23 de febrero 2010 - 00:00

Cupones Bursátiles

Cada vez más, y cuanto más se habla y más «papers» aparecen -o discursos de gobernantes-, da la impresión de que el inversor que se atreva a incursionar en el mercado de riesgo: tendrá que estar forrado en amianto, para no prenderse fuego ante lo que ve y escucha. De lo conocido en estos días, confluyen posiciones e ideas que abarcan todo el espectro. Nuevamente en escena Joseph Stiglitz, se reconoce «deprimido». Y asevera: «El crecimiento no durará». Para ya verse resignado a que todo lo que se habló hace un año, sobre colocarles regulaciones a los mercados y producir cambios como enseñanza dejada por la crisis quedó políticamente trabado. Como adherimos a su concepción básica -«de la crisis no se ha aprendido nada...»-, seguramente que cuando esté editado su libro, de reciente lanzamiento, nos tendrá como lectores. Esto no significa que se deba acordar en todo, pero nos parece lo más aproximado a mensajes sensatos (entre tanto otro mensaje que a uno lo deja absorto). Por ejemplo, que el FMI está viendo de suavizar sus principios y hasta queriendo pasar por bueno que existan la baja tasa y la inflación.

Es más, dando por posible que con tales condiciones los efectos de la crisis se hubieran visto morigerados. No sabemos cómo responderían a la pregunta siguiente sobre eso: ¿no hubiera estallado mucho peor todo al colocarle tales mecanismos de retardo?

Nos imaginamos la metáfora de un motor casi fundido, al que se le aplican aceites cada vez más gruesos (y hasta los lubricantes especiales). Que vengan con semejantes hallazgos, desde el propio FMI, ya da la impresión de un vuelco total. Y no hacia el lado favorable, justamente.

También los jaqueados gobernantes, de la Europa del euro, dejaron declaraciones alarmantes. Zapatero, que trata de buscar también un enemigo común que lo deje a salvo, se mostró sorprendido por lo que se les pide. Y lanzó: «Es una paradoja que los mercados que nosotros salvamos ahora nos estén exigiendo y poniendo dificultades, ya que se trata de los déficits en los que incurrimos para salvar a aquellos que nos exigen recortes presupuestarios».

Casi parece algún gobernante, o postulante, de nuestras tierras, y -al parecer- a su Gobierno lo han obligado a llevar políticas que no quería. O a contribuir a la salvación de los mercados. ¿De qué modo los salvó? No se sabrá nunca.

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