Es curioso de qué modo se mueve el mundo y las opiniones sobre las economías. ¿Quién no desearía estar en un país que posea superávit comercial, control de costos salariales. Tendencia a fomentar la exportación y controlando la demanda interna? Todo ello es lo que representa Alemania, en la Eurozona, de acuerdo a la visión de Cristina Lagarde, que es la ministra francesa de Economía. Pero, lejos de alabar el modelo y decir que es bueno tratar de imitarlo, la funcionaria francesa se mostró contrariada. Porque -según dice- tal muestra de armonía «no es sostenible en el largo plazo» para la Eurozona. Si uno trata de inferir a qué se debe la oposición a semejante conjunto virtuoso de variables, posiblemente termine por deducir que lo que la ministra francesa desea es que: Alemania baje, retroceda, desagie su modelo y lo adecue a países que están lejos de querer cumplir con las premisas. En una palabra: igualar hacia abajo, en lugar de intentar copiar y acercarse a las condiciones de Alemania. La verdad está en los que no cumplen los principios y se van de largo en sus desvíos, como los varios países que hoy están dando un dolor de cabeza al sistema europeo. Otra derivación lógica, que se puede capturar del casi enojo que demostró la ministra de Economía de Francia, tal vez envidiando y viendo inalcanzable aquello que pudo conseguir su vecino. Fácil es pensar que con diez como Alemania la región resultaría un incontenible líder mundial. Y con diez como Grecia, España, más algunos otros, la probabilidad de que la zona del euro estallara en mil pedazos sería muy factible.
Un problema que todo lo abarca, desde los países hasta los gobernantes. Desde el político, hasta el inversor, una tendencia corrosiva a tratar de igualar hacia abajo y abandonando las metas superiores.
La del gobernante, que después de ver su «fiesta» hecha añicos se ofende si le piden ajustes y sacrificios internos, queriendo que solamente se les organice un rescate. Que le envíen dinero e instrumentos, que pueda endeudarse mucho más todavía, pero sin pagar el indudable «costo político» de anunciarle a sus ciudadanos que llegó el momento de pagar la cuenta (clara intención de Grecia).
En la Bolsa lo vemos representado en el que cree que es un visionario y compra ahora, para vender tres días más tarde: comprando mal y saliendo peor. Que rehuye de análisis y de conseguir argumentos para la elección. Y después echa culpas a su agente.
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