2 de febrero 2010 - 00:00

Cupones bursátiles

Si es por desear, todos los que están dentro del ambiente de los mercados -incluidos los que vivimos de tener que comentarlos- desean que ya febrero muestre otra cara. Y que 2010 resulte nuevamente exitoso para los que confían en apostar al riesgo. Pero confundir deseos con evidencias nunca ha llevado a buen destino. Y tampoco al tratar de distorsionar los hechos, con la finalidad de que concuerden con nuestras teorías. La verdad de este enero lastimoso que en todos los recintos se debió soportar no es alarmante por haber rebajado puntos más o puntos menos. De todos modos, existía un regio «colchón» proveniente del año anterior y esto apenas si hizo disminuir los saldos «acumulados» -como en los balances societarios- que debieron resignar algún porcentual en pérdidas.

La otra verdad, entre líneas, aquella que no aparece en la superficie de los índices, es la que sí tiene que generar cierto nerviosismo creciente. Porque se puede ver que las correcciones a la crisis se quedaron en el preámbulo de los salvatajes estatales, pero que no se instaura un necesario «nuevo orden» y hasta se han ido acrecentando las oposiciones, más que la comunión de pensamientos y -especialmente- el arrepentimiento de los que se desviaron haciendo, y controlando, para haber hecho estallar la crisis en 2007. Muchos países que siguen en hondo problema social, por la desocupación, sin que el dialéctico «crecimiento» pronosticado se empiece a instalar. Los mercados bursátiles, y esto es una verdad de Perogrullo, son incapaces de producir sus propias causas: solamente las reflejan. Dependen de lo político y económico y de lo que de allí les llegue.

Salvo, y esta salvedad se vio muy notoria en todo el curso de 2009, cuando existen condiciones muy atípicas -como el dinero fácil, la tasa casi al ras- y el movimiento se arma sobre la base de especulaciones sobre un porvenir que se promete más venturoso.

Las dos cuestiones estuvieron presentes, forjando un ejercicio donde lo que se conseguía en Bolsa llegaba al asombro (como pasó con el Merval).

Sucede que la «cámara de aire», entre la altura de los precios y las promesas que deben cumplirse, debe ser llenada a cierto plazo. O se produce inflación bursátil, obesidad sin criar músculos (y esta necesidad no parece querer cubrirse).

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