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Deslumbrante álbum de Fuentes

Acaso con la premura de sentir que los tiempos se le acortaban, habiendo escrito alguna vez que «la muerte espera al más valiente, al más rico, al mas bello, para igualarlo al más cobarde, al más pobre, al más feo, en la ignorancia de la muerte; sabemos que eso un día vendrá, pero nunca sabemos lo que es», Carlos Fuentes había preparado con prosa intensa y apresurada cuatro libros. Dos alcanzó a presentarlos. «Carolina Grau», ocho cuentos que se pueden leer como una novela que juega con anacronismos que hubieran deleitado a su amigo Julio Cortázar, donde homenajea a la novela realista del siglo XIX, jugando en temporalidades dispersas momentos de la aventura del «El conde de Montecristo». El otro fue «La gran novela latinoamericana» un ensayo tan personal como caprichoso donde explica el aporte que la novela de América Latina realizó a la literatura mundial al expresar «la magia de la realidad». Allí señala que las letras argentinas le habían dado un abecedario que comenzaba con Aira, Bioy, Borges, Cortázar. Sobre esos temas ofreció a los argentinos, diez días antes de morir, una conferencia magistral en la Feria del Libro. Algunos de los temas tratados en su ensayo «La gran novela latinoamericana» reaparecen ahora en uno de sus textos póstumos, «Personas» (el otro, «Federico en su balcón» se anuncia para noviembre de este año).
«Personas» es un álbum de familia ideológica y literaria, es un baúl repleto de testimonio de afectos, un conjunto de retratos de personas que dieron sentido a la vida del gran escritor mexicano. Por momentos parece estar pagando deudas del corazón, por ejemplo con Julio Cortázar, «el Bolívar de la novela latinoamericana», que le elogió así como le señaló los momentos menos logrados de «La región más transparente», su primera novela. Cuando hay escritores argentinos que cuestionan «Rayuela», para Fuentes es la obra que perdurará, la que estableció «los desafíos de la novela actual: dar los tiempos de la simultaneidad y dejar atrás la muy simple y cómoda linealidad». A Pablo Neruda, al que dice que escuchó antes de conocerlo una noche leyendo junto al mar, en Concepción, le atribuye que si él no hubiera asumido los riesgos de la impureza, de la imperfección y de la banalidad no habría literatura moderna en América Latina. Eso mismo es lo que le hace perdonar la petulante pedantería de Susan Sontag, que cuando lo conoce le pregunta, de buenas a primeras, «¿Qué opina de la relación entre Hegel y Feurebach?», porque «su gran aporte consistió en revelar el valor de lo popular, la importancia de lo que parecía menos importante, el cine, la moda, lo cursi, la relevancia de lo marginal, excéntrico, perecedero, las obras del tiempo en su sentido más radical». Si bien las semblanzas se centran en Jean Daniel, Alfonso Reyes, Luis Buñuel, Francois Mitterrand, André Malraux, Pablo Neruda, Julio Cortázar, Arthur Miller, John Kenneth Galbraith, William Styron, Arthur Schlesinger, Susan Sontag, María Zambrano, y Lázaro Cárdenas, en torno de esas personas teje su mundo, un mundo donde, por ejemplo, cuenta su sorpresa ante los manifiestos saberes literarios de Bill Clinton, en una charla donde fue a verlo junto a su amigo García Márquez. Más allá de que el lector aprenda a hacer un «Buñueloni», la bebida favorita del gran cineasta español, el libro deslumbra a cada paso con esos hallazgos sentenciosos, y la belleza con que son dichos, que son las virtudes deslumbrantes de un gran escritor.
M.S.


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