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Cuando hacen falta tres para un tango
Fernando Navajas - Economista jefe de Fiel
Hay tres aspectos del discurso de CFK sobre el gas que en mi modesta opinión fueron equívocos que muestran errores de sus asesores o exceso de autoconfianza. El primero y más burdo fue salir a dar una explicación meteorológica del faltante de gas natural y poner en boca de un presidente la teoría de que siempre que llovió después paró (usada más de una vez en las históricas inundaciones de la Capital Federal). El segundo fue volver, en este momento, a repetir la explicación de que el crecimiento de la economía está detrás del desbalance del mercado de gas, cuando los datos vienen mostrando una caída de la oferta doméstica exacerbada por la huelga en el sur. El tercero fue el sermón que les dio a los industriales por esconderse atrás del gas subsidiado y no salir a hacer contratos a largo plazo a los precios más altos del programa gas plus, y afirmar que «gas hay, siempre que se lo quiera pagar», lo cual no refleja la realidad del desbalance que vive el país.
El objetivo de esta nota es hacer un comentario de este último punto, porque mientras suena como obvio, lo cierto es que es el síntoma de un problema grave de funcionamiento del sector gasífero. La base de mi argumentación es la teoría de los contratos y su conexión con el hecho a que se refiere la imputación de CFK a los industriales de no expresar una demanda por contratos de largo plazo de gas «nuevo» que tiene precios muy superiores a los del gas disponible actualmente. Mi argumento es que la ausencia de esos contratos es producto de los desbalances de mercado, ya que la ausencia de una política que haga creíble que van a desaparecer en un futuro próximo torna «incompletos» los contratos entre partes privadas, ya que las cantidades asociadas a éstos pueden ser redireccionadas a otros usuarios que van a permanecer -de acuerdo con la propia política oficial- subsidiados hasta el final de los tiempos. Es decir no es que los contratos no existan porque los industriales quieren subsidios para un gas que no tienen -lo cual no cierra porque, en realidad, terminan pagando costos altos por no tener gas-. No existen porque nadie del lado de la demanda hace un contrato a largo plazo comprometiéndose a pagar por algo que tiene un riesgo de no estar disponible, porque el propio Gobierno se lo va a quitar.
En estos momentos, la Argentina está importando gas en tres puntos de ingreso (Bolivia, Bahía Blanca y Campana) que suman 25 millones de m3 por día, que es la cifra que la Argentina estaba exportando principalmente a Chile cuando el desbalance se presentó en sociedad y las exportaciones empezaron a racionarse. Al margen de lo que esta reversión significa para las cuentas externas (1,5% del PBI a precios actuales, sólo para el gas natural), la comparación de este momento con aquel en que se empezaron a cortar las exportaciones de gas viene bien a esta discusión. Una de las enseñanzas de la historia de la interrupción de las exportaciones de gas a Chile es que por más que se hagan esfuerzos institucionales para brindar un buen marco regulatorio para las inversiones en gasoductos, éstos van a terminar «transportando aire» si falla la planificación energética y el mercado de origen de las exportaciones entra en desequilibrio, que es lo que sucedió en la Argentina. En este marco se firmaron contratos «incompletos» (que son contratos que no pueden incluir en éstos contingencias imprevisibles al momento de firmarlos) que no incluyeron mecanismos apropiados para gobernar la ruptura de éstos frente a eventos como los que ocurrieron después. Si se hubiera sabido esto, la demanda por estos contratos hubiera sido muy baja o nula. Y si CFK hubiera conocido mejor y hecho bien el nexo con esta historia, hubiera sido menos dura con los industriales argentinos y más dura con Evo Morales para que nos asegure que existan desbalances en el mercado de origen.
Lo que los chilenos no pudieron anticipar en la segunda mitad de los 90 los industriales argentinos ya lo conocen en carne propia, y el más simple análisis económico diría que actúan en consecuencia. Es decir, que el síndrome de abstinencia que pesa sobre la demanda por contratos a largo plazo de gas nuevo se debe a que los industriales argentinos conocen el genoma del problema del mercado de gas y su desbalance estructural. Los productores también lo conocen y se mueven con lentitud y alentados por contratos con cierta garantía del Estado.


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