los programas de preguntas y respuestas con opciones, que en realidad están grabados en estudios pero muchos creen que van en vivo y en directo. Bien, la historia que acá vemos acepta la versión viva y directa, y allí pone a nuestro protagonista. Pero lo interesante es que el chico tuvo muy poca educación formal en su vida. Lo que sabe, lo aprendió para sobreviviren la calle, y es casi la aplicación de dos viejos dichos: «la letra con sangre entra», y «nada enseña tanto como el sufrir y el llorar».
Malos recuerdos
Él no llora, pero no tiene muchos motivos de risa. Se agitan malos recuerdos, ante cada pregunta del conductor, un fulano burlón, soberbio, y del inspector de policía que lo investiga por supuesto fraude. Y cada pregunta, entonces, remite a una historia, por ejemplo la de un pícaro que al pibe que cantaba mejorcito lo dejaba ciego para que tuviera más éxito pidiendo limosna. «La calle enseña», sobre todo a deducir, desconfiar, y arriesgar. Y la película, bueno, también hace soñar. A cierta altura es como una telenovela, con el hermano mayor que eligió el mal camino pero no es del todo malo (y además es el único que advierte y admira los caminos de Dios), y con la chica que desde niña vive presa de los gángsters pero en el último capítulo resulta que sabe conducir un auto y corre en busca de su enamorado, y, bueno, no vamos a contar el final, digamos sólo que tiene lógico suspenso, que satisface el gusto de Hollywood y de Bollywood, es decir, el cine industrial hindú, aunque según noticias los hindúes le reprochan: distracciones y equívocos en la ambientación de años recientes (es que Bombay ha cambiado hasta de nombre), o en la información atinente a las preguntas, un protagonista de acento británico, mal pago a los actores infantiles, y también lo que quizá más les duela: el personaje ignora una frase del escudo nacional, y reconoce la imagen de un prócer norteamericano en un billete verde, pero no la de Mahatma Gandhi. No sabe quién es. ¿Cuánto faltará para que aquí pase lo mismo?
Para subrayar, porque muchos lo olvidan: esta obra tiene dos directores, el aparatoso Danny Boyle, y la local Loveleen Tandan, asistente de dirección y directora de casting de muchas películas de Mira Nair, empezando por «¡Salaam Bombay!». Es más o menos fácil advertir quién se ocupó de cada parte.
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