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Desentonó Palito en juicio por sobornos (perdonó a Cafiero)
Ramón Ortega
De vestimenta informal, sin exhibir rencor con los acusados, se presentó ante el Tribunal Oral Federal Número 3 con casi cuarenta y cinco minutos de retraso. Artista encumbrado, dueño de hits inolvidables (alguno fue tarareado por algunos acusados y hasta fiscales mientras esperaban la sesión), no aportó elementos contundentes al debate, aunque puso en duda la credibilidad del exsenador Cafiero. Ortega sostuvo que si bien éste lo había señalado entre los legisladores que aparecían en el anónimo, tiempo después le había escrito pidiéndole disculpas por involucrarlo.
Visiblemente afligido mientras recordaba sus días en el Senado, no llegó al punto de quebrarse en lágrimas como le sucedió en el programa de TV de Susana Giménez, quien debió consolarlo cuando se confesó «desesperado» por las denuncias que lo involucraban. Habló de intrigas y recordó que cuando intentó conversar con Eduardo Duhalde sobre un anónimo, éste le respondió: «Cafiero ya me contó todo».
Tuvo tiempo también para recordar sus años electorales. Su única sonrisa se dio cuando repasó su ascendente carrera política: «Hice un curso acelerado, fui gobernador, secretario de Estado, senador y candidato a vicepresidente».
El cantante recibió pocas preguntas desde las partes, quienes tampoco manifestaron gran interés. La excepción fue la fiscal Sabrina Namer que, como si condujera un talk-show, fue en busca de declaraciones más jugosas, aunque con poco éxito.
También declaró ayer el dirigente radical Horacio Masachessi, exsenador nacional y excandidato a Presidente, quien relató los niveles de confrontación en el senado y se destacó por el brillo de su exposición.
Fue una jornada distinta para Fernando de la Rúa, quien si bien observó a Ortega en los primeros minutos de su declaración, luego se dedicó casi por completo a escribir en un pequeño cuaderno. El exmandatario tiene la costumbre de anotar impresiones del debate y comentarios políticos. Mientras, escritorios atrás, los exsenadores Ricardo Branda y Augusto Alasino se pasaban un folleto con las caras de todos los senadores del período en el cual tuvieron lugar las denuncias y se entretenían comentando los efectos del paso del tiempo entre sonrisas y chanzas.
Luego llegó el turno de Leopoldo Moreau, quien tampoco aportó elementos contundentes. Con tono monocorde, retrató el momento político y evitó hacer críticas personales.


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