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Del este al oeste de Caracas, dos mundos que explican el voto
Henrique Capriles Radonski y Nicolás Maduro se mostraron místicos durante la campaña, y también en el momento de ejercer su voto.
"Algunos piensan que Venezuela es un cuartel", se quejaba un presentador en la pantalla de la opositora Globovisión, cuyo personal trabajaba a destajo sin saber qué ocurriría a partir de hoy, para cuando esperan detalles de su anunciada venta.
Esos militantes no fueron, con todo, los más apurados. Algunos ansiosos, interesados en evitar posibles aglomeraciones, se instalaron frente a los colegios desde las cuatro. Verá, lector, el poco tiempo de sueño que nos dejó la diana chavista.
Pese a esos afanes, el día arrancó moroso. Ámbito Financiero recorrió varios colegios electorales de la zona de Catia (barriada chavista del oeste de esta ciudad), del centro y de la acomodada zona de Chacao (este), en el caprilista estado de Miranda. En todos lados el movimiento fue hasta el mediodía sensiblemente menor que el registrado el 7 de octubre, cuando el 80% terminó por concurrir a las urnas (una enormidad en este país de sufragio optativo), lo que dio a Hugo Chávez una ventaja de diez puntos sobre Henrique Capriles. El sueño de la oposición era temprano que muchos oficialistas se quedaran en sus casas al evaluar que votar por Nicolás Maduro no era tan atractivo.
Ya al mediodía "el aparato" empezó a hacerse notar más. La estatal Venezolana de Televisión (VTV) sostenía en su videograph el hashtag #VotoPorLaPatria y hacía correr por debajo tuits por demás militantes, sin dejar el más mínimo espacio a la pluralidad.
Ministros del Gobierno llamaban a los electores a salir y hablaban de una participación elevada que todavía no era palpable en la calle. Camionetas comenzaban a circular profusamente para, megáfono mediante, incluso frente a los colegios, recordar al comandante y el compromiso de honrarlo con el sufragio. Y el PSUV ponía en marcha la "operación remolque" para personas con problemas motrices. De a poco las calles se fueron llenando más. La tensión crecía.
A la 1.30 Capriles votó en Miranda, estado del área capitalina que gobierna. Lo esperaba un gentío y, sobre una tarima donde lo aguardaba un micrófono, pidió a sus seguidores, "los héroes del 14 de abril", que "saquen fotos y denunciar cualquier atropello". "Hasta ahora, era, como pedimos, el voto graneadito. Desde ahora, la avalancha: todos a votar", dijo para la tribuna. Demasiado para VTV: la presentadora irrumpió para sacarlo de pantalla por un rato prudencial.
Poco después, a las 14, Maduro, acompañado por su mujer, la poderosa Cilia Flores, la "primera combatiente", y sus nietos, ingresó al liceo Miguel Antonio Caro, en Catia. Al salir, exhibió su dedo entintado para llamar a todos a ejercer su derecho y encaró a los periodistas. "Estamos rompiendo récords de participación", dijo, pese a lo cual pidió una y otra vez, como si aún hiciera falta, que todos los venezolanos votaran. "Por nuestros hijos y nietos hacemos todo, el compromiso es grande", confesó. Y, ajeno a la veda, repasó todo lo que la Revolución hizo por las mujeres, por los estudiantes, por los pobres...
Acostumbrada a la gimnasia de votar más frecuentemente que en ningún lugar del mundo, la gente se adaptó ya a la urna electrónica, por lo que todo transcurrió con fluidez.
En la puerta del colegio Caro, Johnatan, encuestador de Consultores Venezuela de opinión Pública (ConsultVOP), le juraba a este enviado que su boca de urna daba ganador a Capriles. ¿Aquí, en Catia, en el propio colegio de Maduro? "Muchos se niegan a decir a quién votaron", concedía un poco.
Frente a ese liceo, Griselda, de unos 60 años, apuraba el paso para entrar al Museo Jacobo Borges. Hablaba, pero con desconfianza. "Yo quiero que haya paz y que se produzca el cambio que necesita este país", decía, en voz baja, consciente de estar en territorio ajeno. Preocupada, Fernanda decía haber votado temprano "en Vargas, donde el comandante sacaba los mejores resultados de todo Catia... vi poca gente".
El subterráneo lleva de la populosa Catia al elegante Chacao. El paisaje cambia: las casas humildes se transforman en mansiones y edificios de lujo, las rejas suman cercos electrificados un metro por encima de los muros perimetrales y aparecen las cámaras de seguridad.
Oscar y Nelpis, dos hermanos, van junto a su padre y a la mujer de éste al secundario Santo Tomás de Aquino, colegio privado y de moderna infraestructura. "Nuestro corazón está a la derecha", dice la joven. "Es un día bonito, acaso presagie cosas buenas", acota la mayor.
Otra mujer, mayor, y a quien el quirófrano ha tratado sin piedad, va saliendo y les dice: "No se preocupen si ven poca gente. Parece que (las usinas opositoras) están pidiendo que los jóvenes vengan todos a última hora". Es cierto. La idea era no dar al chavismo claves sobre el nivel de participación propia, desalentar lo que llaman el "acarreo" del aparato del PSUV.
Denise, otra caprilista, cuenta que votó rapidísimo: "Tardé cinco minutos, y eso que éramos diez en la cola". "¿Tú qué crees que va a pasar?", preguntó dos, tres veces, a este periodista, insensible, por ansiosa, a la curiosidad del otro.
Ya de regreso, el enviado se encontró caminando a la par de un hombre alto, de unos 30 años, moreno, remera azul y andar suelto. Fija: era un chavista en territorio rival. "Yo voté a Maduro. Aquí nadie quiere a Capriles, votarían a cualquiera, lo único que les interesa en acabar con la Revolución", dice Alfonso, alzando la voz para que la contra lo escuche. ¿Confianza? "¡Claaaaro, pa' lante! Si ganamos, bien, y si no... pues aquí se arma la guerra".


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