8 de febrero 2012 - 00:00

Cooperación con EE.UU. al máximo posible

Jorge Argüello -  Embajador argentino ante los Estados Unidos de Norteamérica
Jorge Argüello - Embajador argentino ante los Estados Unidos de Norteamérica
Cuando Domingo F. Sarmiento llegó como embajador de la Argentina a Washington sabía que empezaba una nueva era para los dos países. Y que la historia lo ponía justo en el medio. Estados Unidos salía de una cruenta guerra civil, la Argentina se organizaba como estado abrazando el mismo espíritu constitucional. Las dos naciones se daban los primeros apretones de mano. A sus líderes los unía también una misma obsesión: el futuro. Resolver cicatrices del pasado y llevar la contenida energía de sus pueblos al máximo de sus posibilidades.

Controvertido como tantas figuras históricas, entre nosotros Sarmiento representaba como pocos aquellas obsesiones y una de ellas era fija: la educación. Había viajado años antes a Estados Unidos atraído por los métodos de instrucción de Horace Mann y su esposa Mary Mann, a quienes buscó y trató en Boston. De regreso como embajador en los Estados Unidos, retomó los contactos con su sueño recargado.

Si los estadounidenses eran capaces de enviar maestros desde Nueva York a Seattle en barcos que pasaban al Pacífico cruzando por el Cabo de Hornos, ¿por qué no poder llevarlos hasta la Argentina, que tanto lo necesitaba? Sarmiento apreció la rica experiencia norteamericana de alfabetización pública y universal y, ya como presidente, en 1869 puso manos a la obra y organizó con Mann el viaje de 61 maestras y 4 maestros que llegaron a nuestro país en las siguientes dos décadas para fundar el sistema de colegios normales y luego el de educación pública que transformó el país para siempre.

No fue tan fácil. Presidente como era, ni siquiera logró para sí el sueño de abrir la primera escuela normal en su natal San Juan. Moverse en la Argentina resultaba tan difícil para los recién llegados, como cruzar el Far West. Y luego, quedarse en Buenos Aires, suponía a veces morir de fiebre amarilla. Vicisitudes miles.

Los inicios

Contra todos los cálculos, la primera escuela normal se levantó en Paraná y su primer director fue un hombre, no una de las «maestras de Sarmiento». A partir de allí, la fundación de las Escuelas Normales se convirtió en un objetivo nacional. Al respecto, Gustavo Cirigliano, en sus «Reflexiones del viejo profesor, la vieja y querida Escuela Normal», reflexiona: «La fundación de escuelas normales sostenidas directamente por el pueblo, es una necesidad sentida en nuestro país».

El protagonismo docente en aquel primer episodio clave de la relación bilateral se prolonga hasta hoy, incluso desde los retratos de aquellas 61 maestras que hoy visten las paredes de la biblioteca de nuestra embajada en Washington, donde nos recuerdan cada día a quienes transitamos por ella que las buenas y malas en un camino tan largo son relativas, en especial cuando los sueños pasan a categoría de proyecto en el que todos salen ganando por varias generaciones.

En la larga relación argentino-estadounidense, que la historia va reconstruyendo siempre en perspectiva, las identidades nacionales de aquellas dos jóvenes repúblicas se han vuelto mucho más claras y diferenciadas que entonces. Y aun así, como corresponde y para interés mutuo, pueden propulsar su cooperación hacia el futuro. Y, como veremos -literalmente- llevarla hasta el cielo.

Eso es lo que ha significado, de algún modo, la cooperación argentino-estadounidense en la puesta en órbita del satélite SAC/D, construido por más de doscientos científicos, ingenieros y técnicos en Bariloche (CONAE, Invap y Ciop-La Plata) y lanzado en 2011 desde la Base Vanderberg, California, en un cohete Delta II, para medir la salinidad de aguas y humedad de tierras.

La Argentina convirtió el magro 20 por ciento de población alfabetizada con que el sanjuanino empezó su presidencia y su gestión educativa, en más de doscientos científicos, ingenieros y técnicos nacionales, capaces de colaborar en la NASA con sus colegas de la primera gran potencia espacial. Y hoy traduce aquel original aprecio que Sarmiento tenía por el sistema educativo norteamericano el orgullo de contar con un propio Plan Espacial 2004-15, desarrollado por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE).

Relación bilateral

Los dos países tienen incontables áreas a través de las cuales recrear lo mejor de su antigua relación bilateral, y mucho más variadas de lo que la inevitable rutina de noticias que impregna la agenda informativa permite inferir. Para nosotros, los que trabajamos en la representación argentina en Washington, contar con los inspiradores antecedentes de Sarmiento, o los más inmediatos ejemplos de nuestros científicos de la CONAE, es invalorable.

Pero optimizar nuestras relaciones será posible ahora, sencillamente, porque es la voluntad expresa de los presidentes Cristina de Kirchner y Barack Obama.

Aunque parezca un lugar común, las relaciones entre los países no difieren de las que traban las personas entre sí: hay momentos buenos y momentos menos buenos. Lo que importa, siempre, es la voluntad y la decisión de continuarlas. Y, en este caso, los dos presidentes han sido claros: nos proponemos llevar la agenda bilateral al máximo de sus posibilidades, reconociendo historias, idiosincrasias y pertenencias similares y respetando -diría Néstor kirchner- nuestras «verdades relativas».

La mejor relación es aquella en la que las dos partes sienten que es beneficioso ser parte de ese «algo» compartido.

De eso se trata ahora, de crear las condiciones propicias para que, desde los extremos de nuestra América extensa que va desde Alaska a Tierra del Fuego, nuestros dos países se potencien recíprocamente.

Como Sarmiento y sus maestras norteamericanas. Como nuestros científicos con sus colegas de la NASA. Llevar las potencialidades comunes al máximo de sus posibilidades para el mejor interés de sus pueblos.