5 de febrero 2009 - 00:00

Deleita un Allen liviano sólo en apariencia

«Vicky Cristina Barcelona» es una comedia acerca de las confusiones sentimentales y las estructuras  mentales, con unos intérpretes que merecen un premio cada uno.
«Vicky Cristina Barcelona» es una comedia acerca de las confusiones sentimentales y las estructuras mentales, con unos intérpretes que merecen un premio cada uno.
Si se quiere, ésta es una comedia chiquita, comercial, turística, y todo eso que los envidiosos dicen, pero qué placentera, qué bien hecha, y qué buenas observaciones tiene. Con un tono muy propio, situaciones inesperadas, y algún parentesco lejano con ciertas criaturas de Henry James, que pueden hallarse en «Los europeos», «Las bostonianas», y «Daisy Miller», la nueva pieza de Woody Allen dice muy bien lo suyo acerca de las confusiones sentimentales, las estructuras mentales, y el simple gusto de disfrutar una historia.
Su asunto es, como otras veces, la difícil elección y conservación del objeto amoroso y, sobre todo, del sentimiento amoroso. Para el caso, dos jóvenes norteamericanas se buscan a sí mismas en tierra extraña, y se encuentran y enredan con un pintor español muy galante y avasallante, pero también peligrosamente ligado a su ex mujer, también artista, una loca de atar, posesiva, inestable, talentosa, a la que él parece tener demasiada piedad. Esto desconcierta a las pobres norteamericanas, incluso una que quiere ser muy suelta de cuerpo, aunque en verdad nunca sabe lo que quiere (sólo lo que no quiere), pero más aún la otra, que está en vísperas de casarse, una chica muy seriecita, muy estructurada, muy dedicada a sus estudios, que encima cayó a ese lugar con sus parientas.
Ese lugar es Barcelona, con el Parc Güell, La Pedrera, el Tibidabo, el Port Olímpic, las ramblas y museos, los restaurantes finos. Ya que está, Allen aprovecha a filmar también un paseo por tres sitios asturianos: Avilés, Monte Naranco y Oviedo, la ciudad que le ha dedicado una estatua. Pero la figura reinante es Barcelona. El pintor y su mujer son los catalizadores, en cambio la ciudad, eje vincular de lo viejo y lo nuevo, la permisividad y las reglas, lo sensual y lo admitido, es la tercera protagonista del relato. A las tres, aunque con el nombre de una sola, está dedicada la canción que sirve como leit motiv, y que empieza preguntando burlonamente «¿por qué tanto perderse, tanto buscarse, sin encontrarse?».
Canción y película son ligeras, parecen insustanciales, y se disfrutan con facilidad. Pero hay sustancia. Y además hay gracia, diversión, ingenio, elegancia, desparpajo, música, personajes preciosos (atención al padre del pintor), diálogos muy bien concertados de gente desconcertada, perdida en sus propios coqueteos, y unos intérpretes que merecen un premio cada uno, no sólo Penélope Cruz, sino todos, desde Rebeca Hall, deliciosa como la chica seria totalmente turbada por el seductor, hasta uno fundamental que nunca aparece, Christopher Evan Welch, quien lleva adelante la narración con los debidos comentarios levemente irónicos, a veces también perplejos, bien estilo Woody Allen. En síntesis, un verdadero deleite.

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