18 de agosto 2010 - 00:00

“Cuando abandoné el marxismo no quise más ismos en mi vida”

Agnes Heller: «La voz de los filósofos se sigue escuchando fuertemente en Europa. Si no aparecen como en tiempos pasados es porque algunos se han volcado a una práctica más esotérica de la filosofía, y no esperan tener un impacto público».
Agnes Heller: «La voz de los filósofos se sigue escuchando fuertemente en Europa. Si no aparecen como en tiempos pasados es porque algunos se han volcado a una práctica más esotérica de la filosofía, y no esperan tener un impacto público».
«Me aburre profundamente la repetición. Volver sobre temas en los que se me considera una experta, donde ya he dicho todo lo que dentro de mis capacidades puedo decir. Lo que me interesa siempre, aún hoy a los 81 años, es estar siempre en algo nuevo», sostiene Agnes Heller que trabaja en este momento en una Teoría filosófica de los sueños. La filósofa húngara fue discípula del filósofo marxista György Luckas, y miembro de la «Escuela de Budapest», participó del levantamiento de 1956, fue expulsada de la universidad y perseguida por sus ideas. Dejó su país (1978) y se exilió primero en Australia, luego en EE.UU., y en los últimos años ha regresado a Hungría. Entre sus obras se destacan «Historia y vida cotidiana», «El hombre del Renacimiento», «Teoría de los sentimientos», «El péndulo de la Modernidad: la era moderna después de la caída del comunismo», «La inmortal comedia: el fenómeno de lo cómico en el arte, la literatura y la vida». Heller visitó Buenos Aires para participar del III Workshop de Metaética organizado por el Centro de Estudios Filosóficos en el espacio cultural Garrick. En ese lugar dialogamos con ella.

Periodista: Tuvo una adolescencia dramática que la marcó.

Agnes Heller: A los 14 años tenía dos grandes amigos, mi padre y un chico. Los dos fueron asesinados en el Holocausto. A mi papá lo mataron en Auschwitz. A mi amigo los fascistas húngaros cuando cumplía 16 años. De pronto, a los 15 años mi vida había cambiado, los que hasta poco antes estaban cerca mío los había perdido. Me encontré sola en un mundo nuevo, del cual esperaba redención. Lo que me pasó a partir de ahí fue otra historia.

P.: ¿Cómo es esa otra historia?

A.H.: Una historia de liberación. Se suponía que me tenían que matar. Estuve en la orilla de un Danubio ensangrentado frente al pelotón de fusilamiento nazi y, de pronto, fingí que me habían matado, que estaba muerta. Escapé y pasé tres días sin comer, me estaba muriendo de hambre. Cuando llegó el primer soldado soviético me tuve que enfrentar a una vida nueva, que duró unos dos años, en que hubo un gobierno democrático en Hungría. Yo era una sionista y traté de compensar lo que me había sucedido con una intensa actividad. En 1947, a los 17 años, cambié y me uní al Partido Comunista, que era un partido de la oposición con 20 por ciento de votos, pero pronto me sentí decepcionada. El partido comunista tomó el poder y la democracia fue abolida. De pronto me encontré en un limbo político, pero no en un limbo humano porque en ese momento, en que estaba estudiando sin demasiada pasión Física en la Universidad, me encontré con la Filosofía, y con mi primer maestro. Ocurre que la experiencia política y la personal no se desarrollan paralelamente. Tenía que aprender bajo un régimen totalitario, lo que fue para mí un duro trabajo. Tuve que adecuarme. Fue un tiempo muy largo, aunque entre 1949 y 1956 sólo pasaron siete años. Y en 1956, con la rebelión, tuve la experiencia política más grande de mi vida, la sensación de que podía hacer algo, participar en algo. Después vino el régimen soviético de nuevo y me encontré en un túnel largo y oscuro que parecía no tener fin. Pero, aunque era escéptica, pude llegar al final del túnel. Cuando abandoné el marxismo no quise mas ismos en mi vida, en los tiempos actuales ya no hay lugar para verdades centrales ni personas centrales.

P.: En el siglo XX hubo filósofos que tuvieron una presencia pública destacada, Ortega y Gasset, Heidegger, Sartre entre otros, acaso el último haya sido Michel Foucault, ¿por qué cree que ahora no ocurre eso? ¿es que, como dijo George Steiner, los pensadores y poetas han elegido el silencio?

A.H.: La voz de los filósofos se sigue escuchando fuertemente en Europa. A partir del fin de la Segunda Guerra Mundial hasta el colapso soviético en mi país como no había oportunidad para la práctica política. No se podía expresar la propia posición como ciudadano, pero sí podía expresarla en el campo teórico. Los filósofos debatían sobre las fallas de los procesos democráticos. Hablaban por la población, que no podía hablar por sí misma. Esta mediación no ocurría en Francia, un poco en Alemania, pero se daba claramente en Europa del Este. Después de la caída del comunismo el rol de los intelectuales, y entre ellos el de los filósofos, decreció en muchos países. Pero, en lo que a mí me concierne, no tengo de qué quejarme porque en los últimos años estoy permanentemente frente a un público que gusta escucharme. La mía no es una excepción. Si en algunos casos ocurre que no aparecen como en tiempos pasados es porque algunos filósofos se han volcado a una práctica más esotérica de la filosofía, y no esperan tener un impacto público.

P.: ¿A qué se refiere al hablar de las prácticas esotéricas de ciertos filósofos?

A.H.: A quienes no se interesan en tener un impacto en la vida pública. Eso no puede hacerse en un país totalitario porque lo que hace siempre está en el ojo público. Y si no se entraba en lo público se era acusado de vivir en una torre de marfil. No se podía escapar. Hoy se puede escapar, y eso está bien.

P.: ¿Cuál es su centro de interés filosófico actual?

A.H.: Cambió. Desde los años 50 en adelante, hasta la segunda mitad de los 80, mi interés estaba centrado en la ética y la Filosofía de la Historia. Después, mi foco cambió. Pasé a la Filosofía de las Religiones y a la Filosofía del Arte. Cambié porque sentí que ya había dicho lo que podía decir sobre ética y filosofía de la Historia, y que a partir de mis capacidades no podía decir nada nuevo. Me fastidia la repetición. Si bien soy considerada una experta en esos temas volver a reiterar lo que he dicho y escrito me aburre mortalmente. Lo que me interesa siempre, aun a los 81 años, es estar en algo nuevo.

P.: Usted, que ha escrito un libro sobre lo cómico, ¿qué relación encuentra entre humor y filosofía?

A.H.: He reflexionado sobre el humor en la novela, el drama, la tragedia, la comedia existencial, la pintura, la música, pero nunca en la filosofía. Los filósofos normalmente se toman a sí mismos en forma extremadamente seria. Incluso los más modernos. Pocos filósofos se han podio mirar a si mismos. como Nietszche, con ironía. Los grandes filósofos del siglo XX, Heideggger y Wittgenstein, no tenían ningún sentido del humor. En el caso de Michel Foucault el humor le llegó tardíamente. Foucault era inicialmente la corporización de lo serio. Y el humor y lo serio no se contradicen. La ironía es la unión de lo serio y lo humorístico, por ejemplo en Kierkegaard. Pero el joven Foucault no era irónico, su compromiso con la filosofía no sólo era fuerte sino muy serio. De fines de los 60 en adelante entendió la ironía y se volvió irónico y autoirónico. Eso le llegó con la edad. En mi caso, me encanta el humor y me encanta la filosofía.

P.: Mencionó la tragedia y usted atravesó la del Holocausto, ¿por qué ya no surgen tragedias como las de los griegos o de Shakespeare?

A.H.: Yo nunca viví una tragedia. El Holocausto no es una tragedia, es la Shoah, es algo que no puede ser entendido. Fue una guerra para quienes pelearon en el gueto de Varsovia, pero yo no fui bendecida con tal posibilidad. Para que haya una tragedia se necesita que haya héroes trágicos. Y yo no soy una heroína trágica. Ni siquiera lo que ocurrió en Budapest en 1956 fue una tragedia, fue una pérdida. En cuanto si hoy es posible una tragedia, lo es de un modo diferente de la de los griegos, de las de Shakespeare (que fue absolutamente diferente de la de los griegos), de las tragedias burguesas de Ibsen y de Chejov. Creo que es la mejor expresión de la modernidad es la comedia existencial. Joyce es trágico y a la vez cómico. Ionesco y Beckett entregan en sus obras la representación por excelencia de la comedia existencial. No veo hoy una nueva expresión de la tragedia entre los autores contemporáneos, pero acaso venga. Hay gente que habla de la tragedia de los bolcheviques que estaban comprometidos con el asesinato por sus propias manos. No eran caracteres trágicos. Ninguna tragedia puede ser escrita sobre aquel que acepta la posición del perseguido, que se entrega a un orden. Las historias tristes no son necesariamente tragedias. En las tragedias hay siempre algo que eleva, porque la grandeza siempre eleva. Cuando la gente es asesinada sin grandeza, nada se eleva.

P.: ¿Qué impresión tiene de la Argentina, en esta su tercera visita al país?

A.H.: He visto poco de la Argentina, sólo he estado en Buenos Aires y en San Juan, y este país es tremendamente grande. Me gusta Buenos Aires, una ciudad europea que no es europea. Y me preguntaba ¿qué es lo que la hace así? Y llegué a la conclusión que es que aquí no tuvieron la Segunda Guerra Mundial. El no haber experimentado la guerra marca la diferencia.

P.: ¿En qué está trabajando ahora?

A.H.: Sobre sueños y la filosofía de los sueños. El tema de los sueños no sólo fue tratado por la psicología y el psicoanálisis sino también por Benjamin, por Adorno y por Foucault, entre otros. Los sueños son un problema para la filosofía. Por lo pronto, como lo planteó Freud, son una manifestación del inconsciente. Y la pregunta entonces es sobre la función del inconsciente en la vida humana. Si los sueños parecieran tener un sentido, aunque no sepamos cuál es. Me pregunto cómo el contenido de los sueños puede ser una cuestión filosófica. Me estoy divirtiendo mucho. Terminé la parte teórica, y ahora viene el estudio sobre casos concretos. Voy a trabajar sobre sueños y visiones en la Biblia, en Shakespeare, en la pintura y los sueños de los filósofos modernos.

Entrevista de Máximo Soto

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