13 de diciembre 2010 - 00:00

Crisis europea entró en pausa (aún falta para entierro final)

¿Qué pasó con la crisis europea? La corrida, que es su estandarte, se replegó con las palabras de Jean-Claude Trichet, el titular del Banco Central Europeo (BCE). Los mercados no deberían subestimar la «determinación de los gobiernos», dijo Trichet, y, mostrándose mucho más activo en la compra de bonos, logró calmar las aguas. La efervescencia entró en receso. Los gobiernos, no. Determinación puede que sobre, y ahora también brotan ideas, pero falta forjar una visión compartida que sea eficaz para enterrar definitivamente los problemas.

Que la crisis se comporte como las mareas, y que en su bajamar se perciba el alivio y las Bolsas europeas alcancen nuevas cumbres, lejos de ocultar las falencias de liderazgo las expone en toda su extensión. Si la crisis no ataca a la yugular, la política no avanza. Los compromisos se malogran. Y lo que en momentos de estrés asoma como la gestación de un consenso se fractura en mil pedazos. La propuesta Juncker-Tremonti de crear una agencia europea de deuda -que flote deuda común a toda la región- fue rechazada por Alemania. Pero Angela Merkel, la primera ministra germana, también desechó la idea de aumentar el poder de fuego de la Facilidad Europea de Estabilidad Financiera (FEEF). ¿Qué es, en concreto, lo que tienen los gobiernos en mente? El mantra repetido es la consolidación fiscal. Que no funcione no lo elimina del repertorio. Pero, ¿qué más? ¿Será que se contempla reestructurar la deuda en acoso? Irlanda (que no sucumbió por desidia fiscal sino por el agujero negro de su sistema financiero) lo planteó para las obligaciones senior de la banca. Y obtuvo una negativa rotunda, junto con un paquete financiero por 85 mil millones de euros (que incluye 35 mil millones para cubrir las tribulaciones de sus bancos). Pero si los recursos se consumen deprisa y no hay voluntad de reponerlos, ¿cuál es la estrategia de contención de los gobiernos? ¿Deberá Trichet tomar a su cargo las tareas de defensa? Si no fuese un asunto grave, qué buen guión para un vodevil: el BCE se niega a que su programa de compra de bonos (SMP) pase de ser una ambulancia de pocas plazas a convertirse en un sistema asistencial a gran escala (otra manera, indirecta, de europeizar la deuda). Como en el Gran Bonete, no se sabe quién tiene la llave que destrabe la situación. Y si la crisis no aprieta, nadie asume responsabilidades. En los hechos, más allá de las palabras, se deja todo como está. Y se cruzan los dedos para que alcance.

¿Será suficiente? La respuesta es un no tajante. Y no proviene de inversores alterados. Está en boca de funcionarios y hombres de Estado. Dominique Strauss-Kahn, quien es, a la vez, el titular del FMI y un político francés con aspiraciones presidenciales, dice a quien quiera oírlo que la crisis no concluyó. Que hay que prepararse para una réplica. El FMI insiste en una ampliación del FEEF. No es una voz cualquiera: es el socio capitalista de Europa en la aventura de los rescates. Pide reemplazar el actual enfoque caso por caso por un tratamiento comprensivo (que aún no detalló). El eje Berlín-París no suscribe. Gordon Brown, quien como primer ministro británico diseñó dos años atrás la estrategia de fuerte capitalización de la banca, ve otro choque en los primeros meses de 2011. Y cree, como Strauss-Kahn, que además se debe fortalecer el patrimonio de los bancos si se quiere estabilizar la coyuntura. Pero la renuencia del continente a corregir esta debilidad es proverbial. Y no basta con usar maquillaje, como se hizo en julio con la burda máscara de los exámenes de estrés. Así lo prueba la penosa lección de Irlanda.

Jueves y viernes los líderes europeos se reunirán para dirimir estas cuestiones. El cónclave previo de ministros de finanzas, la semana que pasó, fue un fiasco que sólo sirvió para ilustrar la profundidad de las desavenencias. Este viernes, en Friburgo, el encuentro de Merkel con su par francés Nicolas Sarkozy anticipó la agenda que impulsarán los hacedores de las reglas de la eurozona. Punto uno: total «determinación» (se ve que es el sustantivo de moda) a defender el euro y la estabilidad financiera de la región. Punto dos: rechazo frontal a la emisión de deuda europea conjunta, lo que Juncker y Tremonti bautizaron como E-bonos. O sea, la negativa a «mutualizar» la deuda. Por más que trinen Luxemburgo e Italia (los países de los propulsores de la idea) y también Grecia, Portugal y España. Punto tres: oposición de Merkel a una próxima ampliación del fondo de rescate, el FEEF, porque «Irlanda sólo tomará el 10% de los recursos (disponibles)». Por ende, en una visión ciertamente estática, no sería menester. Aquí, al menos, Sarkozy no se pronunció explícitamente. Redondeando, el mensaje es el mismo que cuando volcó Grecia en febrero: los gobiernos de la eurozona prometen «hacer todo lo necesario para defender la estabilidad financiera». Dijo Merkel: «Eso era verdad entonces. Y es verdad hoy en día». Si es así, el auténtico compromiso es la voluntad a ultranza de sostener la unión monetaria. No hay por qué no creerlo. Sin embargo, ello obliga a dudar de todo lo demás.

En febrero, vale hacer memoria, el eje Berlín-París negaba desde la posibilidad de asistir a Grecia hasta la injerencia del FMI en los asuntos de la región (y, en cambio, jugaba con la idea de lo que no hizo: expulsar a los indolentes). En rigor, en su estrategia de defensa, la eurozona no tomó ninguna decisión relevante que antes no haya rechazado con énfasis. Tanto los gobiernos como el BCE juraron no contaminarse con la compra de bonos públicos hasta dos días antes de mudar de opinión. Se rechaza, pues, lo que se preferiría no hacer. Aquello que no se haría en condiciones normales. Pero éstos son tiempos de crisis profunda y pertinaz. No se dude: la batalla del euro forzará a incrementar los fondos de rescate. Y a que el BCE se involucre de lleno en las labores de auxilio.

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