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Aprendizaje
Sólo de verlos al cruzar espadas, los que miraban desde «la baranda» (otra de las denominaciones que quedaron enterradas) hacían más que vigilar la orden dada: quizás sin darse cuenta estaban aprendiendo Bolsa, no desde las páginas de un libro, sino en la práctica directa y que incorporaba los elementos que un texto no puede transmitir: los modos, las sensaciones, las inflexiones de voz de los agentes. A veces a los gritos, otras casi susurrando. Y hasta estallar en un recinto que -asociándose- posee una acústica notable, las palabras clave: «¡suyas!»... o «¡mías»! Tan cortas como una daga, llegando a las entrañas de la operación concretada. Y sabe el lector consecuente hasta dónde queremos llegar, porque periódicamente ha sido la prédica
-nostálgica- por recrear un salón de operaciones donde las terminales colaboren con toda la tecnología, celeridad, eficacia que saben aportar. Pero por ahora, las terminales no enseñan. Y tampoco despliegan el «arte de operar», el modo de tratar las órdenes utilizando las astucias legales, el semblanteo del corredor que está en la plaza y es: la contrapartida. Estamos casi resignados -casi no absolutamente- a que el recinto poblado por operadores y con «la baranda» ocupando las adyacencias ya no volverán.
De tal forma ha pasado un cuarteto de meses, donde el mercado argentino ha resultado la indudable gran estrella del concierto mundial, y de esto solamente se han enterado los que están dentro de la operatoria, en el día tras día. El gran público -esto se puede chequear fácil- ni por asomo sabe que, en cuatro meses de Bolsa podía haber ganado un 50% de su capital. Una lástima...


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