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Deslumbrantes relatos de Schlink

Hablar de una «mentira de verano» suena a una mentirita, a una mentira menor fácilmente perdonable, a un engaño pasajero no a un fraude, a un delito, aunque no deja de caer de forma culposa en la conciencia de quien ha decidido elegir ese camino de la mendacidad donde la máscara se puede convertir en el rostro que se lleva.
Hay veces que un suceso, algo sobre lo que se ha construido la vida, de pronto es descubierto por uno mismo como un enorme autoengaño. En «El viaje al sur», último de los siete admirables relatos de este libro, una mujer de cerca de 80 años, con cuatro hijos y numerosos nietos, decide dejar de quererlos, y quererse un poco a ella misma. Piensa cómo hubiera sido su vida si aquel muchacho que amó hubiera regresado a su lado, y no hubiera tenido que casarse con el hijo de unos amigos de sus padres, el que llego a médico, el que le hizo abandonar su carrera profesional y la convirtió en esposa y madre, en mera ama de casa, y que la vivió engañando con otras, hasta que finalmente se divorció. El anhelado viaje que esa mujer realiza con una nieta adolescente hacia el sur, es, en realidad, hacia a la aceptación de que su ilusión era un autoengaño para soportar la vida que había tenido, y la que en realidad quería tener. La atenta abuela se descubre como una burguesa rencorosa y ferozmente calculadora.
No solo ése sino todos los cuentos de «Mentiras de verano» parecen películas en que el talento de Schlink hace entrar al lector con un manantial de imágenes y profundidad psicológica Una de las claves de «Mentiras de verano» la ofrece el cuento «Johann Sebastian Bach en Rügen», donde un hijo decide viajar con su padre a un festival musical para poder conocerlo un poco a través de lo único que los une hasta ese momento: la pasión por el gran músico alemán, aquel que creó unas variaciones para que el clavicordista Goldberg entretuviera al conde Forkel en sus noches de insomnio. Este libro de relatos juega con variaciones sobre un mismo tema, como de forma patafísica lo hiciera Raymond Queneau en sus «Ejercicios de estilo», pero esto no son variaciones líricas ni juguetones ejercicios literarios sino deslumbrantes retratos de los seres humanos a través de la necesidad de construirse un mundo paralelo al real a través de las mentiras.
Por ejemplo, en «El último verano», un hombre enfermo hace una engañosa fiesta que esconde una secreta despedida que dejará una última imagen de una familia feliz. En «La noche en Baden-Baden» un escritor que suele mentirle a su novia se ve teniendo que aceptar ser culpable de un engaño que no cometió. Y como su novia «ya lo ha castigado por algo que no había hecho, ahora podía hacerlo».
Haber sido juez le dio a Schlink las herramientas necesarias para iniciarse en la literatura escribiendo novelas policiales, luego pasó a la narrativa clásica, consagrándose con «El lector», novela, que se convirtió en best seller y en película, donde contaba la relación entre una guardiana de un campo de concentración nazi que, por una curiosa idea de la dignidad, prefiere dejar correr una mentira que la inculpa antes que dar a conocer que es analfabeta. Como buen juez Schlink ha visto los diversos rostros de la mentira: desde el de la ostentación al del fraude, desde el de la vanidad al del temor, desde el de preservar una ilusión al de encubrir un delito, en este imperdible libro desnuda a muchos de ellos con una distancia quirúrgica que no deja de estremecer al lector.
M.S.


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