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Demasiado más que un drama de inmigrantes
Hanna Schygulla y Nurgül Yesilçay en «Al otro lado», intenso drama sobre las minorías turcas en Alemania de Fatih Akin.
La sólida consistencia emocional de este nuevo film del turco-alemán Fatih Akin («Contra la pared») disculpa su inclinación por forzar una exposición de vidas y sacrificios en paralelo (que por momento recuerdan vagamente los esquematismos de Iñárritu-Arriaga en «Babel»), o la avidez por ocuparse de demasiados asuntos al mismo tiempo, muchos de los cuales habrían requerido una película propia, más trabajada y profunda.
Nuevo capítulo de la trilogía sobre la segunda generación de inmigrantes turcos en Alemania que Akin inició con el título citado antes, «Al otro lado» excede, quizá demasiado, los límites de un drama sobre los padecimientos o las venturas que vive en su país de adopción la colonia turca, la de mayor número en ese país, y en su argumento resuenan claramente tópicos clásicos, menos desarrollados que explícitos, que van desde la tradición bíblica (el sacrificio del hijo de Abraham) a la tragedia griega (el destierro, el regreso a la patria, la falta de «reconocimiento» manifestada aquí por los nombres cambiados que debe dar el personaje de una guerrillera).
La coherente construcción de sus tres capítulos, dos de los cuales anuncian con antelación la muerte de uno de sus protagonistas --el elemento sorpresa no juega el mismo papel que lo habitual, lo cual resulta benéfico para el relato-- también permite que se pase por alto la génesis de ciertos vínculos que establecen los personajes, más funcionales que verosímiles. Esto es, si no termina de ser creíble ese enamoramiento casi instantáneo que experimenta una estudiante universitaria alemana por la inmigrante turca ilegal que le pide tres euros para el almuerzo, y por quien termina dejando todo, sí lo es la evolución de ese amor enfermizo y, sobre todo, la participación del azar en la forma de tragedia.
Tampoco resulta verosímil el inmenso sacrificio de un hijo turco, establecido como profesor de literatura en Alemania, cuando decide cargar sobre sus espaldas la culpa y el dolor que le provoca un crimen cometido por su padre y, al igual que la otra muchacha, también abandona todo y regresa a su patria con una misión expurgatoria.
Sin embargo, esa dimensión de los personajes de Akin, la de héroes anónimos que sobrepasan con sus acciones los márgenes habituales del género, logra que el film alcance un nivel casi atemporal y ajeno a cualquier geografía. Las muchas escenas rodadas en Estambul, donde los dos «héroes» cruzan sus caminos ignorando que van detrás de la misma persona, se acercan más a los acentos de un teatro de cámara, instrospectivo y universalista.
En «Al otro lado» se padece y se cree en el dolor de sus personajes, aunque racionalmente no se acepten sus motivaciones o acciones. El caso más notable, finalmente, es el de la madre de la joven estudiante enamorada, la gran Hanna Schygulla (además de ella, el resto del elenco también es estupendo), cuyo desgarrador llanto en una impersonal habitación de hotel es creíble y hasta sobrecogedor, aunque poco más tarde desconcierte la decisión que adopta al quedar frente a frente con la persona que desencadenó, involuntariamente, la tragedia en su vida.


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